Sheherazade Turna

Capitulo 8: El hilo invisible

Estambul se preparaba para la graduación de los restauradores de arte, una ceremonia que en Turquía se vive con una solemnidad y elegancia casi místicas. El aire olía a incienso y a futuro. Sheherazade, nerviosa, contaba sus pases: su madre Elif, su padre Onur, y le quedaban espacios libres.
​—Mamá... ¿crees que Romor quiera ir? —preguntó Sheherazade, sintiendo cómo sus mejillas se encendían como brasas—. Es decir... él es diseñador, quizá le interese la estética del evento...
Elif la miró con esa sabiduría de madre que no necesita palabras.
—Si tú quieres que él vaya, él irá, hija mía.
Sheherazade tartamudeó una excusa sin sentido y huyó hacia la cocina, dejando a Elif sonriendo. Ella sabía que Romor era un joven de oro, y ver a su hija ilusionada era el mejor regalo de regreso a su tierra.
​El despertar en la calidez:
Mientras tanto, Romor luchaba contra las sábanas. El contraste entre el frío cortante de Estambul que golpeaba los vidrios y la calidez de su habitación —un refugio que olía a té y a hogar— lo mantenía en un estado de paz absoluta. Se sentía en un spa del alma. Cuando la profesora Elif tocó a su puerta, él saltó de la cama, tratando de disimular su letargo.
​—¡Adelante! Estaba... revisando mis apuntes de diseño —mintió con una sonrisa, aunque su cabello revuelto decía otra cosa—. ¿Qué planes tenemos para hoy?
—Hoy tenemos una misión importante, Romor. Acompañaremos a Sheherazade a elegir su vestido. Es un evento de alta sociedad y debe estar impecable.
​El vestido del destino:
Salieron a las calles de Estambul, y Romor no soltaba su cámara. Como buen diseñador con ojo de arquitecto, fotografiaba cada moldura, cada ventana de madera tallada y la forma en que la luz de la tarde caía sobre las mezquitas. Para él, Turquía no era un país, era una obra de arte viva.
​Entraron en una boutique exclusiva. Elif había ahorrado durante años para este momento. Entre percheros de seda y tules, la mirada de Romor se clavó de inmediato en un diseño al fondo: un vestido largo, de un tono Rosa Vieja con destellos en Gold Rose, de mangas largas y delicadas, bordado con miles de pequeños cristales que parecían estrellas atrapadas en la tela.
​Romor no dijo nada, pero se quedó paralizado frente a él. Segundos después, Sheherazade caminó hacia el mismo lugar y, con un suspiro de asombro, tomó la percha de ese mismo vestido.
​—¡Es este! —exclamó ella con los ojos brillando.
​Romor sintió un escalofrío. “Tenemos los mismos pensamientos”, pensó, mientras su corazón daba un vuelco. Elif, que observaba desde la distancia, notó cómo el destino seguía tejiendo hilos entre ellos. Romor había detectado la belleza del vestido antes que nadie, y Sheherazade lo había elegido como su armadura para el gran día.
​—Creo que —comenzó a decir Elif, acercándose a ellos con una sonrisa cómplice— que no solo el papelito los unió, Romor. Parece que sus ojos ven el mundo de la misma manera.



#624 en Fantasía
#124 en Magia

En el texto hay: esperanza, bondad, curioso

Editado: 09.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.