Abrió los ojos de golpe, como si un sonido imperceptible la hubiera sacado del mismísimo abismo. Inhaló con fuerza todo el aire que pudo llevar a sus pulmones, intentando devolver a la vida el cuerpo que se le estaba yendo, tosiendo en el intento. Las sábanas se sentían húmedas contra su piel por el sudor frío que lo cubría. El eco de aquel suceso aún resonaba en su mente, difuso pero inquietante, como un fantasma que se niega a desaparecer. Era la tercera vez esa semana. El corazón aún martillaba el pecho con ritmo frenético que no encajaba con la quietud de la habitación. Durante unos segundos no supo dónde terminaba la pesadilla y empezaba la realidad, hasta que el suave resplandor de la luz a través de la ventana, le devolvió la calma poco a poco.
Su madre decía que algún día desaparecería, siempre buscaba soluciones, pero aquella sombra permanecía en su subconsciente. No era muy clara y, a pesar de su esfuerzo, no lograba recordar al despertar lo que allí veía, sin embargo, la sensación de familiaridad estaba ahí en cada amanecer para recordarle que ya había vivido eso la noche anterior.
Se sentó bruscamente, buscando la luz para dispersar aquella sobra que inundaba su mente, estrujó su rostro con sus manos, intentando esfumar por completo el cansancio. No quería volver a dormir porque significaba repetir otra vez lo que le impedía descansar tranquilamente. Hizo a un lado las sábanas que le daban calor en las noches, reposando los pies en el frío de la madera, haciendo un incómodo contraste. Caminó adormecida hacia la jarra que estaba cerca de la cama. Lavó su rostro y se miró reflejada en el agua unos segundos. Era inevitable que aquellas bolsas oscuras que caían por debajo de sus ojos no resaltaran, pues, hacía años que no lograba completar su ciclo de sueño. Su cabello castaño, aunque hermoso, evidenciaba el descuido físico en el cual se encontraba, alborotado y maltratado. Deslizó su mirada unos segundos en su bata ya envejecida, de la cual se escurría el sudor que delataba la agobiante pesadilla.
Unos pasos que se acercaban en su dirección la sacaron de la inmersión en la que se encontraba.
— ¿Te encuentras bien Shira? —Susurró la voz femenina y cálida a través de la puerta entreabierta, volteó en su dirección — ¿Era ese sueño otra vez? —Preguntó preocupada la silueta que tomó forma al acercarse por completo, Shira permaneció en silencio, asintiendo suavemente.
—Estoy bien mamá —susurró sin energía. No era la primera vez que decidía omitir la realidad sobre lo que yacía en su mente para evitar preocuparla.
—Iré al mercado a comprar unas verduras, ¿te gustaría ir conmigo? —preguntó su madre, conociendo la respuesta, pues, hacía años que no tocaba un pie fuera de su casa y ella ya había intentado todo para sacarla del abismo en el que estaba sumergido.
—No — respondió rotundamente. Ella asintió y se acercó para darle un abrazo que le transmitió energía. La miró unos segundos antes de marcharse, escuchando sus pasos golpear la madera vieja mientas se alejaba. Sostuvo entre sus brazos el collar en forma de … que le había hecho su madre cuando era pequeña, el cual sentía ella que le daba más valentía para enfrentar la dureza del porvenir.
Hacía más de diez años que Shira vivía con estas pesadillas, desde niña empezaron a surgir y no había una respuesta que los médicos pudieran darle, poco a poco le habían quitado toda confianza para socializar, ya que se sentía perseguida por cada cosa viva en la naturaleza, como si el mundo mismo quisiera acercarse para hacerle algo. Le temía a todo, al sonido, a la gente, a los animales, a la vida. Al principio parecía temporal, pero ya tenía diecisiete años y no pareciera que alguna solución se aproximara, quizás empeoraba, haciéndola caer en la locura por completo.
Shira se colocó el vestido para empezar el día, cada día hacía lo mismo para distraer sus propios pensamientos. Su madre trabajaba en el mercado del pueblo y eso le tomaba todo el día. La casa se encontraba algo alejada, impidiendo ver gente con regularidad.
Limpió el polvo de la azotea, ordenó su habitación, la cual se encontraba en el segundo piso y en el primer piso la de su madre. Ordenó los platos que había limpiado la noche anterior. Caminó por el pequeño pasillo de la cocina hacia la sala, recogió y dobló la ropa para continuar barriendo la casa. Lavó la ropa. Después de haber terminado de organizar la casa, salió por la puerta de la cocina en dirección al gallinero, en donde alimentó las gallinas y recogió sus huevos.
