No recuerdo en qué momento salí de la casa, sin embargo, ya me encontraba dentro del bosque. Con cada zancada, mis pies golpeaban el suelo como un tambor marcando un ritmo acelerado, la parte inferior no me obedecía y el aire acortaba mi rostro mientras mi corazón latía con fuerza. Estaba más cerca y pude distinguir su voz, se escuchaba como la de un joven varón.
Me detuve con brusquedad buscando aliento, mientras corría, el aire parecía no llegar a mis pulmones, me dolían las costillas y las piernas porque mi cuerpo no estaba acostumbrado. El aire se sentía frío y húmedo, no pude evitar mirar a mi alrededor y notar que apenas unos pequeños rayos de luz lograban llegar a la profundidad de los árboles, las hojas se entrelazaban entre sí sin dejar un espacio que dejara ver el cielo. Sentí mi piel erizarse pero no tuve tiempo de sentirme más asustada aún ya que mi cuerpo estaba preocupado en recuperar el aliento. Respiraba tan exaltada que tapé mi boca rogando no estar emitiendo jadeos tan fuertes para que no me escuchara. Mi garganta estaba seca, ni un rastro de saliva se asomaba por más que tragara y una tos se anunciaba a través de mi pecho. Apreté mi boca en un intento fallido de contener la tos, no pude retenerla más y se escapó de mi garganta antes de que pudiera darme cuenta. Unos segundos después me recompuse, me pregunté si ya había sido escuchada. Sentí una quietud tan profunda que parecía que gritara por la ausencia de sonido.
Una oleada repentina de ansiedad recorrió mi cuerpo, mis manos temblaban, el aire se volvía más denso aún. Dejé de escuchar los quejidos de aquella voz, lo que me preocupó porque ya no sabía a dónde dirigirme, mi respiración se volvió más sofocada, toqué mi pecho en un intento de consolarme. El corazón me palpitaba a través del cuello, «¿Qué hago, qué hago?», pensé una y otra vez, me preguntaba por qué hice eso sin pensar, por qué si siempre sobre pienso todo. Tenía la respiración entrecortada, sentí que me desmayaría antes de llegar a algún lado. Miré arriba y vi los árboles abalanzándose sobre mí, juntándose en el cielo, un grito abrumador salió de mis labios antes de que pudiera notarlo. Escuché un «¿Quién anda ahí? » de una voz aterradora, me quedé paralizada, unos pasos se dirigían a mí apresuradamente, mis pies no me respondían y cuando estuvo a punto de alcanzarme logré esconderme detrás de unos árboles. Un soldado, cubierto de metal hasta en la cabeza, tenía su espada apuntando hacia la penumbra que se encontraba frente a él, el sonido de su armadura se anunciaba antes que su propio cuerpo. Observé al otro lado, noté que había dos más siguiéndolo a paso lento. Me escabullí sin que lo notaran, acercándome al punto del que habían partido, miré sigilosamente, noté que había un hombre desmayado, estaba cubierto de sangre, tal vez muerto, cerca de él había un soldado con una espada atravesada en su cabeza. El hombre tenía casi toda la ropa desgarrada, me acerqué lentamente. Su cabello era rojo al igual que su corta barba, su cuerpo era robusto, sus músculos marcados se notaban a través de la tela rota. Acerqué mis dedos con cuidado en dirección a su cuello para verificar sus latidos. Unas manos se atravesaron contra las mías agarrándolas de inmediato, temblé de la impresión, pero noté que aquel hombre me había sostenido y puso su otra mano sobre mis labios en señal de que guardara silencio. Se puso de pie, yo imité su gesto. Tomó un bulto que se encontraba tirado cerca, buscó con rapidez su contenido y respiró aliviado al notar que lo que sea que buscaba estaba allí.
— ¿Sabes usar un arco? —susurró el muchacho mientras desarmaba al soldado que yacía tirado.
—No —respondí suavemente.
—Pues aprenderás —espetó mientras me ofrecía el arco y tomaba la espada del soldado. Me coloqué el carcaj, cruzándolo a través de mis hombros.
—Algo viene —susurré asustada mientras miraba en dirección opuesta hacia los soldados. El hombre me miró calmado.
—Es fácil usar el arco y seguro para mantener distancia, —dijo mientras me posicionaba el artefacto en mi mano izquierda— con tu mano no dominante colocas el arco en dirección a lo que atacarás —lo que se acercaba venía con más velocidad, mi respiración se aceleraba, entonces temblorosa cambié de mano
—Mi mano dominante es la izquierda —corregí.
