Sheherazade Turna

Capitulo 2: El rastro del papel amarillo

​La profesora Elif acomodó sus libretas sobre la mesa con una parsimonia que desesperaba a Romor. Antes de salir, dándole la espalda y con una voz que parecía cargar siglos de secretos, soltó una frase que lo dejó helado:
—Sheherazade Turna... —hizo una pausa y una sonrisa cómplice iluminó su rostro aunque él no pudiera verla—. Sigue investigando, Romor. No te detengas.
​Esa respuesta fue gasolina para su fuego. Los días pasaron y Romor intentaba mantener su vida en equilibrio: jugaba fútbol con sus amigos, mantenía sus notas impecables y cumplía con sus tareas de Diseño Gráfico. Pero en su interior, el papelito quemaba.
​Una tarde, invitó a su mejor amiga de la infancia, Zulma, a su habitación. Era una amistad de esas que no necesitan explicaciones. Ella estaba echada en la cama, despreocupada, mientras él se sentaba frente a su vieja computadora de monitor ancho, cuya luz parpadeaba en la penumbra.
​—Zulma, tú sabes que soy un recolector de enigmas —dijo Romor, abriendo un libro grueso de donde sacó el papelito—. Mira esto. Ya está amarillo, casi se deshace, pero aquí empezó todo.
​Zulma tomó el trozo de papel y entrecerró los ojos, tratando de descifrar la caligrafía.
—¿Qué dice aquí? ¿Chera... qué? —preguntó ella confundida.
—Sheherazade Turna —corrigió Romor de inmediato, arrebatándole el papel con cuidado—. Significa mucho más de lo que imaginas. He contactado a gente en Turquía, he buscado en foros, en libros... y aunque existen personas con esos nombres por separado, nadie sabe cómo este papel llegó a mi escuela hace tantos años. Alguien lo escribió pensando en alguien. Alguien lo dejó caer para que yo lo encontrara.
​Zulma soltó una carcajada y se sentó en el borde de la cama.
—Romor, de verdad, ¡qué estrés! Es solo un nombre, un papel viejo. Olvídalo ya. Vamos por unas galletas y leche a la bodega, anda.
—Te acompaño —respondió él guardando su tesoro—, pero no lo voy a olvidar. Así sea lo último que haga en esta vida, sabré de quién es esa letra.
​El tiempo no perdonó. Romor cumplió 21 años y se convirtió en un joven de una apostura que robaba suspiros, pero su corazón seguía anclado al misterio turco. Para financiar su obsesión, consiguió trabajo en una empaquetadora de café gourmet, un lugar donde el aroma intenso a grano tostado lo acompañaba durante turnos de doce horas. Cada moneda que ganaba, cada billete que guardaba, tenía un destino fijo: Estambul.
​Sus amigos, Michael y Richard, lo miraban con una mezcla de lástima y burla mientras compartían después del trabajo.
—Romor, hermano, te vas a volver loco —le decía Michael entre risas—. Estás ahorrando para irte al otro lado del mundo por un papelito que quizás escribió un niño jugando. Eso no existe, es una fantasía.
—No importa —contestaba Romor con la mirada fija en el horizonte—. Si tengo que llegar a viejo buscando, lo haré. Ese papel no llegó a mis manos por error.
​Faltaba poco para la graduación. Romor no solo era el mejor estudiante de Diseño; se había ganado el respeto y el cariño de todo el cuerpo docente. Pero en el fondo de sus ojos, la profesora Elif veía algo que los demás ignoraban: la mirada de un hombre que estaba a punto de cruzar el puente hacia lo desconocido.



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En el texto hay: esperanza, bondad, curioso

Editado: 09.04.2026

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