Los días siguientes transcurrieron de una forma extraña.
Lentos.
Monótonos.
Dolorosos.
Pero al mismo tiempo borrosos.
Como si estuviera viviendo dentro de una niebla constante.
Una niebla que me impedía procesar completamente todo lo que había ocurrido.
Mi rutina se redujo a muy pocas cosas.
Despertar.
Ducharme.
Pedir algo de comida.
Ignorar las llamadas de David.
Intentar distraerme.
Intentar no llorar.
Dormir.
Y repetir.
Una y otra vez.
David nunca dejó de llamar.
Ni un solo día.
Por la mañana.
Por la tarde.
Por la noche.
Incluso de madrugada.
Había momentos en los que despertaba y encontraba veinte o treinta llamadas perdidas.
Algunas veces más.
Otras menos.
Pero siempre estaban ahí.
Como una constante.
Como un recordatorio de una vida que ya no existía.
Tampoco dejaba de enviar mensajes.
Yo no los abría.
Ni siquiera los leía desde las notificaciones.
Me negaba.
Porque sabía que si comenzaba a leer uno terminaría leyendo todos.
Y todavía no estaba preparada para eso.
Todavía no.
Mamá llamaba prácticamente todos los días.
Y cada vez tenía preparada una nueva mentira.
Me odiaba por hacerlo.
Pero era la única manera de evitar preguntas.
—¿Cómo está David?
—Bien.
—¿Dónde están?
—En casa.
—¿Qué harán para Año Nuevo?
—Todavía no sabemos.
Mentiras.
Mentiras y más mentiras.
Porque la verdad era demasiado complicada.
Demasiado dolorosa.
Y porque no quería destruirles las fiestas a mis padres.
No todavía.
El veintisiete de diciembre tuve que improvisar una nueva explicación.
—¿David no está contigo?
Preguntó mamá.
Yo estaba sentada junto a la ventana del hotel mirando cómo comenzaba a oscurecer.
—No, tuvo que salir de viaje. Una reunión de último momento.
—¿Otra vez?
—Sí. Parece que estará ocupado unos días.
La mentira salió con una facilidad que comenzaba a preocuparme.
—Qué pena.
—Sí. Pero no pasa nada.
A partir de ese momento mantuve la misma versión.
David estaba de viaje.
David estaba trabajando.
David regresaría después.
David estaba ocupado.
Y por increíble que pareciera, todos lo creyeron.
Porque David siempre trabajaba demasiado.
Porque era algo completamente normal en él.
Porque nadie tenía razones para sospechar otra cosa.
Sandra era la única persona que conocía la verdad.
Y hablábamos todos los días.
A veces una hora.
A veces diez minutos.
A veces simplemente me llamaba para asegurarse de que seguía comiendo.
Y respirando.
Y funcionando.
—¿Ya hablaste con Fran?
Me preguntó una tarde.
Estaba recostada sobre la cama mirando el techo.
—No.
—Camila.
—Sandra.
—Te dije que hablaras con él.
Suspiré.
Porque sabía exactamente hacia dónde iba la conversación.
—Todavía no.
—¿Y qué estás esperando?
—Que terminen las fiestas.
Hubo un silencio.
—¿Por qué?
—Porque esto no es algo que quiera hablar por teléfono.
Respondí.
Y era verdad.
No quería llamarlo y decirle:
"Hola Fran, por cierto, descubrí que mi prometido me engañó dos meses antes de nuestra boda y ahora estoy viviendo en un hotel."
No.
Definitivamente no.
Si iba a hablar de aquello...
Sería cara a cara.
—Lo entendería.
Dijo Sandra.
—Lo sé.
—Entonces.
—Pero no quiero hacerlo ahora. Quiero esperar, volver al bufete, sentarme frente a él y explicárselo. No quiero tener esta conversación por teléfono.
Sandra suspiró.
—Está bien. Pero prométeme que lo harás.
—Lo haré.
—En serio.
—En serio.
Año Nuevo comenzó a acercarse rápidamente.
Y con él llegó una sensación extraña.
Porque siempre había imaginado terminar aquel año de una manera completamente distinta.
Con David.
Con nuestras familias.
Haciendo planes para la boda.
Hablando de la luna de miel.
Quizás incluso celebrando un embarazo.
Pero nada había salido como imaginaba.
Nada.
La noche del treinta de diciembre mamá volvió a llamarme.
—¿Entonces qué harás mañana?
Miré la ciudad desde la ventana.
Miles de luces brillaban en los edificios.
Preparándose para recibir el nuevo año.
—Creo que pasaré el día con Sandra.
Respondí.
—¿Y David?
—Sigue fuera.
—Qué lástima.
—Sí. Pero ya nos veremos después.
Otra mentira.
Otra más.
Una que empezaba a pesarme demasiado.
Después de colgar permanecí varios minutos mirando mi reflejo en el cristal.
Pensando.
Recordando.
Intentando entender cómo mi vida había cambiado tanto en tan pocos días.
Porque apenas una semana atrás estaba preocupada por un retraso menstrual.
Y ahora estaba escondida en un hotel.
Sola.
Sin prometido.
Sin hogar.
Sin planes.
Sin respuestas.
Y aun así...
Por extraño que pareciera...
Empezaba a notar algo.
Algo muy pequeño.
Casi imperceptible.
Pero estaba ahí.
La tristeza seguía.
El dolor seguía.
La rabia seguía.
Pero ya no lloraba cada minuto.
Ya no sentía que iba a dejar de respirar.
Ya no me derrumbaba cada vez que pensaba en David.
Seguía rota.
Muchísimo.
Pero quizá...
Solo quizá...
Estaba comenzando a sobrevivir.
Y después de todo lo ocurrido...
Eso ya era más de lo que esperaba conseguir antes de terminar el año
El tres de enero llegó mucho más rápido de lo que esperaba.
Las fiestas habían terminado.
Las luces navideñas comenzaban a desaparecer de las calles.