El semestre final transcurría con la calma que precede a la tormenta, hasta que el suelo decidió hablar. Un fuerte sismo sacudió la universidad, convirtiendo los pasillos de diseño en un escenario de escombros y polvo. Entre los heridos de aquella tarde gris estuvo la profesora Elif, quien sufrió una severa fractura en su pierna.
La institución cerró sus puertas para reparaciones, y las clases presenciales se esfumaron. Movidos por el cariño a la única docente extranjera, los alumnos organizaron una visita a su casa. Llevaron flores, frutas y dulces, intentando alegrar su recuperación. Zulma iba al lado de Romor, vigilándolo de cerca.
Cuando llegó el turno de Romor, él no entregó flores. Le tendió una pequeña agenda de cuero, artesanal y elegante. Dentro, en la primera página, había escrito con el pulso temblando:
"Usted tiene en su mirada la respuesta que he buscado por años. No la obligo a hablar, pero se lo suplico: cuando su cuerpo sane y su corazón confíe, dígame la verdad. Siento que me estoy volviendo loco".
Zulma, al leer por encima del hombro de su amigo, se horrorizó.
—¡Romor! Por Dios, la profesora está adolorida y tú vienes con tus misterios —susurró apenada.
Pero Elif, a pesar del yeso y el dolor, mantuvo esa sonrisa enigmática. Acarició la agenda y miró a Romor a los ojos.
—Tranquila, Zulma. Él no me hace daño. Lo entiendo mejor de lo que crees —luego, dirigiéndose a él, añadió—: Gracias por el detalle, Romor. Luego... luego hablaremos.
Sin embargo, el "luego" no llegó como Romor esperaba. Pocos días después, mientras las clases se retomaban vía internet, Elif dio una noticia que cayó como un balde de agua fría sobre la pantalla de Romor:
—Queridos alumnos, les hablo desde Estambul. Tuve que viajar de emergencia a Turquía por la salud de mi abuelo; mi familia no pudo venir a buscarme y tuve que marcharme yo. Seguiremos el curso de forma virtual hasta la graduación.
Para Romor, eso fue como si le apagaran la luz del mundo. Su única fuente, su única conexión viva con el papelito amarillo, estaba ahora a miles de kilómetros, al otro lado del océano, en la ciudad de las mezquitas y los puentes.
Lleno de desesperación pero con una determinación de hierro, Romor le escribió un mensaje privado:
"Profesora, necesito saber dónde está. Deme su dirección en Estambul. Algún día, se lo juro, iré a buscarla".
Elif, al otro lado del mundo, en una calle pintoresca de Estambul llamada Süleymaniye, leyó el mensaje. Una carcajada suave escapó de sus labios mientras escribía la respuesta:
"Calle Demirtaş, número 42. Pero dime, Romor... ¿de verdad crees que un diseñador recién graduado cruzará el mundo por un fantasma? Todavía no tienes pistas contundentes".
Ella pensaba que era un desafío lúdico, una broma entre maestra y alumno brillante. No sabía que Romor ya tenía el dinero de la empaquetadora de café contado billete tras billete, y que su maleta ya estaba medio hecha debajo de su cama.
Editado: 09.04.2026