La puerta permaneció cerrada durante varios segundos.
Demasiados segundos.
Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.
No sabía qué iba a decir.
No sabía cómo iba a reaccionar.
No sabía si estaba preparada para verlo después de tantos meses.
Después de tantas llamadas ignoradas.
Después de tantas noches llorando.
Después de haber intentado reconstruir mi vida lejos de él.
Después de obligarme a seguir adelante.
Respiré profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y entonces la puerta se abrió.
Lo vi inmediatamente.
David.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Simplemente nos miramos.
Y fue extraño.
Porque habían pasado cinco meses.
Cinco meses enteros.
Y aun así reconocí cada detalle de él.
La forma en que se movía.
La manera en que fruncía ligeramente el ceño cuando estaba preocupado.
Sus ojos.
Dios.
Sus ojos.
Se veían cansados.
Mucho más cansados de lo que recordaba.
Como si tampoco hubiera tenido meses fáciles.
Pero eso no cambió nada.
No podía cambiar nada.
Porque el dolor seguía ahí.
Porque la herida seguía abierta.
Porque había cosas que jamás olvidaría.
David fue el primero en romper la distancia.
Entró rápidamente.
Cerró la puerta detrás de él.
Y en menos de unos segundos ya estaba junto a mi cama.
—Camila, mi amor...
Su voz se quebró.
Y antes de que pudiera reaccionar me abrazó.
Con fuerza.
Como si tuviera miedo de que desapareciera.
Como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.
Sentí sus brazos rodeándome.
Su respiración agitada.
Y por un instante regresaron demasiados recuerdos.
Demasiados.
Años enteros de mi vida.
Pero me obligué a mantenerme firme.
—David...
Él tomó mi rostro entre sus manos.
Sus ojos estaban brillantes.
Llenos de lágrimas.
—Estás bien. Dios mío... Estás bien.
—David...
—Pensé que...
Su voz volvió a romperse.
—Pensé que te había pasado algo grave. No sabes cómo llegué aquí, cuando me llamaron... Cuando escuché que habías tenido un accidente, sentí que me moría.
Yo aparté lentamente sus manos.
Con suavidad.
Pero con firmeza.
Y eso pareció detenerlo.
—Necesito que me escuches.
Él asintió inmediatamente.
—Sí, claro, lo que quieras y después tú me escuchas a mí.
David volvió a asentir.
Se sentó junto a la cama.
Sin apartar la vista de mí.
Como si temiera que volviera a desaparecer.
Y entonces comenzó.
—Camila, por favor necesito explicarte lo que pasó porque no es como crees. Nunca fue como crees. Yo jamás...
—David.
Lo interrumpí.
—No quiero escuchar ninguna explicación.
Su rostro se descompuso.
Literalmente.
Como si aquellas palabras le hubieran dolido físicamente.
—Camila...
—No, no quiero, no ahora, no hoy, no aquí.
—Pero tienes que entender...
—No.
Mi voz sonó más firme.
—No necesito entender nada.
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Doloroso.
Incómodo.
David bajó la mirada unos segundos.
Y después volvió a levantarla.
—Entonces dime qué querías decirme.
Miré mis manos.
Porque incluso después de todo seguía siendo difícil pronunciarlo.
Seguía siendo algo enorme.
Algo que cambiaría nuestras vidas para siempre.
Tomé aire lentamente.
Y apoyé una mano sobre mi vientre.
David siguió el movimiento.
Y por primera vez desde que entró realmente pareció verlo.
Realmente verlo.
Su mirada bajó.
Y se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Y el color desapareció de su rostro.
—Camila...
Susurró.
No respondí.
Simplemente seguí acariciando mi barriga.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No...
Su voz apenas salió.
—¿Estás...?
Asentí.
Lentamente.
—Sí.
Durante varios segundos David dejó de respirar.
O al menos eso pareció.
Porque permaneció completamente quieto.
Sin moverse.
Sin hablar.
Sin pestañear.
Solo mirando mi vientre.
—¿Es mío?
La pregunta salió rota.
Desesperada.
Incrédula.
Y aquello me dolió más de lo que esperaba.
Porque jamás habría duda sobre eso.
—Claro que sí.
Sus lágrimas comenzaron a caer inmediatamente.
Una tras otra.
Sin control.
—Dios mío...
Se cubrió el rostro unos segundos.
Y cuando volvió a mirarme estaba llorando.
Abiertamente.
Sin intentar ocultarlo.
—Dios mío. Camila...
—David...
—Voy a ser papá.
Su voz temblaba.
—Voy a ser papá.
Sentí cómo algo se apretaba dentro de mi pecho.
Porque esa reacción era exactamente la que había imaginado meses atrás.
Cuando todavía éramos felices.
Cuando todavía planeábamos una boda.
Cuando todavía imaginábamos una familia.
—Son gemelos.
Susurré.
David soltó una especie de risa ahogada entre lágrimas.
Y volvió a llorar.
—¿Gemelos?
Asentí.
Y entonces ocurrió algo que me rompió el corazón.
Porque vi una felicidad tan pura en su rostro.
Tan absoluta.
Tan sincera.
Que por un segundo me recordó al hombre del que me enamoré.
Al hombre que soñaba con tener hijos.
Al hombre que siempre hablaba de formar una familia.
David apoyó ambas manos sobre su cabeza.
Todavía llorando.
Todavía riendo.
Completamente sobrepasado por la emoción.
—Dios mío... Gemelos. Nosotros... vamos a tener gemelos.
Después me miró.
Y sonrió.
Una sonrisa enorme.
Llena de lágrimas.