Sheherazade Turna

Capitulo 6: La Grulla que narra el destino

Antes de partir, Romor había tomado las manos de Zulma frente a aquel ramo inmenso.
—Cada pétalo de estas flores de nácar ha sido detallado por mis ojos, Zulma. Conozco cada pistilo, cada tallo. Es mi promesa: cada pétalo es un día de espera. Cuando caiga el último, estaré de vuelta en tu puerta con las noticias que fui a buscar.
Zulma lo abrazó con fuerza, dejando que el aroma de las flores sellara esa promesa meticulosa.
​El impacto en la calle Demirtaş:
Cuando la puerta número 42 se abrió, el mundo de Romor se detuvo. Sus ojos, acostumbrados a captar cada detalle, subieron lentamente: primero, unas zapatillas delicadas, luego un vestido sencillo pero de una elegancia natural, y finalmente, una cascada de cabello negro azabache que enmarcaba un rostro de piel blanca como la porcelana. Era la belleza hecha mujer.
​—Merhaba, size nasıl yardımcı olabilirim? (Hola, ¿en qué puedo ayudarte?) —dijo ella en un turco melodioso.
​Romor quedó mudo, anclado al suelo de Estambul. Ella, extrañada, asomó la cabeza hacia la calle buscando a alguien más, pensando que aquel joven era un náufrago del destino.
—¿Qué pasa? ¿Puedo ayudarte? —insistió ella, viendo que él no reaccionaba.
​Romor logró bajar de su nube.
—Buenas... ¿aquí vive la profesora Elif? —preguntó haciendo señas, tratando de explicar que hablaba español.
​La muchacha iba a responder, cuando desde el fondo de la casa, una voz conocida y autoritaria gritó:
—¿Quién está en la puerta, Sheherazade Turna?
​El nombre golpeó a Romor como un rayo. Sus piernas flaquearon, el frío caló hasta sus huesos y la conmoción fue más fuerte que su voluntad. Lo último que vio antes de que todo se volviera negro fue el rostro preocupado de la joven.
​—¡Mamá, mamá! —gritó ella en perfecto español, dándose cuenta de que el extraño se desplomaba—. ¡Un joven está aquí y se está desmayando! ¡Creo que es el frío!
​El despertar en el refugio:
Romor abrió los ojos en una habitación cálida, impregnada de un aroma a té de manzana y madera vieja. Se sintió desubicado, bloqueado, como si Argentina y Turquía se hubieran mezclado en su mente.
​Sentada en un sillón frente a él, la profesora Elif lo observaba con las piernas cruzadas y esa mirada sarcástica que tanto lo había desafiado en clase.
​—¿Cómo te sientes, Romor? —preguntó ella con una calma que lo descolocó—. ¿Qué tuviste que vender para llegar hasta aquí? ¿Qué locura cometiste?
​Romor intentó incorporarse, con el corazón galopando.
—Profesora Elif... dígame que esto no es un sueño. Usted siempre supo la verdad. ¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy? ¿Quién era ella?
​Elif soltó una risa suave, cargada de respeto.
—Juro que pensé que jamás seguirías con esa tonta idea. Ya veo que eres auténtico y audaz en todo lo que haces, Romor. Eres merecedor de la vida que tienes, de los padres que te criaron y de esos amigos que te esperan. Sé que tendrás el mejor acto de graduación de tu vida, porque has demostrado que para ti, los límites no existen.
​Hizo una pausa y señaló hacia la puerta, donde la joven de cabello negro observaba en silencio.
—Ella es mi hija. Su nombre es el que encontraste en aquel papel hace años. Ella es Sheherazade Turna.
​Romor miró a la joven y luego a la profesora. El enigma de cinco años estaba ahí, respirando, frente a él. La pregunta ahora no era qué significaba el nombre, sino por qué aquel papel había llegado a sus manos en una escuela argentina cuando ellos estaban a medio mundo de distancia.



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En el texto hay: esperanza, bondad, curioso

Editado: 09.04.2026

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