Argentina se sentía pequeña para el tamaño de los sueños de Romor. La agencia de viajes ya le había confirmado todo; Estambul lo esperaba a más de doce mil kilómetros de distancia.
Aquella noche, mientras la cena humeaba en la mesa, Romor decidió soltar la noticia.
—Mamá, papá... ya tengo todo listo. Las clases siguen virtuales y en la empaquetadora me dieron permiso y hasta un bono por mi desempeño. Me voy a Turquía en cinco días.
Su madre, Beatriz, una mujer de mirada dulce pero perspicaz, dejó caer el cubierto.
—Romor, hijo... no me digas que ese "viajecito" es por el bendito papelito que nos tiene locos a todos.
—Mamá, solo quiero conocer el mundo —mintió Romor, aunque sus ojos brillaban con la verdad.
Su padre, Julián, un hombre trabajador y de pocas palabras, frunció el ceño.
—¿Qué papel? ¿De qué están hablando?
Romor, para evitar el interrogatorio, se levantó de la mesa.
—Nada, papá... cosas mías. Me voy a descansar.
Ya en su habitación, Romor se quedó contemplando el techo. Sus paredes eran un mapa de su vida como recolector: boletos de tren antiguos, monedas de países lejanos, llaves que ya no abrían ninguna puerta... todo organizado con la precisión de un diseñador. Pero su mirada, como siempre, terminó en el libro grueso sobre su computadora vieja. Allí, entre las páginas, descansaba el papelito amarillo.
Al lado, una pila de hojas con sus investigaciones: miles de Sheherazades, cientos de Turnas, pero ninguna Sheherazade Turna. Miró su agenda, leyó la dirección: Calle Demirtaş, número 42.
—Sé que lo lograré —susurró para sí mismo—. Profesora Elif, usted tiene la llave y yo voy a hacer que me abra la puerta.
Los días siguientes fueron un torbellino de despedidas. Zulma, fiel a su estilo, era un mar de lágrimas y drama.
—¡No te vayas, Romor! ¡Amigo mío! ¿Con quién voy a comer galletas con leche ahora? —gritaba ella mientras caminaban por la calle—. ¡Ese nombre no existe, te vas a perder por allá!
—Ya, cálmate, Zulma —se rió él, abrazándola—. Pareces actriz de novela. Volveré, te lo prometo.
—Bueno... pero no me queda mal el drama, ¿verdad? —dijo ella secándose las lágrimas y soltando una carcajada.
Esa noche hubo fútbol. Michael y Richard lo llamaron para el último partido antes del vuelo. No ganaron, pero la felicidad de estar juntos era el mejor trofeo. Zulma, como la fan número uno, gritaba desde la grada apoyando a sus amigos, siendo el alma del equipo.
Al día siguiente, Romor pasó por la floristería. Compró un ramo inmenso de flores de nácar, esas blancas y delicadas que parecen brillar. Fue a casa de Zulma y se las entregó.
—Para mi mejor amiga —le dijo con una sonrisa—. Para que no me olvides mientras no esté.
Editado: 09.04.2026