El lienzo tomaba forma a través de los trazos que el pincel hacía, la pintura mostraba la falta de conocimiento que transmitían sus manos, sin embargo, esta tarea le ayudaba a despejar su mente, transmitiendo las ideas en el papel. Las figuras del óleo tomaban forma, una lucha de ángeles contra un ejército que los enfrentaba. Aquel ejército era cuatro veces más numeroso que los ángeles, acorralándolos por completo. Algunos tenían las alas destrozadas y en sus rostros se notaba el terror de notar que se había acabado toda esperanza, en el centro del ejercito estaba aquel hombre, ahora rey, que nunca su rostro ha podido ver en realidad, sólo se ha guiado por las descripciones que su madre le había dicho hasta entonces. Asimismo, los elfos, ninfas, sirenas, magos, centauros, minotauros, cíclopes y otros seres fueron asesinados. Sólo sobrevivieron unos pocos, la mayoría se posicionó a favor del rey que tomó posesión a la fuerza para intentar sobrevivir. La magia había sido limitada por órdenes de él, los hechiceros más poderosos estaban de su lado y así, poco a poco obtuvo cada vez más poder. Dirzan de igual manera era un hechicero que utilizaba magia oscura para tener todo control. Su madre siempre le decía que todos los seres tienen una esencia, una esencia que podía ser pisoteada y alterada, tal vez imitada, pero nunca podían tomar la esencia verdadera que se encontraba en el alma. Aunque Dirzan robó el poder de los ángeles, nunca sería el poder absoluto y real, porque este no se puede copiar. Le repetía que, aunque sintiera que su esencia estaba perdida, algún día la iba a recuperar. Algún día vería la luz.
El sol descendía anunciando una noche oscura y fría, tomando el cielo un naranja con destellos de rosa profundo, haciendo ver la inmensidad de este. Shira se disponía a barrer el polvo que había traído el viento de la tarde, intentando drenar su mente de cualquier pensamiento que pudiera cruzarse en él. Mientras deslizaba aquella pieza cilíndricamente imperfecta y alargada, golpeó sin querer, la mesita que estaba cerca de la ventana, provocando que se cayera el tazón de la planta recién regada sobre unos libros. Maldijo para sus adentros, rápidamente tomó un trapo, lo colocó sobre los libros para que absorbiera el líquido. Levantó uno de los manuscritos, notando que lo había estropeado, lo abrió para evitar que las tintas de las páginas se escurrieran unas con otras y notó que parecía ser un diario, la tinta se empezaba a deslizar a través de las páginas, evitando que las letras fueran legibles, a excepción de la parte superior que no se había humedecido. De manera inconsciente Shira pasó su vista por aquellas letras intentando leer, pero no lograba comprender nada, estaba escrito en un idioma desconocido, «no recordaba que mi madre supiera otras lenguas» — pensó.
A lo lejos escuchó un sonido que la distrajo de su ensimismamiento. Parecían ser unos gritos, no estaba segura si era producto de su imaginación o algo real. Intentó seguir el sonido distorsionado a través de la casa, arrastrándola desde la sala a la cocina y de la cocina al hacia el patio.
Una sensación de que estaba soñando se cruzó por su mente, haciéndole erizar la piel «¿Y si mi pesadilla se ha vuelto real?» — pensó. Corrió en dirección opuesta al sonido que de vez en cuando se detenía, los pies descalzos golpearon las escaleras mientras ascendía hacia su dormitorio y se encerró en él. Cubrió ambas orejas con sus manos, pidiendo para sus adentros que se detuviera. Pero notó que, al taparse, el sonido desaparecía y volvía una vez que dejaba de emitir presión contra sus oídos, entonces supo que era real. Debía decidir si intentar ayudar a quien emitía aquellos gritos que parecían de tortura o, por el contrario, no hacer nada. Un punzón empezó a golpear su estómago, la nube negra que cubría su mente se esfumó, haciéndole pensar con claridad. No podía permitir que aquella voz que gritaba por auxilio muriera a sabiendas de que ya era parte de su conocimiento que existía. Tomó una botella de cristal, miró a través de él en dirección al bosque intentando ubicar los gritos de aquella persona. Caminó con lentitud a través del pasillo, sintiendo como una fuerza se desplazaba en sentido contrario, evitándole correr. Tomó un pequeño cuchillo de la cocina. Sus pies temblaban, pero algo aún más poderoso la empujaba a salir del lugar en el que mucho tiempo se mantuvo encerrada. Y se dirigió a la salida.