Si el Destino Lo Quiere

08

Las semanas comenzaron a pasar más rápido de lo que imaginaba.

Tal vez porque mi vida empezó a girar alrededor de nuevas rutinas.

Nuevas preocupaciones.

Nuevas responsabilidades.

Y dos pequeños latidos que crecían dentro de mí.

Febrero quedó atrás.

Luego marzo.

Y sin darme cuenta ya estaba entrando en abril.

Mi cuerpo cambió mucho durante ese tiempo.

Más de lo que esperaba.

Al principio apenas se notaba.

Pero después...

Fue imposible ocultarlo.

Mi vientre comenzó a redondearse semana tras semana.

Hasta convertirse en una evidencia imposible de ignorar.

Cinco meses.

Cinco meses de embarazo.

Cinco meses de dos pequeños bebés creciendo dentro de mí.

Todavía me costaba creerlo algunas mañanas.

La primera ecografía importante después de descubrir el embarazo fue probablemente una de las experiencias más emocionantes de mi vida.

Y también una de las más dolorosas.

Porque mientras observaba aquella pantalla...

Mientras veía cómo se movían...

Mientras escuchaba sus corazones...

No pude evitar imaginar cómo habría sido vivir aquello de otra manera.

Con David.

La idea aparecía muchas veces.

Demasiadas.

Y aunque intentaba apartarla...

Nunca desaparecía del todo.

Sin embargo, poco a poco empecé a centrarme más en ellos.

En mis bebés.

En su bienestar.

En que estuvieran sanos.

En que todo saliera bien.

La doctora insistía en controles frecuentes debido a mis antecedentes.

Y yo seguía todas las indicaciones al pie de la letra.

Vitaminas.

Exámenes.

Ecografías.

Controles.

Reposo cuando era necesario.

No falté a una sola cita.

Ni una.

Y en casi todas había alguien acompañándome.

Fran.

Al principio intenté convencerlo de que no era necesario.

—Puedo ir sola.

—No.

—Fran...

—No.

Y así terminaban la mayoría de las discusiones.

Porque era increíblemente terco.

Y porque siempre encontraba la forma de aparecer.

Si tenía una ecografía un martes.

Aparecía.

Si tenía análisis un jueves.

Aparecía.

Si necesitaba comprar vitaminas.

Aparecía.

Si simplemente tenía un mal día.

También aparecía.

No invadía.

No presionaba.

No exigía.

Simplemente estaba.

Y poco a poco me fui acostumbrando a ello.

A su presencia.

A sus mensajes.

A que me preguntara si ya había desayunado.

A que me recordara tomar agua.

A que me preguntara cómo estaban los bebés.

Porque nunca preguntaba únicamente por mí.

Siempre preguntaba por los tres.

—¿Cómo amanecieron hoy?

Aquella era una de sus frases favoritas.

Y siempre terminaba haciéndome sonreír.

Incluso cuando estaba de mal humor.

Una tarde regresó de la ciudad con una bolsa enorme.

—¿Qué es eso?

—Nada.

—Fran.

—Abre la bolsa.

Y dentro encontré varias cosas pequeñas.

Un peluche blanco.

Unas mantitas.

Dos conjuntos diminutos color crema.

Un par de zapatitos tejidos.

Y varios juguetes para recién nacidos.

Me quedé observándolo todo.

Sorprendida.

—Fran...

—¿Qué?

—No debiste gastar dinero en esto.

—Quise hacerlo.

Tomé uno de los pequeños conjuntos entre mis manos.

Era tan pequeño.

Tan diminuto.

Y de repente todo volvió a sentirse real.

Mucho más real.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente.

—Otra vez vas a llorar.

—No puedo evitarlo.

—Voy a prohibirte llorar.

—No puedes.

—Ya veremos.

Y terminamos riéndonos los dos.

Aquellas pequeñas compras fueron apenas el comienzo.

Porque después apareció otro peluche.

Luego unos cuentos infantiles.

Después unas mantas más.

Y una pequeña lámpara nocturna.

—Fran.

—¿Sí?

—Se supone que todavía ni siquiera sabemos si son niños o niñas.

—Por eso compré todo blanco.

—Estás imposible.

—Lo sé.

Y lo peor era que Agostina lo apoyaba.

Completamente.

Su madre parecía haberse encariñado conmigo desde el primer día.

Pero cuando supo del embarazo...

Todo se multiplicó.

Absolutamente todo.

Cada vez que la visitábamos preparaba comida.

Mucha comida.

Demasiada comida.

—Tienes que alimentarte bien.

—Agostina, ya comí.

—Puedes comer otra vez.

—No.

—Sí.

Y entonces aparecía otro plato.

Y otro.

Y otro.

Fran siempre terminaba riéndose.

—Ahora entiendes por qué soy así.

—Tu madre quiere alimentarme hasta que explote.

—Es una muestra de cariño.

—Es una amenaza.

Agostina fingía ofenderse.

Y después nos reíamos los tres.

Por primera vez en mucho tiempo...

Aquella casa empezó a sentirse familiar.

Segura.

Como un refugio.

Mientras tanto seguía hablando con mis padres.

Una o dos veces por semana.

A veces más.

Mi madre siempre preguntaba exactamente lo mismo.

—¿Estás comiendo bien?

—Sí.

—¿Estás descansando?

—Sí.

—¿Estás llorando?

—No.

Mentía en esa última.

Porque todavía lloraba algunas noches.

No tantas como antes.

Pero sí algunas.

Y mi padre...

Mi padre siempre intentaba averiguar dónde estaba.

—¿Sigues sin querer decirnos?

—Todavía no.

—Cami...

—Cuando esté lista.

—Nos preocupamos por ti.

Sentía culpa cada vez que escuchaba aquello.

Mucha culpa.

Porque no solo les ocultaba dónde vivía.

También les ocultaba la noticia más importante de mi vida.

Sus futuros nietos.

Y cada vez que colgaba el teléfono me preguntaba cuánto tiempo más podría seguir guardando el secreto.

Pero aún no me sentía preparada.



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#29 en Joven Adulto

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 06.08.2026

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