Si el Destino Lo Quiere

28

Los días siguientes pasaron más rápido de lo que esperaba.

Y aunque no volvimos a hablar demasiado del viaje, Japón seguía presente en algún rincón de mi cabeza.

David, en cambio, parecía haber encontrado una manera de hacer que el tema no interfiriera con nuestra rutina.

O al menos eso intentaba.

Después del desayuno, seguíamos con los bebés.

Los cambiábamos.

Los bañábamos.

Los alimentábamos.

Los entreteníamos durante los pequeños períodos en los que estaban despiertos.

Y cuando finalmente Emma y Matteo se quedaban dormidos después de una toma, David solía quedarse unos minutos conmigo.

A veces se sentaba en el sofá.

Otras veces se quedaba acostado a mi lado.

Hasta que, en algún momento, miraba hacia el monitor.

—Están profundamente dormidos.

Decía.

—Sí.

—Voy a avanzar un rato.

Al principio pensé que se refería a revisar un par de cosas desde su computadora en la misma habitación.

Pero al día siguiente lo vi levantarse.

—¿Adónde vas?

—A la oficina.

—¿Ahora?

—Solo un rato.

Me señaló el pequeño walkie-talkie que llevaba en la mano.

—Lo llevo conmigo.

Lo miré.

—¿Vas a trabajar mientras ellos duermen?

—Unas horas.

Se inclinó y me dio un beso.

—No quiero dejar acumuladas las cosas de la empresa antes del viaje.

—Tiene sentido.

Y aunque sonreí, cuando lo vi salir de la habitación sentí algo extraño.

No era molestia.

Tampoco enojo.

Era simplemente raro.

Hasta hacía unos días, cuando los bebés se dormían, David aprovechaba ese momento para quedarse conmigo.

Ahora estaba en su oficina y con asuntos de la empresa que resolver.

Supuse que era normal.

De hecho, probablemente era bueno que estuviera retomando algunas de sus responsabilidades.

Pero no pude evitar quedarme mirando la puerta unos segundos después de que se cerrara.

Luego volví a mirar a los bebés.

Y seguí con mi día.

No dije nada.

No quería convertir algo normal en un problema.

Además, yo también tenía demasiadas cosas en la cabeza.

El viaje.

Japón.

El vuelo.

Los bebés.

Nuestra relación.

Todo.

David no se iba durante todo el día.

Eso era importante.

Trabajaba unas horas y después regresaba.

Y tenía una regla muy clara.

El walkie-talkie siempre estaba encendido.

La primera vez que Emma hizo un pequeño sonido mientras él estaba abajo, lo escuché inmediatamente.

—David.

Antes de que pudiera terminar de decir su nombre, el walkie-talkie respondió.

—¿Se despertó?

—Creo que sí.

No habían pasado ni treinta segundos cuando apareció por la puerta.

—¿Qué pasó?

—Nada. Solo empezó a moverse.

David se acercó al colecho.

—Hola, princesa.

La tomó en brazos y ella dejó de quejarse casi inmediatamente.

Lo observé.

Era increíble la rapidez con la que había aprendido a reconocer cada sonido de ellos.

Un pequeño llanto.

Un movimiento.

Un quejido.

Incluso la manera en que respiraban cuando estaban incómodos.

Y aunque yo seguía sintiendo extraño verlo pasar algunas horas encerrado en su oficina, no podía decir que estuviera ausente.

Estaba allí.

Siempre.

Quizá solo estaba intentando encontrar nuevamente un equilibrio entre ser padre, ser mi pareja y ser también el hombre que tenía responsabilidades fuera de nuestra casa.

Yo, mientras tanto, seguía pensando en Japón.

Hasta que un día decidí hablar con mi mamá. Estábamos en una videollamada cuando saque el tema

Emma y Matteo dormían en sus colechos después de haber comido y yo aprovechaba para tomar algo mientras Lourdes ordenaba unas cosas.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

Me apoyé contra la encimera.

—David tiene que viajar a Japón.

Mi mamá levantó las cejas.

—¿Japón?

—Sí.

—¿Por trabajo?

—Sí. Una negociación con inversionistas.

—¿Cuánto tiempo?

—Once días.

Su expresión cambió.

—¿Y tú vas con él?

Bajé la mirada.

—No sé.

—¿Por qué?

—Porque él quiere que vayamos los cuatro.

Mi mamá guardó silencio unos segundos.

—Cami...

—Ya sé lo que vas a decir.

—No, no sabes.

—Que los bebés son muy pequeños.

—Eso sí.

Sonrió apenas.

—Pero no solamente por ellos.

—¿Entonces?

—Por ti.

Fruncí el ceño.

—¿Por mí?

—Sí.

—Un viaje así no es solamente subirte a un avión y llegar a otro país.

Asentí lentamente.

—Lo sé.

—Son casi dieciocho horas de vuelo, dependiendo de las conexiones y del trayecto.

—Sí.

—Con dos bebés de tres meses.

Suspiró.

—Cami, ¿te imaginas cómo sería?

Me quedé callada.

Sí.

Me lo había imaginado.

Muchas veces.

—Tendríamos que llevar todo.

—Exactamente.

—Pañales, ropa, leche...

—Tú das pecho.

—También.

—Entonces tendrías que estar pendiente de las tomas durante el viaje.

Asentí.

—Y probablemente no dormirías prácticamente nada.

Eso me hizo bajar la mirada.

—Ya duermo poco.

—Pero en tu casa tienes todo controlado.

—Tu cama. Sus colechos. Su baño. La cocina. Lourdes. David. Tu familia.

La escuché.

—Allá no tendrías eso.

—David estaría conmigo.

—Sí.

Me miró directamente.

—Pero David estaría trabajando.

No respondí.

Porque ese era exactamente el punto que más me había estado dando vueltas en la cabeza.

—Los inversionistas lo invitaron a él y a su familia —dije.

—Eso está muy bien.

—Incluso sus padres podían acompañarnos.

—¿Y Alejandra?

—No puede.

—¿Por qué?

—Tiene un viaje programado desde antes.

Mi mamá asintió.



#6358 en Novela romántica

En el texto hay: amor, embarazo, engaños.

Editado: 13.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.