Aquella tarde, después de pasar buena parte de la mañana entre los bebés, una videollamada con David y las pequeñas tareas que se habían acumulado en casa, recibí una llamada de Sandra.
Estaba terminando de cambiarle la ropa a Matteo cuando escuché el teléfono vibrar sobre la cama.
—¿Qué haces? —preguntó apenas contesté.
—Intentando que tu ahijado deje de moverse mientras le pongo el pantalón.
—¿Matteo?
—No, Sandra. El otro bebé que tengo en casa.
Se echó a reír.
—Veo que sigues teniendo el mismo sentido del humor.
—Y tú sigues haciendo preguntas tontas.
—Perfecto. Entonces estás de buen humor. Vístete.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Que te vistas. Vamos a salir.
Miré a Matteo, que acababa de llevarse una mano a la boca, completamente satisfecho con haber conseguido quitarse uno de los calcetines.
—¿Adónde?
—Al centro comercial.
—¿Para qué?
—Para caminar, mirar tiendas, comprar algunas cosas y recordar que existe un mundo fuera de tu casa.
Solté una pequeña risa.
—Sandra, tengo dos bebés de tres meses y medio. No puedo simplemente salir porque sí.
—Claro que puedes. Precisamente por eso te estoy llamando. Podemos ir despacio, llevar la carriola y regresar cuando quieras. Además, llevas demasiado tiempo sin hacer algo por ti.
Me quedé pensativa.
Tenía razón.
Desde que habían nacido Emma y Matteo, mis salidas se habían reducido prácticamente a las consultas médicas, las compras necesarias para ellos y alguna visita familiar. La mayor parte de mis días transcurría entre nuestra habitación, la sala, la cocina y el pequeño gimnasio que había instalado en casa.
No era que estuviera descontenta con mi vida.
Amaba pasar tiempo con mis hijos.
Pero también extrañaba algunas cosas de antes. Caminar sin tener que mirar constantemente el reloj, entrar en una tienda porque algo me había llamado la atención, probarme ropa nueva o sentarme a tomar algo con una amiga sin que la conversación girara exclusivamente alrededor de pañales, tomas y horarios de sueño.
Además, últimamente había estado pensando en renovar parte de mi guardarropa.
La mayoría de mi ropa todavía era de antes del embarazo o de las primeras semanas, cuando me sentía incómoda con mi cuerpo. Había recuperado buena parte de mi peso, pero mis medidas habían cambiado y necesitaba prendas que me quedaran bien, que fueran cómodas y que me hicieran sentir bonita.
—¿Y los bebés? —pregunté.
—Los llevamos. ¿Qué clase de pregunta es esa? No voy a dejarte a tus hijos encerrada en casa para que puedas comprar una blusa.
—No he dicho que vayas a hacerlo.
—Pues entonces deja de buscar excusas.
Sonreí.
—Está bien.
—¿Está bien de verdad?
—Sí, Sandra. Voy contigo.
—¡Por fin!
Me aparté el teléfono de la oreja cuando gritó.
—No tienes que celebrar como si hubiera ganado la lotería.
—Para mí es casi lo mismo. Te recojo en una hora.
—Una hora es muy poco.
—Tienes una hora y quince minutos.
—Qué generosa.
—Te quiero, Cami. Nos vemos pronto.
Y colgó antes de que pudiera responder.
Miré el teléfono, negando con la cabeza, y después observé a Matteo.
—Parece que hoy vamos a salir, cariño.
Él agitó las piernas.
—Espero que te guste comprar, porque tu tía Sandra no sabe hacer otra cosa cuando entra en un centro comercial.
Emma, que dormía en su colecho, ni siquiera se inmutó.
Me quedaba una hora para organizarlo todo.
Y, por primera vez en bastante tiempo, me descubrí sonriendo mientras preparaba la pañalera.
Lourdes me ayudó a dejar todo listo.
Preparamos suficientes pañales, toallitas húmedas, mudas de ropa, baberos y todo lo que podía necesitar durante unas horas. También guardé una manta ligera y algunas cosas para entretener a los bebés si se cansaban de estar acostados en la carriola.
Como seguía dando el pecho exclusivamente, no necesitaba preparar biberones para alimentarlos, aunque sí llevé todo lo necesario para sentirme cómoda si tenía que darles de comer fuera de casa.
También metí mi cartera en el bolso grande que utilizaba para llevar las cosas de los bebés. Allí guardaba mis documentos, el teléfono, las llaves y algunas otras pertenencias.
Me puse unos pantalones cómodos, una blusa clara y unas zapatillas. Dejé el cabello suelto y me maquillé ligeramente.
Cuando me miré al espejo, me quedé unos segundos contemplándome.
No era exactamente la mujer que había sido antes del embarazo.
Pero tampoco tenía que serlo.
Había cambiado.
Mi cuerpo había cambiado.
Mi vida entera había cambiado.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí obligada a comparar cada detalle con lo que recordaba de antes.
Me gustó lo que vi.
Quizá no de una manera extraordinaria.
Pero sí lo suficiente como para sonreírme a mí misma.
—Está muy bonita, señora.
Dijo Lourdes cuando me vio salir de la habitación.
—Gracias.
—El señor David va a querer regresar enseguida cuando vea las fotos.
Me reí.
—No le des ideas. Ya está bastante dramático con el viaje.
—¿Ya llamó hoy?
—Esta mañana.
—¿Y cómo está?
Miré a los bebés, acomodados en la carriola.
—Cansado. Pero bien.
—Lo extraña mucho.
Sonreí con cierta vergüenza.
—Sí.
No tenía sentido negarlo.
Lo extrañaba.
Más de lo que había imaginado que lo haría.
Pero tampoco quería pasar los once días encerrada en casa, esperando cada llamada suya y contando las horas hasta que regresara. Tenía que encontrar una manera de disfrutar de aquellos días, cuidar de los bebés y seguir con mi vida.
Y salir con Sandra me parecía un buen comienzo.
Cuando ella llegó, apenas abrió la puerta y me vio, sonrió de oreja a oreja.
—¡Mírate!
—¿Qué?