Si el Destino Lo Quiere

12

Poco a poco la habitación volvió a quedarse vacía.

Primero se fueron mis padres.

Mi mamá insistió al menos cinco veces en que llamara si necesitaba cualquier cosa.

Cualquier cosa.

No importaba la hora.

No importaba si era para pedir ayuda o simplemente porque me sentía triste.

Mi papá fue un poco más discreto.

Pero antes de salir me besó la frente y me dijo que ya habían preparado la habitación del primer piso para mí.

Eso me hizo sonreír.

Porque sabía exactamente cuánto trabajo implicaba aquello.

Mis padres llevaban años utilizando esa habitación como oficina y cuarto de almacenamiento.

Y en menos de veinticuatro horas la habían vaciado completamente.

Solo para mí.

Solo para que no tuviera que subir escaleras.

Solo para que estuviera cómoda.

Después se fue Alejandra.

No sin antes besar mi barriga varias veces.

Hablarle a los bebés.

Y amenazar a David nuevamente.

—No arruines esto otra vez.

Le dijo antes de marcharse.

—Mamá...

—Lo digo en serio.

David solo levantó las manos en señal de rendición.

Y ella terminó yéndose.

Sonriendo.

Llorando.

Y hablando sobre cunas, pañales y ropa de bebé.

Por primera vez en mucho tiempo la vi genuinamente feliz.

Jared también se había marchado horas antes.

Fran no había podido aparecer durante el día.

Tenía varias reuniones importantes y algunos casos urgentes que atender.

Y Sandra seguía en España visitando a su madre.

Así que cuando finalmente terminó el horario de visitas...

Solo quedó David.

Otra vez.

La habitación se sumió en silencio.

Un silencio tranquilo.

Mucho más cómodo que los anteriores.

Yo seguía observando las ecografías.

No podía dejar de hacerlo.

Las tenía apoyadas sobre las piernas.

Y cada pocos minutos volvía a mirarlas.

Como si fueran a desaparecer.

Como si todavía no pudiera creer que realmente existían.

Matteo.

Y Emma.

Mis ojos se humedecieron un poco al pensarlo.

Ya tenían nombre.

Ya tenían identidad.

Ya no eran solamente los bebés.

Ahora eran Matteo y Emma.

Mis hijos.

Nuestros hijos.

—Estás sonriendo.

La voz de David me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista.

—¿Ah sí?

—Sí.

—No me había dado cuenta.

—Llevas como diez minutos mirando esas ecografías.

Miré nuevamente las imágenes.

—Todavía no me lo creo.

David sonrió.

—Yo tampoco.

Guardó silencio unos segundos.

—Matteo y Emma.

Sus nombres sonaban diferentes cuando él los decía.

Porque sabía perfectamente de dónde venían.

De conversaciones antiguas.

De sueños.

De planes.

De noches enteras imaginando un futuro que parecía imposible.

—Siempre fueron mis favoritos.

Confesó.

—Los míos también.

David sonrió.

Y por unos segundos ninguno dijo nada.

Solo observamos las imágenes.

Intentando procesar la realidad.

Hasta que mi mente empezó a correr mucho más rápido de lo normal.

—Necesito comprar cosas.

Murmuré.

—¿Qué?

—Muchas cosas.

David soltó una pequeña carcajada.

—Camila...

—Lo digo en serio.

—¿Qué cosas?

—Todo. Cunas, ropa, mantas, pañales, juguetes, decoración...

David parecía divertirse con mi repentino estado de ansiedad.

—Todavía faltan varios meses.

—Lo sé.

—Muchos meses.

—Lo sé.

—Entonces relájate.

—No puedo.

Eso lo hizo reír otra vez.

Y a mí también.

Porque era verdad.

Ya estaba imaginando habitaciones.

Colores.

Muebles.

Cortinas.

Peluches.

Todo.

Absolutamente todo.

Mi mamá ya había dicho que prepararía una habitación para ellos en su casa.

Y honestamente aquello me emocionaba.

Mucho.

Porque significaba que tendrían una familia enorme alrededor.

Abuelos.

Tíos.

Primos.

Todos.

—Mi mamá ya está planeando una habitación para ellos.

Comenté.

—La mía también.

Respondió David.

—No me sorprende.

—Ya empezó a comprar cosas.

—¿Qué?

—Lo juro.

Puse una mano sobre mi rostro.

—Ni siquiera han nacido.

—Intenta explicárselo.

Eso me arrancó otra sonrisa.

Pero inevitablemente la conversación terminó llegando a un tema que ya conocía demasiado bien.

—Sigues pudiendo quedarte en casa.

Suspiré inmediatamente.

—David...

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

—Tendrías más espacio.

—David.

—Escúchame.

Me acomodé mejor en la cama.

Porque claramente no iba a rendirse.

—Lourdes puede ayudarte con todo, la comida, la limpieza, lo que necesites. Ni siquiera tendrías que preocuparte por cocinar. Además podemos mover la habitación principal al primer piso o usar el cuarto que está junto a mi oficina, tiene baño privado, es amplio y...

—David.

Lo interrumpí.

—¿Qué?

—Sigo prefiriendo ir a casa de mis padres.

Su sonrisa desapareció un poco.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

David soltó un suspiro.

—Camila...

—No quiero volver allí.

—Podemos hacer cambios.

—No es eso.

—Entonces qué es.

Lo miré directamente.

—Es que todavía duele.

Su expresión se suavizó inmediatamente.

Y por primera vez dejó de insistir unos segundos.

—Lo sé.

Murmuró.

—No, no lo sabes. Porque tú no entraste a esa casa sintiendo que todo tu futuro se había roto. Tú no te fuiste de allí pensando que jamás volverías, no tuviste que escapar.

David bajó la mirada.

Y durante unos segundos pareció no encontrar palabras.

—Tienes razón.

Dijo finalmente.

—No lo sé.



#1374 en Novela romántica
#29 en Joven Adulto

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 06.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.