Si el destino nos encuentra

1. ENCUENTRO

  1. ENCUENTRO

—¡Andrea, ya levántate! —Revisé el celular. Eran las 5:20 a. m. ¡Dios mío, ¡qué temprano! Me estiré lentamente, fingiendo que me levantaba, y me volví a acurrucar entre mis sábanas, buscando unos minutos más de calor.

—¡Andrea! —insistió papá, esta vez con un tono más fuerte.

—¡Yaaa! —respondí con pereza, encendiendo la luz. Mamá seguía acostada; es igualita a mí. Mi hermano mayor, Paúl, ya estaba listo. Nos íbamos de viaje, y papá tenía esa costumbre insoportable de madrugar. Todos lo odiábamos en secreto.

Arrastré los pies hacia el baño para cepillarme los dientes, aún medio dormida. Paúl ya encendía el auto y mamá estaba en el espejo peinándose. Yo no tenía idea de qué ponerme; ninguna de las dos habíamos lavado nuestros jeans y, sinceramente, no soporto los leggins. Finalmente, elegí un enterizo: parte baja negra, cinturón rojo, y la parte superior blanca con flores negras. Me solté el cabello, me maquillé un poco y, al verme en el espejo, pensé: bien chula. Tomé mis audífonos y me acomodé en el asiento trasero del auto.

Solo quería dormir. Mamá hablaba y hablaba sobre una actriz que le gustaba, pero yo apenas la escuchaba. El sueño me vencía. Me puse los audífonos y sonó mi canción favorita: "Mi última canción de amor", un rap que me hace reír por lo absurdo y directo de su letra:

"Cada que tú querías me tenías como tú querías. Cuando decías, y si no, pues ya me las vería. Y a veces pienso que mi estupidez no era normal, que me caí cuando era pequeño, me picó algún animal..."

No terminé de escucharla. Papá me sacó de ese letargo:

—¡Andrea, ya levántate! Acabamos de llegar.

Abrí los ojos y miré alrededor. Estábamos frente a la casa de mi abuela. Salí corriendo del auto al verla asomarse por la puerta. La había extrañado tanto. Pero justo cuando creí que la alcanzaría para abrazarla, todo se volvió blanco y caí al suelo.

—¡Andrea! ¡Andrea! —escuchaba en eco. Mis ojos se abrían poco a poco. La luz me cegaba.

—¡Discúlpame, por favor, fue sin querer! —dijo una voz desconocida.

Con ayuda de mamá, me incorporé con cuidado. Papá ya estaba adentro. No es de los que se preocupan mucho. Paúl, en cambio, se reía casi hasta llorar.

—¿Qué pasó? —pregunté al aire.

—Te dieron un balonazo —respondió mamá.

Y sí, el dolor en la cabeza empezaba a confirmarlo.

—¡Discúlpame de verdad! —volvió a decir esa voz.

Abrí bien los ojos y lo vi. El "culpable" era un chico de mi edad, tal vez un poco mayor. Más alto que yo —aunque, a decir verdad, con mi 1.52 cualquiera lo es—, ojos cafés claro, delgado, pero bien formado, cabello rebelde y una expresión sincera de preocupación.

—Descuida —le dije algo desconcertada. Me ayudó a ponerme de pie, mientras Paúl seguía riéndose como si fuera lo más divertido del mundo.

—¡Ya basta, Paúl! —le lancé una mirada asesina. Él, tapándose la boca, seguía muerto de risa.

—Ya entremos —dijo mamá. Mi abuelita lloraba creyendo que había sido algo grave. ¡Ay, mi viejita hermosa! Me acerqué a abrazarla.

—Ya no llores, mamita —le dije con cariño.

—Ay, mi niña, ¿ya estás bien?

—Sí, mami, no te preocupes —dije, y giré sobre mí misma para demostrarle que estaba bien.

Pasaron las horas. Todos reían y hablaban. Yo solo escuchaba, aun dándole vueltas al momento del balonazo y a la mirada de aquel chico.

—Andrea, ve a la tienda a comprar lo del almuerzo —me pidió mamá.

"Qué buen viaje", pensé con ironía. Atacada por un balón y ya encomendándome tareas.... Salí de casa caminando sin prisa, reflexionando sobre las dos semanas que pasaríamos allí. Quería relajarme, disfrutar de las vacaciones.

De pronto:

—¡Cuidado! —gritó alguien. Por reflejo, esquivé justo a tiempo otro balonazo.

—¡¿Qué te pasa, idiota?! ¿Cada vez que me veas vas a lanzarme un balón? —grité furiosa, al ver que era él otra vez.

Se acercó riéndose un poco y recogió el balón. Alzó la mirada, y su sonrisa me desarmó por dentro. No quería admitirlo, pero esa sonrisa tenía algo...

—Vaya, eres linda incluso cuando estás enojada —dijo con un tono entre coqueto y bromista—. Parece que el destino quiere que tengamos estos... encuentros inesperados.

—¿Ah? —respondí, alzando una ceja—. ¿Encuentros? ¿Te parece que golpearme con una pelota es algo romántico?

—Bueno... —se encogió de hombros—. No fue intencional. Estoy jugando con mis amigos. No es mi culpa si tú tienes imán para los balones —añadió con sarcasmo.

—¡Ah, claro! —reí forzadamente—. Ahora resulta que es mi culpa. ¿En serio?

Él asintió con una sonrisa encantadora. Yo lo fulminé con la mirada, pero ya no con tanto enojo.

—Mira, empecemos de nuevo... Me llamo Lucas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.