Terminé llamando a Fran esa misma mañana.
No porque estuviera completamente convencida.
Sino porque si seguía esperando el momento perfecto probablemente nunca haría nada.
Y estaba empezando a entender algo.
No existía un momento perfecto para reconstruir una vida rota.
Simplemente había que empezar.
—¿Tan rápido me extrañas? —contestó Fran apenas respondió la llamada.
Puse los ojos en blanco.
—Buenos días para ti también.
—Eso sonó mucho mejor.
—Sandra quiere que vaya a ver la casa este fin de semana.
—Sandra es una mujer inteligente.
—Sandra también cree que debería adoptar una vaca.
Escuché su risa al otro lado de la línea.
Una risa sincera.
Ligera.
Y agradecí enormemente que no me tratara como si estuviera hecha de cristal.
Todo el mundo parecía caminar con cuidado a mi alrededor desde Navidad.
Como si cualquier palabra pudiera romperme.
Fran no.
Fran seguía siendo Fran.
—¿Entonces qué necesitas?
—Información.
—¿Sobre la casa?
—Sobre el pueblo.
—Ah.
Escuché el ruido de unas hojas moviéndose.
Probablemente estaba en su oficina.
—Es pequeño.
Muy pequeño.
—¿Cuántas personas viven allí?
—Unas tres mil. Tal vez menos.
Parpadeé.
—Eso es menos que mi condominio.
—Precisamente.
—Fran.
—¿Qué?
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Aquello me hizo reír.
Porque probablemente era cierto.
Había más personas viviendo en algunos complejos residenciales de Nueva York que en aquel pueblo entero.
—¿Y qué hace la gente?
—Vivir.
—Fran.
—Trabajan en agricultura, ganadería, pequeños negocios familiares, turismo rural... cosas normales.
—¿Hay cafeterías?
—Sí.
—¿Internet?
—También.
—¿Civilización?
—Más o menos.
Volví a reír.
Y me sorprendió descubrir que cada vez me costaba menos hacerlo.
No porque estuviera mejor.
Ni mucho menos.
Todavía me despertaba algunas noches recordando aquel apartamento.
Todavía veía la imagen de David y Vanessa cuando cerraba los ojos.
Todavía me dolía respirar algunas veces.
Pero poco a poco estaba aprendiendo a sobrevivir sin que el dolor ocupara absolutamente todo el espacio.
—Voy a ir.
Dije finalmente.
Hubo unos segundos de silencio.
—Bien.
Respondió él.
Simplemente eso.
Bien.
Sin presionarme.
Sin insistir.
Sin celebrarlo exageradamente.
Y justamente por eso me sentí cómoda.
—¿Puedes organizarlo?
—Claro. ¿Viernes o sábado?
—Sábado.
—Perfecto. Hablaré con Martha para sacar los pasajes de avión y dejar listo lo del traslado. Si quieren, puedo pedir que les reserven un auto cuando lleguen. Y si prefieren no manejar, también pueden tomar un autobús desde el aeropuerto hasta el pueblo.
Aquello me hizo parpadear.
No había pensado en tantos detalles.
—¿Tú vas a ir?
—Sí.
—¿Con nosotras?
—Con ustedes.
—¿Para mostrarnos el pueblo?
—Exacto.
Sonreí sin darme cuenta.
—Eso cambia bastante el plan.
—Lo sé.
—¿Y no te molesta?
—¿Molestarme acompañarlas a ver el lugar donde quizá termines viviendo? No, Cami. Me parece bastante razonable.
Cuando colgué, me quedé sentada varios minutos observando por la ventana del hotel.
La ciudad seguía moviéndose como siempre.
Personas caminando.
Autos.
Luces.
Ruido.
Prisa.
Todo seguía exactamente igual.
Y sin embargo mi vida era completamente distinta a la de un mes atrás.
Si alguien me hubiera dicho en diciembre que empezaría el año viviendo en un hotel, huyendo de una boda cancelada y planeando mudarme a un pueblo perdido en medio de la nada...
Me habría reído.
Porque parecía imposible.
Y aun así ahí estaba.
Más tarde me reuní con Sandra para almorzar.
Cuando le conté que había hablado con Fran, prácticamente dio un pequeño salto de emoción.
—¡Sabía que dirías que sí!
—Todavía no he decidido mudarme.
—Pero vas a ver la casa.
—Sí.
—Eso significa que ya estás considerando seriamente la idea.
Tomé un sorbo de agua.
—Tal vez.
—Definitivamente.
Negué con la cabeza.
Imposible discutir con ella.
—¿Y sabes qué es lo mejor?
Continuó.
—¿Qué?
—Que vas a estar lejos de todo.
Lejos de David.
Lejos de los recuerdos.
Lejos de la boda.
Lejos de Vanessa.
Aquella última palabra consiguió borrar parte de mi sonrisa.
Porque aunque intentaba no pensar en ella...
A veces era imposible.
Vanessa no solo era la mujer con la que David me había engañado.
También era alguien en quien había confiado.
Alguien a quien consideraba amiga.
Alguien con quien había compartido horas hablando de vestidos.
De flores.
De fotografías.
De centros de mesa.
De luna de miel.
De mi boda.
Mi boda.
La palabra seguía doliendo.
Sandra pareció notar inmediatamente el cambio en mi expresión.
—Lo siento.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Guardé silencio.
Porque ninguna de las dos sabía realmente qué decir sobre eso.
No existían palabras mágicas.
No existían explicaciones suficientes.
No existía una forma lógica de entender por qué dos personas en las que había confiado podían hacer algo así.
Simplemente había ocurrido.
Y ahora tenía que aprender a vivir con ello.
Esa noche, de regreso en el hotel, recibí otro mensaje de David.
Uno más.
Como todos los días.
Como todas las noches.
Abrí la conversación por primera vez en semanas.
Solo para verlos.
Había cientos.
Literalmente cientos.
Mensajes.
Llamadas perdidas.