Camila POV
La mañana siguiente llegó demasiado rápido.
Cuando bajamos a desayunar, Agostina ya estaba despierta.
Y, para sorpresa de nadie, ya había preparado comida suficiente para alimentar a un ejército entero.
—¿Tu mamá duerme alguna vez?
Preguntó Sandra mientras observaba la mesa.
Fran tomó una taza de café.
—No estoy completamente seguro.
—Eso explica muchas cosas.
Respondió ella.
Agostina sonrió orgullosa.
Como si aquello fuera un cumplido.
Y probablemente lo era.
Después de despedirnos de ella y prometer que volveríamos algún día, emprendimos el camino de regreso hacia el aeropuerto.
El pueblo fue desapareciendo poco a poco detrás de nosotros.
Las casas.
Los campos.
Las montañas.
El silencio.
Y mientras observaba todo por la ventana sentí una sensación extraña.
Como si ya estuviera empezando a echarlo de menos.
A pesar de haber pasado menos de veinticuatro horas allí.
Sandra iba en el asiento delantero.
Yo detrás.
Y Fran conduciendo.
Durante los primeros kilómetros reinó un silencio agradable.
Hasta que Sandra decidió romperlo.
—Voy a decir algo importante.
—Eso me preocupa.
Respondió Fran.
—Camila debería comprar una vaca.
Cerré los ojos.
—Por favor no empieces otra vez.
—Estoy hablando completamente en serio.
—Lo sé y ese es el problema.
—Las vacas son adorables.
—Sandra...
—Además te ayudarían con tu nueva vida rural.
Fran soltó una carcajada.
—Nunca pensé escuchar una conversación así de dos abogadas.
—Yo tampoco.
Respondí.
—Y aquí estamos.
La conversación terminó derivando hacia temas mucho más ligeros.
Historias de infancia.
Recuerdos.
Anécdotas absurdas.
Sandra contó cómo una vez intentó cortarse el cabello sola cuando tenía diez años.
El resultado había sido tan desastroso que terminó usando gorros durante casi dos meses.
—Mi mamá todavía conserva las fotos.
Dijo con resignación.
—Necesito verlas.
Respondí inmediatamente.
—Jamás.
—Ahora necesito verlas aún más.
Después fue el turno de Fran.
—Tu mamá nos contó solo las historias bonitas.
Comenté.
—Exacto.
Dijo Sandra.
—Queremos las vergonzosas.
—No existen.
—Mentira.
Respondimos las dos al mismo tiempo.
Fran suspiró.
Derrotado.
—Una vez me caí de un árbol.
—Eso no es vergonzoso.
—Me caí intentando impresionar a una niña.
Sandra comenzó a reír inmediatamente.
—Ahora sí estamos avanzando.
—Tenía doce años.
—¿Funcionó?
Pregunté.
—No.
—¿Te rompiste algo?
—La dignidad.
Aquello provocó una carcajada general.
Y durante varios minutos seguimos intercambiando historias.
Algunas ridículas.
Otras entrañables.
Y por momentos olvidé completamente todo lo demás.
Habíamos recorrido casi la mitad del trayecto cuando Fran me observó brevemente a través del espejo retrovisor.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—La casa.
Sabía que aquella pregunta llegaría.
Sandra también.
Porque inmediatamente giró la cabeza para mirarme.
Esperando la respuesta.
Tomé aire.
Y sonreí.
Una sonrisa pequeña.
Pero sincera.
—La voy a tomar.
Sandra literalmente celebró.
—¡Lo sabía!
—Ni siquiera la estoy alquilando tú.
—Eso no importa.
Estoy emocionada igual.
Fran sonrió también.
De forma mucho más discreta.
Pero pude notarlo.
—Me alegra.
Dijo simplemente.
Y aquella respuesta me gustó.
Porque no intentó convencerme.
Ni presionarme.
Ni celebrarlo exageradamente.
Simplemente parecía genuinamente contento por mí.
—¿Cuándo te mudarías?
Preguntó después.
Pensé unos segundos.
—Probablemente el próximo fin de semana.
—¿Tan pronto?
Preguntó Sandra.
—Sí.
Tengo muchas cosas que organizar todavía.
El trabajo.
La mudanza.
Buscar una empresa que transporte algunas cosas.
Ver qué voy a llevar y qué no.
Además...
Me quedé mirando el paisaje.
—Necesito cerrar varias cosas antes de irme.
No hacía falta explicar cuáles.
Sandra entendió inmediatamente.
Y Fran también.
Porque ninguno preguntó.
La realidad era que todavía quedaban demasiados asuntos pendientes.
Mis padres.
La boda.
El vestido.
Las reservas.
Los contratos.
Las invitaciones.
Mi departamento.
Mis pertenencias.
Y David.
Sobre todo David.
Porque aunque llevara semanas ignorándolo...
Seguía existiendo.
Seguía llamando.
Seguía enviando mensajes.
Seguía intentando encontrarme.
Y tarde o temprano tendría que enfrentar aquello.
No podía esconderme para siempre.
Pero tampoco estaba lista todavía.
Instintivamente saqué el celular del bolso.
Más de veinte llamadas perdidas.
Todas de David.
Varias de días anteriores.
Tres de esa misma mañana.
Y algunos mensajes nuevos.
No abrí ninguno.
Volví a guardar el teléfono.
Y apoyé la cabeza contra la ventana.
Porque incluso verlo seguía siendo doloroso.
—¿Estás bien?
Preguntó Sandra suavemente.
Asentí.
—Sí.
Y esta vez no era una mentira completa.
Todavía estaba triste.
Todavía estaba rota en muchos aspectos.
Todavía había días donde sentía que el pecho me pesaba demasiado.
Pero por primera vez desde Navidad...
También tenía algo que no había tenido durante semanas.
Un plan.
Algo hacia donde avanzar.
Un lugar al que ir.
Una nueva vida esperándome.
Pequeña.
Sencilla.