El avión de Turkish Airlines tocó pista en el aeropuerto de Estambul con un rugido que hizo vibrar el pecho de Romor. A través de la ventanilla, el cielo no era el azul claro de sus tardes con Zulma, sino un lienzo de colores cálidos, con minaretes que se alzaban como lanzas hacia las nubes.
Al bajar, el primer impacto fue el aroma: una mezcla de salitre del Bósforo, especias tostadas y un aire antiguo que parecía susurrarle al oído. Romor apretó la mochila contra su espalda; dentro, en el compartimento más seguro, viajaba el libro grueso con el papelito amarillo y la dirección de la calle Demirtaş.
El encuentro con lo desconocido:
Caminar por Estambul era como caminar por un laberinto diseñado por un gigante. Los letreros en turco, los llamados a la oración que resonaban en toda la ciudad y el bullicio de la gente lo hacían sentir, por primera vez, lo pequeño que era su rastro. Pero él no se dejó intimidar.
Tomó un taxi amarillo y, con el corazón martilleando contra sus costillas, le mostró al conductor la nota que había escrito en su agenda:
Süleymaniye, Demirtaş Cd. No: 42.
El taxista asintió con un "Tamam" (está bien) y se adentró en las calles empinadas. Romor miraba por la ventana, fascinado. Pensó en Beatriz y Julián, que a esa hora seguramente estarían desayunando en casa preguntándose si su hijo estaba bien. Pensó en las flores de nácar en el cuarto de Zulma y en cómo ella se burlaría de su cara de asombro si pudiera verlo ahora.
La puerta número 42:
El taxi se detuvo en una calle estrecha, de edificios coloridos y ventanas de madera. El número 42 era una casa antigua pero impecablemente cuidada, con una enredadera que subía por la fachada.
Romor bajó su maleta. Se quedó frente a la puerta de madera oscura. El frío de Estambul empezaba a calar, pero él sentía fuego por dentro. No podía creer que, después de cinco años, estaba a solo unos centímetros de la mujer que tenía la llave del nombre de Sheherazade Turna.
Levantó la mano y golpeó tres veces. El eco de los golpes pareció retumbar en toda la calle. Unos segundos de silencio que parecieron siglos... y luego, el sonido de unos pasos acercándose.
Editado: 09.04.2026