Si el Destino Lo Quiere

03

David POV

Los días posteriores a Navidad se convierten en una especie de castigo.

Uno que parece no terminar nunca.

Pierdo la noción de las fechas.

Solo sé que despierto.

Pienso en Camila.

Intento llamarla.

Y vuelvo a fracasar.

Una y otra vez.

Todos los días.

Sin excepción.

Mi teléfono parece haberse convertido en una extensión de mi mano.

La llamo al despertar.

La llamo mientras desayuno.

La llamo desde la oficina.

La llamo cuando regreso a casa.

La llamo antes de dormir.

Y muchas veces durante la madrugada.

Siempre ocurre lo mismo.

Ninguna respuesta.

Ninguna señal.

Nada.

Empiezo a escribirle mensajes cada vez más largos.

Al principio intento explicarme.

Luego intento disculparme.

Después simplemente le escribo cualquier cosa.

"¿Estás bien?"

"Solo dime que estás bien."

"Por favor."

"Camila."

"Te amo."

"No sé cómo arreglar esto."

"Pero quiero intentarlo."

"Por favor habla conmigo."

Nunca responde.

Jamás.

Y cada hora que pasa.

Cada día.

Cada noche.

La desesperación crece.

Sandra tampoco ayuda.

La primera vez que intento llamarla después de Navidad me corta la llamada.

La segunda también.

La tercera ni siquiera timbra.

Y aun así sigo insistiendo.

Porque Sandra es la única persona de la que estoy seguro que sabe algo.

La única.

Un día incluso la llamo desde el teléfono de la oficina.

Contesta.

Pero apenas escucha mi voz.

Cuelga.

Así de simple.

Como si yo fuera una enfermedad contagiosa.

Como si no quisiera escuchar una sola palabra proveniente de mí.

Y probablemente no la culpo.

Porque si estuviera en su lugar.

Tal vez haría exactamente lo mismo.

Las llamadas de mi madre se convierten en otro problema.

Porque siguen llegando.

Todos los días.

Y siempre hacen la misma pregunta.

—¿Dónde está Camila?

Entonces empiezo a mentir.

Mentiras pequeñas.

Ridículas.

Pero mentiras al fin.

—Está durmiendo.

—Se está duchando.

—Salió a comprar unas cosas.

—Está hablando con sus padres.

—Está en una videollamada.

—Fue al gimnasio.

—Está trabajando.

—Está ocupada.

—Le diré que la llamaste.

Cada mentira me hace sentir peor.

Porque sé que mi madre terminará descubriéndolo.

Porque sé que nadie desaparece durante tantos días sin levantar sospechas.

Pero sigo haciéndolo.

Porque no puedo soportar la idea de explicar la verdad.

No todavía.

La casa se vuelve insoportable.

Demasiado silenciosa.

Demasiado grande.

Demasiado vacía.

Por primera vez desde que vivimos juntos.

Empiezo a odiar regresar.

Porque cada habitación me recuerda algo.

La cocina.

La sala.

La terraza.

Nuestro dormitorio.

Todo me recuerda a ella.

Todo.

Y yo sigo sin saber dónde está.

Llega Año Nuevo.

Y lo paso solo.

Completamente solo.

La televisión encendida.

Una copa de whisky intacta sobre la mesa.

Y el teléfono en la mano.

Esperando algo que nunca llega.

A medianoche.

Mientras los fuegos artificiales iluminan la ciudad.

La llamo otra vez.

Porque soy un imbécil.

Porque todavía tengo esperanza.

Porque todavía quiero creer que responderá.

Pero no lo hace.

Y empiezo el nuevo año exactamente igual que terminé el anterior.

Sin ella.

El tres de enero me despierto con una idea.

Es lunes.

Camila debería volver al bufete.

Siempre vuelve.

Nunca falta.

Y por primera vez en días siento que tengo una oportunidad.

Una posibilidad real de verla.

Aunque sea de lejos.

Aunque sea unos segundos.

Llego más temprano de lo necesario.

Mucho más temprano.

Y termino escondido detrás de un puesto de periódicos frente al edificio.

Probablemente parezco un loco.

No me importa.

Las horas pasan.

Veo llegar abogados.

Secretarias.

Clientes.

Empleados.

Pero no veo su auto.

Ni una sola vez.

Sigo esperando.

Ocho de la mañana.

Nueve.

Nueve y media.

Diez.

Nada.

Empiezo a sentir que algo está mal.

Muy mal.

Finalmente cruzo la calle.

Entro al edificio.

Y me acerco a recepción.

—Buenos días.

La recepcionista me reconoce inmediatamente.

—Buenos días, señor Johnson.

—¿La señorita Román ya llegó?

La mujer revisa algo en la computadora.

—No señor.

Mi corazón se hunde.

—¿Todavía no?

—No. El vehículo de la señorita Román no ha ingresado hoy.

Me quedo inmóvil.

Porque eso significa que ni siquiera está trabajando.

O al menos no aquí.

—¿Podría avisarle que estoy aquí?

La mujer duda.

—Lo siento señor.

No puedo hacerlo.

—Solo dígale que necesito hablar con ella.

—No tengo autorización para proporcionar información sobre nuestros abogados.

Intento insistir.

Intento convencerla.

Intento cualquier cosa.

Pero es inútil.

Ni siquiera me permiten subir.

Ni siquiera me dejan acercarme a su piso.

Termino nuevamente en la calle.

Solo.

Con las manos en los bolsillos.

Mirando el edificio.

Como un extraño.

Como si nunca hubiera formado parte de su vida.

Y por primera vez.

Por primera vez desde que todo ocurrió.

Una idea horrible empieza a instalarse en mi cabeza.

Camila no solo se fue.

Camila se está asegurando de que yo no pueda encontrarla.

Y eso me asusta mucho más que cualquier otra cosa.

Porque significa que no está esperando que la busque.



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#29 en Joven Adulto

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 06.08.2026

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