Si el Destino Lo Quiere

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David

No tengo idea de cómo hacerlo.

Y esa es probablemente la parte que más miedo me da.

Porque yo siempre sé qué hacer.

Siempre.

Si hay un problema en la empresa.

Lo soluciono.

Si una obra se retrasa.

Encuentro una alternativa.

Si un cliente amenaza con cancelar un contrato.

Busco una salida.

Toda mi vida he sido bueno resolviendo problemas.

Pero esto...

Esto es diferente.

Porque no existe una reunión.

No existe un contrato.

No existe una cifra.

No existe nada que pueda arreglar lo que hice.

Miro la pantalla de mi teléfono.

Veintisiete llamadas perdidas.

Veintisiete intentos.

Veintisiete veces escuchando el buzón de voz.

Y ninguna respuesta.

Me dejo caer en el sofá.

Todavía sostengo el anillo en la mano.

No puedo dejarlo.

Porque hacerlo sería aceptar que esto está ocurriendo.

Y todavía no quiero aceptarlo.

Todavía espero escuchar la puerta.

Escuchar sus pasos.

Escucharla entrar.

Y que todo esto resulte ser una pesadilla.

Pero no ocurre.

Los minutos siguen avanzando.

Y la casa continúa vacía.

No piensa volver esta noche.

Ni mañana.

Ni pasado mañana.

No dejó nada al azar.

Planeó irse.

Y probablemente lo hizo después de descubrirlo todo.

La sola idea me hace sentir enfermo.

¿Cómo lo supo?

¿Me vio?

¿Alguien se lo dijo?

¿Vanessa?

¿Luccas?

¿Alguna fotografía?

¿Un mensaje?

No lo sé.

Y mi cabeza duele demasiado para pensar con claridad.

Me inclino hacia adelante.

Apoyo los codos sobre las rodillas.

Y entierro el rostro entre las manos.

Intentando recordar.

Intentando reconstruir la noche.

Pero solo aparecen fragmentos.

El bar.

El whisky.

Más whisky.

Vanessa.

El ascensor.

Y después nada.

Nada.

Maldición.

Golpeo la mesa con fuerza.

El sonido retumba en toda la casa.

—¡Mierda!

Mi propia voz me sorprende.

Porque estoy desesperado.

Porque siento que me estoy ahogando.

Porque por primera vez en años no tengo control de absolutamente nada.

Mi teléfono vibra.

El corazón me da un vuelco.

La pantalla se ilumina.

Y durante una fracción de segundo pienso que es ella.

Pero no.

Es Sandra.

Contesto inmediatamente.

—¿Sandra?

—No sé dónde está Camila.

Dice sin rodeos.

—Pero algo está pasando.

Cierro los ojos.

—Lo sé.

—David. ¿Qué hiciste?

La pregunta me atraviesa como un cuchillo.

Porque incluso Sandra lo sabe.

Porque cualquiera puede darse cuenta.

Una mujer no desaparece así porque sí.

No deja un anillo porque sí.

No bloquea a alguien porque sí.

—David.

Insiste.

—¿Qué pasó?

Y durante unos segundos estoy tentado.

Tentado a decirlo.

A confesarlo.

A decir que soy un imbécil.

Que lo arruiné todo.

Que traicioné a la única persona que realmente me ha amado.

Pero las palabras no salen.

Simplemente no salen.

—No puedo hablar de eso ahora.

Escucho a Sandra suspirar.

—Entonces cuando aparezca voy a escuchar primero su versión.

Aquello me destruye.

Porque sé que tiene razón.

Porque si Camila aparece.

Y cuenta lo ocurrido.

No habrá nada que yo pueda decir para defenderme.

Nada.

Cuando la llamada termina vuelvo a quedarme solo.

Otra vez.

Siempre solo.

Miro el reloj.

Las dos de la tarde.

Y entonces algo me golpea de repente.

Navidad.

Mañana es Navidad.

Las familias esperan vernos.

Las compras siguen en la cocina.

Los regalos siguen debajo del árbol.

Las decoraciones navideñas siguen colgadas por toda la casa.

Y Camila no está.

La imagen me rompe por dentro.

Porque hace apenas cuarenta y ocho horas hablábamos de tener hijos.

Hace apenas cuarenta y ocho horas estábamos planeando la boda.

Hace apenas cuarenta y ocho horas ella estaba durmiendo entre mis brazos.

Y ahora ni siquiera sé dónde está.

El teléfono vuelve a mis manos.

La llamo otra vez.

Y otra.

Y otra.

Hasta que finalmente escucho algo diferente.

No el buzón.

Un mensaje automático.

"El usuario no acepta llamadas en este momento."

Me quedo inmóvil.

Porque ya no es que no responda.

Me bloqueó.

La realidad me golpea con toda su fuerza.

Me bloqueó.

Y de repente todo se vuelve mucho más real.

Mucho más definitivo.

Mucho más aterrador.

Siento un nudo en la garganta.

Y por primera vez desde que desperté.

Lloro.

Solo.

Sentado en el sofá de una casa demasiado grande.

Con un anillo de compromiso en la mano.

Y la certeza de que el peor error de mi vida puede haberme costado a la única mujer que jamás he amado.

No sé en qué momento me quedo dormido.

Quizá en el sofá.

Quizá en la sala.

Quizá simplemente mi cuerpo se apaga después de tantas horas sin dormir.

No lo sé.

Lo único que sé es que cuando abro los ojos nuevamente.

Es Navidad.

Y mi primer pensamiento sigue siendo ella.

Camila.

La casa está en silencio.

Demasiado silencio.

Ya no me gusta esta casa.

Porque todo aquí me recuerda a ella.

La taza que dejó en la cocina.

La manta doblada sobre el sofá.

Las fotografías.

Los adornos navideños.

Todo.

Mi teléfono está en la mesa.

Lo tomo inmediatamente.

Ningún mensaje.

Ninguna llamada.

Nada.

El vacío.

Otra vez el maldito vacío.

Estoy a punto de llamarla nuevamente cuando mi celular empieza a sonar.

Mamá.

Cierro los ojos unos segundos antes de contestar.



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En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 06.08.2026

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