El efecto del Rakı y la cercanía de Sheherazade habían dejado a Romor en un estado de valentía serena. Cuando ella soltó la jarra, apenada, él no apartó la vista.
—Realmente eres hermosa —soltó Romor con una sinceridad que desarmó a la joven.
—No tengas miedo —continuó él, viendo cómo ella se ponía roja como un tomate—. No vine a hacerte daño. Ni siquiera sabía que existía una belleza tan pulcra, tan maravillosa, y que la tenía tan cerca sin saberlo.
Sheherazade, entre risas nerviosas y juegos con su cabello, solo pudo agradecerle y confesar que él también le parecía simpático, aunque el corazón le latía tan fuerte que prefería cambiar de tema. Elif, desde la mesa de al lado, compartía risas con Kuzgun, sabiendo perfectamente que la "borrachera" de esos dos no era por el licor, sino por el alma.
Terminaron la noche comiendo un Döner Kebab en un puesto callejero y bebiendo un Té Rize bien caliente para asentar el cuerpo. Estambul se sentía, por primera vez, como el hogar de Romor.
El Gran Día:
A las diez de la mañana, la casa era un hervidero de nervios. Romor se ajustó el traje gris que le compró Elif, luciendo como un verdadero galán argentino en tierras turcas. Al no ver a Sheherazade, el pánico le recorrió el cuerpo.
—¿Dónde está ella? —preguntó a Elif.
—Tranquilo, Romor. Onur se la llevó temprano. Los graduandos entran por otra puerta. Nosotros entraremos ahora.
Cuando Romor puso un pie en el salón de eventos, el aire se le escapó de los pulmones. Era un lugar de una elegancia abrumadora: techos altos, decoraciones cálidas y una atmósfera de respeto total. Se limitó a saludar con las pocas palabras turcas que Sheherazade le había enseñado: "Merhaba", "Memnun oldum" (Mucho gusto).
Cada familia ocupaba su mesa. Romor estaba sentado con Elif y Onur. Entonces, comenzó el desfile por orden alfabético. Cuando el nombre "Sheherazade Turna" retumbó en las paredes, Romor sintió un nudo en la garganta.
Ella entró. El vestido Rosa Vieja con destellos Gold Rose parecía haber sido creado por ángeles. Su cabello negro caía como una cascada sobre los cristales del traje, y sus tacones marcaban un paso firme y elegante. Romor no pudo evitarlo; una lágrima de pura felicidad rodó por su mejilla. Había viajado miles de kilómetros, había trabajado turnos dobles en una empaquetadora, había soportado las burlas de sus amigos... y todo valía la pena por ver a esa mujer recibiendo su título.
"La amo", pensó Romor, dándose cuenta de que el misterio del papelito era solo el prólogo de su verdadera vida.
Sintió una mano firme en su hombro. Era la profesora Elif, que lo miraba con una ternura infinita.
—Cuenta conmigo, Romor. Yo confío en ti —le susurró.
Romor buscó la mirada de Onur. El padre, un hombre serio y de honor, asintió con la cabeza lentamente, dándole su aprobación silenciosa. El camino estaba despejado.
Editado: 09.04.2026