Si, acepto

CAPITULO DOS

Nadie más se acercaba a aquella sala, ni siquiera ni una de las sirvientas para cumplir algunas de sus tareas, no hasta que el lugar esté disponible. Por más que no se pudiera ir, se podían sentir los fuertes gritos de Karl, que estaba gritando furioso a sus dos hijos.

—¿¡Porqué han hecho eso sin mi autorización, ah!?—Karl seguía gritándoles a sus dos hijos, que estaban sentados en la mesa y con la cabeza agachada, incapaz de mirarlo. Al lado de el estaba Ingrid, que miraba con desaprobación a sus dos hijos y mantuvo sus brazos cruzados—¡Ustedes aca solo van a obedecer de todo lo que digamos! ¡Nosotros somos lo que le pagamos a esas sucias sirvientas, no ustedes, así que no tienen el derecho de hacer nada con ellas!

—Son humanas, no animales—Mihkel se atrevió a responder con un tono inseguro, levantando apenas su cabeza. Por esa razón, recibió una fuerte bofetada de su padre.

—¡Te callas y punto, aquí se hace lo que yo digo!—Karl alzó más su voz, molesto con la actitud de su hijo—¡Y por hacerte el conteston, te vas a ir a buscar a la calle una nueva sirvienta! ¿¡Me oíste!?

—Si—Respondio sin mirarlo, jugueteaba con sus manos bajo la mesa y evito llorar, por más que se le notará por su voz y su mirada.

—¡Los quiero fuera de mi vista, retirense!—Karl señaló la puerta, molesto.

Kätlin y Mihkel se levantaron de la mesa en silencio, sin emitir ni una sola palabra y retirándose de la sala tal cual quería su padre. Los padres de ellos aún permanecian en aquella sala, ambos estaban realmente furiosos por el acto de sus hijos, pero a quien más se le notaba era a Karl.

—¿A dónde irás?—pregunto Kätlin antes de que su hermano salga de la casa.

—Ire a buscar ahora una nueva sirvienta, así se arregla esto de una vez por todas—contesto con algo de molestia—Si no es ahora, va a seguir molestandonos.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, está bien—contesto—Sera mejor que te quedes aquí por si te necesitan, cualquier cosa diles que ya saben dónde estoy.

—Esta bien, ve con cuidado—dijo con preocupación, sintiendo lastima por su hermano.

—Si, adios—Mihkel de una vez salió de la casa, yendo a subir al auto para ya marcharse.

Kätlin se quedó unos segundos mirando la puerta, sin saber que decir y aún atrapada en el momento. La presencia de una de las sirvientas le hizo dar un pequeño sobresalto, ya que había aparecido de forma silenciosa.

—Perdone, no era mi intención asustarla—dijo Mare con una sonrisa ligera.

—No te preocupes—respondio con la misma sonrisa.

—Queria saber si usted se encuentra bien, no es que quiera entrometerme, pero ya sabe—comento Mare con algo de nervios.

—No se preocupe, está todo bien—Kätlin subió su sonrisa, por más que fuera forzada—Es lo de siempre, ya sabes.

—¿Y su hermano a dónde salió?

—Fue a buscar a una nueva sirvienta, mi padre le mando a qué lo hiciera como castigo—menciono—Ojala encuentre una, si no no se que será.

—Lo mismo espero—opino Mare.

Mihkel ya se encontraba en el centro de la ciudad, estacionó su auto y se bajó de ahí. Para el era el peor día para hacer algo así, ya que el clima estaba sofocante y el calor lo agotaba, pero no iba a tener de otra así que solo decidió apurarse.
Tardo mucho tiempo en poder buscar algun cartel o anuncio sobre algún poste, pero ya después de tanto buscar pudo encontrar uno y lo puso demasiado aliviado, llegando a sonreír. Dejo el papel dentro del bolsillo de su pantalón y fue de nuevo hacia el auto.

No pensaba regresar fácilmente a casa, aprovechando la situación iba a pasar un rato a visitar a Grete y estar con ella. Estuvo un rato en el hospital visitandola, hablo un poco con ella y le dejo una bandeja de comida. Ella le agradecio por eso, pregunto en algún momento en como estaba Kätlin y si no los había regañado a ambos por lo que le sucedió a ella.

No podía decirle la verdad, ni quiso hacerlo y directamente sin pensarlo mucho le mintió, diciendo que todo estaba bien. Ya dentro de poco tiempo, Mihkel se tuvo que despedir de ella y volver a la casa, ya que se hacía demasiado tarde.

Para Mihkel, era de esperarse que en cuanto llegara tuviera por lo menos un leve regaño de sus padres, está vez era por parte de su madre. Cuando Ingrid ya se había ido, Mihkel fue en silencio a la habitación de su padre, asomándose apenas en la puerta.

—¿Estás libre?—pregunto con temor, inseguro de entrar del todo y quedandose quieto sin moverse.

Al sentirlo, Karl lo juzgo al instante con la mirada, haciéndole sentir como si fuese una molestia—¿Qué acaso no te enseñaron que tienes que tocar la puerta antes de entrar?—pregunto molesto.

—Perdón—respondio con un tono bajo y apartando la mirada.

—Perdón, perdón—repitio en un tono burlón—Es lo único que sabes decir, pareces un maricon—dijo—Ya dime, ¿Qué quieres?

—Aqui consegui un número telefónico para la nueva sirvienta, podrías llamarla y entrevistarla a ver qué te parece—comento, aún con tono inseguro y sin acercarse—Ten.

—Dejalo sobre la mesa y vete, no te quiero ver—ordeno.

Mihkel, en silencio, dejo aquel papel sobre la mesa de madera que estaba bajo la televisión y se largo de la habitación rápidamente. Ya no quería permanecer ni un segundo más allí.

Karl suspiro, molesto, y se levantó de la cama. Tomo el teléfono que estaba sobre el escritorio, el mismo donde dejaron el papel y allí llamo a aquel número. Para suerte de el, la persona le había contestado al instante la llamada.
La entrevista había sido algo corta, los dos se habían concordado perfectamente y la nueva sirvienta llegaría pasado mañana. Había entendido perfectamente como eran los horarios y las reglas de la casa, a la chica si le parecía un trabajo bastante estricto, pero no era de suma importancia y haría lo que fuera solo para conseguir dinero.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.