Si el Destino Lo Quiere

11

A la mañana siguiente me despertó el sonido de una enfermera acomodando algunas cosas cerca de mi cama.

Abrí los ojos lentamente.

Durante unos segundos no recordé dónde estaba.

Hasta que vi las paredes blancas.

Los monitores.

La vía conectada a mi brazo.

Y mi enorme barriga elevándose bajo las sábanas.

Entonces todo volvió de golpe.

El accidente.

Mis padres.

David.

Fran.

Los bebés.

Suspiré lentamente.

Y llevé una mano a mi vientre.

—Buenos días.

Murmuré.

Uno de ellos se movió apenas.

Lo suficiente para arrancarme una sonrisa.

La puerta se abrió unos minutos después.

Y aparecieron mis padres.

Mi mamá cargaba una bolsa enorme.

Mi papá dos cafés.

—Buenos días.

Saludó mi mamá acercándose.

—¿Dormiste bien?

—Más o menos, estos pequeños bailan por las noches.

—Eso ya es una victoria.

Respondió ella.

Mi padre besó mi frente.

Y luego observó mi barriga como si todavía intentara acostumbrarse.

Cada vez que lo hacía me daban ganas de reír.

Porque parecía seguir sorprendiéndose.

Como si temiera despertar y descubrir que todo había sido un sueño.

—¿Y los bebés?

Preguntó.

—Siguen ahí.

Respondí divertida.

—Me alegra escucharlo.

Mi mamá soltó una carcajada.

—Daniel, son bebés, no una promoción temporal.

—Nunca se sabe.

Todos reímos.

Y por unos momentos se sintió casi normal.

Como si estuviéramos desayunando en casa.

Como si no estuviera internada en una clínica.

Como si mi vida no hubiera explotado en mil pedazos meses atrás.

Apenas unos minutos después apareció Fran.

Entró con cuidado.

Pero apenas me vio sonrió.

Y esa sonrisa automáticamente hizo que me sintiera un poco más tranquila.

—Buenos días.

—Hola.

Respondí.

—¿Cómo amaneciste?

—Con sueño.

—Perfecto, eso significa que estás descansando.

Mi madre lo saludó con cariño.

Y mi padre también.

Algo que todavía me sorprendía.

Porque apenas llevaban un día conociéndolo.

Pero Fran tenía esa capacidad extraña de caer bien rápidamente.

Era atento, respetuoso y siempre parecía preocupado por todos menos por él mismo.

—¿Cómo están mis sobrinos favoritos?

Preguntó acercándose a mi cama.

—Ni siquiera han nacido.

—Y aun así son mis favoritos.

Mi mamá sonrió.

Yo rodé los ojos.

Y Fran apoyó una mano sobre mi barriga.

Con cuidado.

Como siempre hacía.

—Compórtense.

Le dijo a los bebés.

—Su mamá ya me da suficientes dolores de cabeza.

—Oye.

Protesté.

—Estoy hablando con ellos. No contigo.

Todos volvieron a reír.

Y por unos segundos olvidé lo complicada que era toda aquella situación.

Hasta que llegó el desayuno.

Una enfermera entró empujando una bandeja.

La dejó frente a mí.

Y cuando vi el contenido casi se me quitaron las ganas de vivir.

Avena.

Pan integral.

Una gelatina sin sabor.

Algo que parecía huevo.

Y una fruta que ni siquiera identifiqué.

Me quedé observando aquello.

Sin emoción alguna.

Mi mamá también.

—Bueno...

Dijo intentando ser amable.

—Se ve saludable.

—También se ve triste.

Respondí.

Fran soltó una carcajada.

—Eso fue muy específico.

—Porque es verdad.

Esa avena parece deprimida.

Mi papá intentó no reírse.

No lo logró.

—Camila.

—¿Qué?

—Tienes que comer.

—Lo sé pero no quiero eso.

Miré nuevamente la bandeja.

Y mi estómago decidió expresar su opinión.

Porque automáticamente sentí náuseas.

—No puedo.

Murmuré.

La enfermera sonrió con paciencia.

—Intente al menos un poco.

Asentí.

Aunque sabía perfectamente que no iba a hacerlo.

Y fue exactamente en ese momento cuando la puerta volvió a abrirse.

Todos levantamos la vista.

Y apareció David.

Llevaba varias bolsas.

Muchas bolsas.

Demasiadas bolsas.

Mi mamá arqueó una ceja.

Mi papá también.

Fran simplemente observó en silencio.

David caminó hasta la habitación.

Y dejó todo sobre una mesa cercana.

—Buenos días.

Saludó.

Yo no respondí inmediatamente.

Porque mi atención estaba puesta en las bolsas.

Y en el aroma.

Dios mío.

El aroma.

Mantequilla.

Pan recién horneado.

Chocolate.

Fresas.

Cítricos.

Mi estómago prácticamente despertó de entre los muertos.

David comenzó a sacar cosas.

Una tras otra.

Tostadas con mantequilla.

Mermelada.

Pan dulce.

Croissants rellenos de chocolate.

Croissants rellenos de queso.

Jugo de naranja.

Jugo de piña.

Fresas picadas.

Crema.

Algunos toppings.

Y otras cosas que ni siquiera alcancé a identificar.

Mi boca comenzó a hacerse agua instantáneamente.

Pero me obligué a permanecer seria.

Muy seria.

Como si nada de aquello me interesara.

Como si no estuviera muriéndome por probarlo.

David pareció darse cuenta.

Porque una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Pero no dijo nada.

Simplemente acomodó todo junto a la bandeja del hospital.

Y dio un paso atrás.

—Traje algunas cosas. por si no te gustaba el desayuno.

Fran soltó una pequeña risa.

—Algunas.

Repitió.

Mirando la montaña de comida.

—Sí, algunas.

Respondió David.

Yo seguía intentando actuar con dignidad.

Aunque claramente estaba perdiendo la batalla.

Porque mis ojos no dejaban de volver a las fresas.

A los croissants.

Al pan dulce.

Al jugo.

A todo.

Mi mamá me observó.

Y luego observó la comida.



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#29 en Joven Adulto

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 06.08.2026

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