Los días comenzaron a adquirir una rutina distinta.
Una más tranquila.
Más lenta.
Más silenciosa.
Y aunque todavía había momentos en los que el dolor me golpeaba sin previo aviso, empezaba a acostumbrarme a la vida en aquel pequeño pueblo.
Cada mañana me levantaba temprano.
Preparaba café.
Abría las ventanas de la cocina.
Y observaba el campo mientras revisaba correos del bufete.
Trabajar desde casa era extraño.
Nunca había pasado tanto tiempo sola.
Pero también era una especie de alivio.
No tenía que fingir estar bien delante de decenas de personas.
No tenía que sonreír constantemente.
Ni escuchar preguntas incómodas.
Simplemente trabajaba.
A mi ritmo.
Desde aquella pequeña mesa que había convertido en oficina improvisada.
Fran, por supuesto, se aseguraba de que nunca me sintiera completamente sola.
Las primeras veces pensé que era casualidad.
Pero después empecé a notar un patrón.
Uno muy evidente.
—Buenos días.
Me escribía.
—Buenos días.
Respondía yo.
Cinco minutos después llegaba otro mensaje.
—¿Ya desayunaste?
Al mediodía.
—¿Almorzaste?
A media tarde.
—¿Cómo va el caso Peterson?
Y unos minutos después.
—¿Cómo estás tú?
Porque siempre encontraba la forma de convertir una conversación laboral en una conversación personal.
Siempre.
Un miércoles, después de una reunión virtual con varios abogados del bufete, Sandra me llamó apenas terminó.
—¿Ya almorzaste?
—¿Tú también?
—¿Yo también qué?
—Preguntarme si ya almorcé.
Escuché una carcajada al otro lado.
—¿Fran ya lo hizo?
—Tres veces.
—Lo sabía.
Negué con la cabeza.
Aunque ella no podía verme.
—Está exagerando.
—Está enamorado.
—Sandra.
—¿Qué?
—No empieces.
—Solo digo que es bastante evidente.
—Y yo solo digo que exageras.
—Claro. Porque preguntarle a alguien si ha comido cuatro veces al día es completamente normal.
—Tal vez le preocupa mi alimentación.
—Claro y yo soy astronauta.
Aquello me hizo reír.
Y Sandra aprovechó inmediatamente.
—Mira no digo que tengas que enamorarte de él. Pero tampoco seas ciega. Ese hombre prácticamente está haciendo fila para ser tu novio.
—Sandra.
—¿Qué?
—No quiero pensar en eso ahora.
Su voz se suavizó.
—Lo sé y no tienes que hacerlo. Pero tampoco te cierres completamente. Porque mereces ser feliz.
Aquellas palabras me acompañaron el resto del día.
David seguía llamando.
Todos los días.
Sin excepción.
Algunas veces cinco veces.
Otras diez.
En ocasiones incluso más.
También enviaba mensajes.
Muchos mensajes.
Preguntando dónde estaba.
Cómo estaba.
Pidiéndome hablar.
Pidiéndome una oportunidad.
Pidiéndome escuchar su versión.
Yo no respondía.
No porque lo odiara.
No porque quisiera hacerlo sufrir.
Sino porque todavía me dolía demasiado.
Porque cada vez que veía su nombre en la pantalla sentía aquella punzada en el pecho.
Y porque todavía no sabía cómo hablar con él sin romperme otra vez.
El viernes por la noche estaba terminando unos documentos cuando recibí un mensaje.
Fran: ¿Qué planes tienes mañana?
Fruncí el ceño.
Ninguno.
La respuesta llegó de inmediato.
Perfecto.
Aquello me pareció sospechoso.
Muy sospechoso.
Pero no le di demasiadas vueltas.
A la mañana siguiente alguien llamó a mi puerta.
Miré la hora.
Apenas pasaban de las nueve.
Y cuando abrí...
Me encontré a Fran sonriendo.
Como si aparecer a cientos de kilómetros de distancia fuera lo más normal del mundo.
—Buenos días.
Parpadeé.
—¿Qué haces aquí?
—Te dije que iba a visitarte.
—Pensé que estabas bromeando.
—Nunca bromeo sobre cosas importantes.
—Fran...
—Además.
Continuó.
—Hoy no trabajas y todavía no conoces ni la mitad del pueblo.
No pude evitar sonreír.
Porque en realidad me alegraba verlo.
Mucho más de lo que pensaba admitir.
Pasamos prácticamente todo el día fuera.
Primero me llevó al centro.
A la plaza principal.
A una cafetería pequeña donde todos parecían conocerse.
Después caminamos por calles que todavía no había recorrido.
Entramos a tiendas.
A librerías.
A un mercado de agricultores.
Y terminé comprando muchas más cosas de las que había planeado.
Carne.
Pollo.
Verduras.
Frutas.
Leche.
Azúcar.
Arroz.
Pasta.
Algunos dulces.
Y varias cosas para llenar por fin la despensa.
—Parece que planeas sobrevivir un apocalipsis.
Comentó Fran mientras cargaba varias bolsas.
—Me gusta estar preparada.
—Eso explica por qué tienes más provisiones que el supermercado.
—Exagerado.
—No mucho.
Por la tarde llegamos al río que tanto había mencionado.
Y tuve que admitir que tenía razón.
Era precioso.
El agua reflejaba el cielo.
Los árboles rodeaban toda la zona.
Y el lugar transmitía una paz difícil de explicar.
Allí tomamos varias fotografías.
Muchas.
Algunas del paisaje.
Otras mías.
Y otras juntos.
Fran insistía en documentar absolutamente todo.
—Sandra no va a creer que te hice salir de casa.
—Sandra cree que tú podrías convencerme de cualquier cosa.
—Es una mujer muy inteligente.
Aquello me hizo reír.
En una de las fotos, mientras uno de los vecinos se ofrecía a tomarnos una imagen juntos, Fran apoyó una mano en mi cintura.
De forma natural.
Como si no hubiera pensado demasiado en ello.