—Camila Román.
Escuché finalmente.
Levanté la cabeza.
Sandra me miró.
Yo la miré a ella.
Y juntas entramos al consultorio.
La doctora tenía varios papeles sobre el escritorio.
Los observaba con atención.
Demasiada atención.
Y aquello me puso nerviosa.
Porque esperaba que simplemente me dijera que estaba agotada.
Que necesitaba descansar.
Que me faltaban vitaminas.
Algo sencillo.
Algo normal.
—Siéntate, Camila.
Me indicó.
Lo hice.
Sandra tomó asiento a mi lado.
Y por unos segundos nadie habló.
La doctora revisó nuevamente los resultados.
Luego levantó la vista.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Suave.
Casi maternal.
—Bueno. Lo primero que quiero decirte es que tus análisis están bastante bien.
Parpadeé.
—¿Entonces?
—Hay algunas cosas que tendremos que controlar. Pero nada alarmante.
—¿Y los vómitos?
—¿Y los mareos?
—¿Y el cansancio?
Pregunté rápidamente.
La doctora tomó aire.
Como si estuviera buscando la forma adecuada de decir algo.
Y entonces habló.
—Camila... tus análisis indican que estás embarazada.
Sentí que el mundo se detenía.
Literalmente.
Como si alguien hubiera apagado todos los sonidos alrededor.
—¿Qué?
Fue lo único que pude decir.
—Tus niveles hormonales son compatibles con un embarazo.
Negué con la cabeza.
Inmediatamente.
Sin siquiera pensarlo.
—No.
La doctora me observó con calma.
—Sí.
—No.
—Camila...
—No puede ser.
Sentí que comenzaba a faltarme el aire.
Mis manos empezaron a temblar.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas casi al instante.
—Eso es imposible.
Murmuré.
—¿Por qué?
Preguntó la doctora.
—Porque... porque llevo más de un mes viviendo sola. Porque estoy separada. Porque... porque...
Las palabras se quedaron atoradas en mi garganta.
Sandra me tomó la mano.
Y pude sentir cómo ella también estaba completamente sorprendida.
—¿Cuándo fue tu último periodo?
Preguntó la doctora con tranquilidad.
Intenté recordar.
Y de pronto una imagen apareció en mi cabeza.
La mañana del veintitrés de diciembre.
Aquella mañana.
La mañana en que David regresó de Los Ángeles.
La mañana en que yo había visto aquella pequeña mancha.
—En diciembre.
Respondí.
—¿Qué fecha?
—Más o menos el veintitrés.
La doctora asintió.
—¿Fue normal?
Fruncí el ceño.
Porque nunca me había detenido realmente a analizarlo.
—No.
Sandra me miró.
—¿Qué quieres decir con no?
—Pues... no fue normal.
Empecé a recordar.
Y mientras más recordaba...
Más confundida me sentía.
—Solo fue una mancha.
Dije.
—¿Una mancha?
Preguntó la doctora.
—Sí. Una pequeña. Muy poca sangre.
La doctora siguió escuchando.
—Y... no duró mucho. Quizá un día o un día y medio. No más.
El silencio que siguió me puso nerviosa.
La doctora dejó los papeles a un lado y me observó con más atención.
—Camila. Eso no suena como una menstruación normal.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
—No...
Murmuré.
Porque mi mente estaba intentando unir piezas.
Demasiadas piezas.
Los vómitos.
Los mareos.
El cansancio.
El retraso.
Las náuseas.
Los dolores.
Y de repente nada parecía una coincidencia.
Las lágrimas empezaron a caer solas.
Sin permiso.
Sin control.
—No puede ser.
Volví a repetir.
Porque aquello era precisamente lo que había deseado durante meses.
Lo que había llorado.
Lo que había pedido.
Lo que David había soñado.
Lo que ambos habían esperado.
Pero ahora...
Ahora todo era diferente.
Mucho más diferente de lo que jamás imaginé.
Me llevé ambas manos al rostro.
Y rompí a llorar.
No era felicidad.
No era tristeza.
No era miedo.
Era todo junto.
—No puedo.
Sollozé.
—No puedo.
Sandra me abrazó inmediatamente.
—Sí puedes.
—No. No puedo.
Porque de pronto mi mente empezó a correr en todas direcciones.
Estoy sola.
Estoy viviendo en un pueblo.
No tengo a mi familia.
No tengo a David.
No tengo nada resuelto.
No sé qué haré.
No sé qué pasará.
No sé si podré.
Y sobre todo...
No sabía si estaba preparada para volver a pasar por aquello.
La pérdida del bebé seguía doliendo.
Todos los días.
El recuerdo del hospital seguía vivo.
Los médicos.
Las lágrimas.
El vacío.
Todo.
—Tengo miedo.
Confesé.
La doctora asintió.
Como si entendiera perfectamente.
—Es normal.
—¿Y si vuelve a pasar?
Aquella pregunta salió rota.
Temblorosa.
La misma pregunta que me había acompañado durante meses.
La doctora permaneció en silencio unos segundos.
Luego tomó una hoja nueva.
—Por eso necesitamos hacer una ecografía.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Ahora?
—Sí. Quiero ver exactamente de cuántas semanas estás y confirmar que todo esté bien.
Asentí.
Todavía llorando.
Y pocos minutos después nos dirigimos al área donde tenían el equipo.
Esta vez el aparato estaba encendido.
Listo.
Esperándonos.
Sentí un nudo en el estómago cuando me indicaron que me recostara en la camilla.
Sandra se quedó a mi lado.
Y la doctora preparó el gel con movimientos tranquilos.
—Respira, Camila.
Me dijo con suavidad.
—Solo vamos a mirar.
Asentí, aunque apenas podía controlar el temblor de mis manos.
La doctora apoyó el transductor sobre mi abdomen.
El frío del gel me hizo estremecer.