Si el Destino Lo Quiere

09

Desperté sintiendo un dolor punzante en todo el cuerpo.

Era una sensación extraña.

Como si me hubieran golpeado desde la cabeza hasta los pies.

Intenté moverme.

Mala idea.

Un dolor inmediato atravesó mi espalda y mi costado.

Solté un pequeño quejido.

Entonces escuché una voz cerca.

—Señorita Camila, despacio.

Giré apenas la cabeza.

Había un médico revisando unos monitores junto a mi cama.

La habitación estaba iluminada por una luz tenue.

Por un instante no entendí dónde estaba.

Ni qué había pasado.

Hasta que los recuerdos comenzaron a regresar.

El aeropuerto.

El taxi.

La carretera.

El impacto.

El auto girando.

El miedo.

Mis bebés.

Mis bebés.

Mi mano fue inmediatamente hacia mi vientre.

Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera detenerlas.

—¿Mis bebés?

El médico se acercó enseguida.

—Tranquila, están bien. La hemos estado monitoreando desde que llegó.

Su respiración se entrecortó.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones.

Porque durante esos segundos había pensado lo peor.

Había pensado que podía perderlos.

Y aquella idea me aterrorizó mucho más que cualquier dolor físico.

Apoyé la cabeza nuevamente sobre la almohada.

Llorando en silencio.

Agradeciendo.

Simplemente agradeciendo.

—¿Qué pasó?

Mi voz salió débil.

Casi rota.

—Tuvo un accidente automovilístico, el vehículo en el que viajaba se volcó después de una colisión. Fue trasladada de emergencia a la clínica, presenta múltiples golpes, contusiones y algunas lesiones menores, pero afortunadamente ninguna de gravedad.

Cerré los ojos.

Todo volvía poco a poco.

Como piezas dispersas de un rompecabezas.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Varias horas, recuperó la consciencia hace poco.

Asentí lentamente.

Entonces recordé algo más.

Algo importante.

—¿Quién está afuera?

El médico pareció comprender inmediatamente la pregunta.

—¿Su familia?

—Sí.

—Llamamos a los contactos de emergencia que figuraban en su expediente. Su mamá, su papá y el señor David Johnson.

Mi corazón se detuvo durante un instante.

David.

Habían llamado a David.

Por supuesto.

Seguía apareciendo en mis contactos de emergencia.

Nunca lo había cambiado.

Nunca imaginé que algo así ocurriría.

Sentí un nudo formarse en mi garganta.

—¿Él vino?

—Sí, llegó hace un rato, está afuera con el resto de su familia.

Tuve que apartar la mirada.

Porque escuchar aquello removió demasiadas emociones al mismo tiempo.

Dolor.

Nostalgia.

Rabia.

Tristeza.

Y algo de miedo.

Mucho miedo.

Instintivamente apoyé ambas manos sobre mi vientre.

Debajo de la manta.

Protegiéndolo.

Protegiéndolos.

El médico observó el gesto.

Y probablemente entendió algo.

Porque guardó silencio unos segundos.

—Doctor.

—Dígame.

—Por favor...

Mi voz tembló.

—No les diga nada.

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué se refiere?

—A mi embarazo, por favor no le diga a nadie.

El médico pareció pensarlo durante unos segundos.

—Señorita Camila, eventualmente su familia lo verá.

—Lo sé.

Las lágrimas comenzaron a caer otra vez.

—Pero quiero ser yo quien se los diga, no quiero que lo descubran por otra persona.

El médico permaneció en silencio unos instantes.

Finalmente asintió.

—Entiendo.

Respiré un poco más tranquila.

—Solo les hemos informado que está estable. Nada más.

—Gracias.

—Sin embargo...

Su tono cambió.

Más serio.

—Debe permanecer en observación, al menos unos días. Su embarazo es considerado de riesgo debido a sus antecedentes médicos y después de una volcadura como la que sufrió debemos vigilar constantemente podrían aparecer complicaciones en las próximas horas o días.

Asentí.

Porque lo entendía.

Yo también estaba asustada.

Más de lo que quería admitir.

—Haré lo que sea necesario.

—Eso es lo mejor para usted y para los bebés.

Escuchar aquella palabra volvió a emocionarme.

Los bebés.

Todavía me costaba creerlo.

Todo había cambiado tan rápido.

Meses atrás había llorado porque pensaba que jamás llegaría este momento.

Y ahora estaba allí.

Acostada en una cama de hospital.

Protegiendo dos vidas.

Completamente sola.

O al menos así me sentía.

—Doctor.

—¿Sí?

—Cuando entren… no quiero que entren todos, solo mis padres, por favor.

El médico volvió a asentir.

—Lo entiendo. Haré que ingresen únicamente ellos.

—Gracias.

Cuando salió de la habitación me quedé sola.

El silencio volvió a rodearme.

Escuchaba únicamente el sonido constante de los monitores.

Mi respiración.

Y los latidos acelerados de mi corazón.

Cerré los ojos.

Intentando prepararme.

Porque en unos minutos tendría que enfrentar otra realidad.

La mirada de mis padres.

Las preguntas.

La preocupación.

Y una noticia que llevaba meses ocultando.

Una noticia imposible de esconder ahora.

Mis manos volvieron a descansar sobre mi vientre.

Lo acaricié suavemente.

Y sentí cómo las lágrimas resbalaban otra vez por mis mejillas.

—Estamos bien...

Susurré.

No sabía si se lo decía a ellos o a mí misma.

Quizá a los tres.

Porque por primera vez desde el accidente entendí algo.

Mi vida acababa de cambiar otra vez.

Y nada volvería a ser igual cuando aquella puerta se abriera.

Escuché unos golpes suaves en la puerta.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

Sabía que eran ellos.

Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentar ese momento.



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#29 en Joven Adulto

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 06.08.2026

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