—Oh, disculpa. —esbozó el muchacho calmadamente.
— ¡Date prisa, ahí viene! —grité tensa pero en voz baja, no daba tiempo, el muchacho tomó una flecha y se colocó detrás de mí, el soldado estaba justo frente a nosotros cuando él tiró de la flecha, atravesando su frente. Respiré con rapidez buscando aliento y escuché a los demás acercarse a nosotros. — ¡Ya vienen! —grité sin saber cómo aún podía seguir en pie, el muchacho se volteó dándome la espalda.
— ¿Ya sabes cómo usar un arco verdad? —de repente un soldado se abalanzó sobre él, chocando contra su espada que pudo usar a tiempo como escudo. Lo empujó provocando que el soldado cayera golpeándose el cuello, quedando aturdido, volteé en su dirección de la impresión y el muchacho atravesó su cuello para rematar.
—Nunca bajes la guardia —vociferó, su cuerpo seguía sangrando, pero aun así, de alguna manera sacaba fuerzas para seguir luchando.
Otro soldado se tiró sobre él, haciendo que perdiera su espada, me quedé paralizada del susto, no sabía qué hacer. Súbitamente un soldado vino por detrás de mí, agarrando mi cabello con fuerza y arrastrándome por el suelo, empezó a ahorcarme, solté él arco para intentar quitar sus manos metalizadas de mi cuello, pero no era suficiente. Jadeaba en busca de aire, mi visión empezó a distorsionarse y perdía el conocimiento, entonces llevé mis manos a sus ojos y los apreté tan fuerte como pude, provocando que este cayera detrás de mí. Un sonido áspero se escapó de mi garganta mientras intentaba recuperar el aliento, tapé mi boca y noté que mis manos estaban ensangrentadas, al voltearme noté que le había sacado los ojos. Volví mi vista hacia el muchacho, se estaba enfrentando a puños contra aquel soldado, el soldado estaba encima de él, casi por dejarlo completamente aturdido. Tomé la espada que estaba algo distante de ellos y atravesé la espalda del soldado. El muchacho que apenas podía ver con un ojo me agradeció asintiendo.
De repente escuché más pasos en nuestra dirección.
—Vienen más —exclamé preocupada, sin entender qué tan grave era lo que había hecho este muchacho.
—Escucha —balbuceó el muchacho —ya me ayudaste lo suficiente—mientras hablaba se derramaba sangre de su boca, se sentó como pudo —no quiero involucrarte en esto, huye antes de que vengan aquí— tomó su espada y sus manos dedos temblorosos apenas pudieron sostenerlos con dificultad.
— ¡No! —Negué rotundamente— vine aquí a ayudarte, no voy a dejar que te mueras ahora.
Corrimos a través del bosque, yo le ayudaba a correr dejando que apoyara su brazo contra mi hombro, pero era pesado, sabía que no adelantaríamos demasiado de esa manera, el muchacho estaba casi inconsciente, dejándome cada vez más peso.
—Tengo una idea —dije mientras lo recostaba en un árbol, él escasamente lograba escuchar mis palabras, parecía esforzarse por no desvanecerse. Mi respiración estaba acelerada y la adrenalina había esfumado momentáneamente el miedo de mi cuerpo, «no sé qué estoy haciendo ni porqué, pero no puedo detenerme». No podía dejar que mataran a este desconocido que me hizo salir de mi escondite, ni podía dejar que me mataran, mi mamá ni siquiera sabía dónde estaba.
— ¿Qué idea tienes? —Esbozó con esfuerzo aquel desconocido, su voz tambaleaba, así como su cabeza, y entonces me percaté que no sabía ni su nombre.
— ¿Cómo te llamas? —espeté con firmeza, mirando hacia abajo, pues yo estaba de pie frente a él.
— ¿Qué? —Volvió a preguntar, tal vez no logró entenderme o tal vez no quería responder.
—Tu nombre —dije de nuevo, los pasos acelerados ya se escuchaban más cercanos. «Maldita sea, ¿Para qué necesitas un nombre? ¿Por qué tienes que saber su nombre? Sólo actúa» —pensé, y, sin embargo, debía saber el nombre de la persona que estaba intentando salvar.
—E-Erindor —respondió entre jadeos.
—Erindor —respondí reafirmando, era un nombre muy bonito— sólo guarda silencio —susurré mientras ponía la espada entre sus manos.
Escalé con sigilo el árbol en el que yacía recostado Erindor y observé en silencio a mí alrededor, ellos ya estaban ahí, pero caminaban a paso lento, buscando en todos lados, pues sabían que estábamos cerca. Tomé el arco y una flecha con precisión callada, evitando incluso el sonido de su respiración. Siempre tuve buena vista, en mis tiempos de soledad observaba horas y horas el cielo, las estrellas, la naturaleza, pero esta vez, apuntaba la cabeza de un soldado. Sin pensarlo, solté la flecha que se había estirado hacia atrás con la tensión del arco. En un segundo, como un rayo, había provocado que el soldado cayera sin poder emitir de sus labios alguna queja. Los demás soldados no lo notaron porque se encontraban separados entre sí, pero nada aseguraba que no lo notaran después. Tomé otra flecha. El miedo que me había paralizado por diecisiete años parecía haberse esfumado por completo, reemplazado por una euforia cegadora que me impulsaba hacia lo desconocido.
Dos soldados más habían caído, uno atravesado en su pecho y otro en su ojo izquierdo, quedaban tres soldados más y ya habían notado a sus compañeros caídos, por lo que empezaron a buscar con agresividad. Sentía que estaba dentro de un sueño, como si nada de lo que estaba sintiendo en ese momento era real, que mis movimientos eran controlados por algo supremo y yo era sólo un títere que seguía los movimientos que ya estaban escritos para mí. Como si, aunque muriera, despertaría de golpe en mi cama y todo volvería a la normalidad. Saqué otra flecha y acabé con uno más. Busqué la siguiente flecha, pero mis manos no encontraban nada para agarrar, entonces noté que ya no quedaban. Por un segundo sentí el frío del miedo recorrer mi cuerpo y entonces, ellos ya habían notado de dónde venían las flechas. Si dejaba que se acercaran más, notarían al muchacho tirado y acabarían con él primero. Entonces me lancé hacia el borde sin siquiera mirar atrás, mis rodillas aterrizaron sobre los hombros del soldado, provocando que se cayera, partiéndose el cuello de inmediato. Tomé su espada y volteé en el mismo instante que el otro soldado se había impulsado hacia mí, usé la espada de escudo y me tiré hacia el otro extremo, evitando que me hiriera. El golpe metálico salió disparado como un relámpago, sin darme tiempo a defenderme. Las espadas chocaban resonantes en el aire, como un eco y furia. El sudor caía por mi frente pero nuestros ojos permanecían fijos, a aquel hombre no le importaba que yo fuera veinte años más joven que él, sus ojos emitían un leve color verde que no combinaba con el marrón de su iris. Aquél soldado tiró de su espada, giré sobre mi talón esquivando por poco el golpe mortal, contraataqué con un movimiento rápido y fluido, la hoja cortó el aire con un silbido, obligando al soldado a dar marcha atrás, entonces aproveché para dar un segundo golpe, cuando tiró de su espada giré la mía, haciendo que se quedara desarmado y su espada se clavara contra el suelo, entonces, atravesé su pecho.
Llegué como pude a la casa, la noche se había anunciado y con ella la obscuridad tenebrosa que tanto temía, tenía una extraña sensación en mi pecho, como si algo en mí hubiera cambiado. Dejé al muchacho tirado en la entrada de la casa pues mi cuerpo ya no podía más con su peso.
— ¡Mamá, mamá! —comencé a buscar en toda la casa, mi vestido estaba sucio y desgarrado, todo mi cuerpo bañado en sangre. Escuché sus pasos venir a mí a toda velocidad, Adelaida frenó en seco al verme, sus ojos se abrieron de par en par, corrió para abrazarme y lo hizo con todas sus fuerzas. Mi mente daba vueltas, todavía no podía procesar todo lo que había sucedido, «¿Ahora soy una asesina?», pensé.
— ¿Estás bien? — habló con voz temblorosa esfumando mis pensamientos. Le conté lo que había sucedido, lo que sentí, lo que viví. En su rostro había una expresión de asombro, simplemente no podía creerlo. Aquella muchacha que nunca era capaz ni de ir al pueblo, la que no era capaz de mantener el contacto visual con otro ser humano, de repente había sacado el valor de salvar a un muchacho. Pero en su mirada había algo, algo que sus labios decidieron ocultar.