Estiró su mano, invitándome a hacer lo mismo. Lo observé, su brazo extendido mientras me miraba con esa expresión paciente, como esperando una respuesta que aún no sabía si darle.
—No me interesa —respondí al fin, y seguí caminando para hacer las compras que me habían encargado. Ya había perdido demasiado tiempo.
—Odiosa —murmuró, apenas audible, pero no le presté atención.
Llegué al supermercado y compré lo necesario.
—Doce dólares con quince centavos —dijo el cajero, quien no estaba nada mal. Mientras él organizaba las compras, lo observé detenidamente: cabello castaño claro, largo, recogido en una coleta con algunos mechones rebeldes cayendo sobre su frente; ojos grandes, color miel; cejas definidas; piel canela y una estatura de aproximadamente metro sesenta. Me regaló una sonrisa hermosa cuando notó que lo observaba. Sentí un ligero rubor y esbocé una tímida sonrisa.
—¿No eres de por aquí? —preguntó de repente. Su pregunta me tomó por sorpresa, pero me alegraba que quisiera conversar conmigo.
—No... bueno, sí —me enredé en mis palabras. Él sonrió de nuevo—. ¿Sí o no? —insistió.
—Sí, soy de San Lázaro —contesté mientras buscaba el dinero en mi cartera, o mejor dicho, en la cartera de mis padres—. Vengo aquí solo de vez en cuando, en mis vacaciones. ¿Y tú? ¿No trabajabas aquí antes?
—No, soy de Veranda, pero mis padres también son de acá. Como ya terminé el semestre en la universidad, vine a buscar un trabajo temporal para ahorrar... y luego gastarlo —dijo con una sonrisa.
Cancelé la compra y le dije adiós.
—Espero volver a verte pronto —me dijo con sinceridad.
Solo asentí, con el corazón un poco más acelerado.
Con las bolsas en mano y el celular sonando, estaba hecha un lío.
—Guapa, estamos jugando fútbol, no atraigas el balón —gritó un chico, y entonces... ¿cómo se llamaba? Ah, sí, Lucas.
—¡Oye, linda! —demasiado tarde, el balón rodó hacia mis pies y me hizo tropezar, cayendo al suelo.
Tomates aplastados, huevos rotos, leche derramada... ¿Qué le diré a mamá?
—Te ayudo —dijo Lucas, con una sonrisa cómplice.
—No, gracias —respondí mientras me levantaba, y él sonria burlandose.
—Vaya, para ser tan guapa, eres bastante despistada —escuché decir.
Lo amenacé con la mirada, matándolo en mi mente una y otra vez. Él se agachó y empezó a recoger lo que quedaba de las compras.
—Esta vez no fue culpa mía —dijo, levantando las manos en señal de inocencia—. Deberías fijarte más por dónde caminas.
Omití su comentario y me dirigí rápidamente a la casa de la abuela, sin voltear a verlo, aunque sabía que se seguía riendo.
—¡Andrea, por Dios! ¿Qué pasó? —preguntó mamá, preocupada al verme manchada de tomates.
—Me caí —contesté con enojo.
Paúl, que no perdía oportunidad para reírse, no fue la excepción.
—Te traigo una bacinica —solté con sarcasmo, pero él seguía riendo sin parar.
—Lo siento mucho, abu, no me di cuenta por dónde caminaba.
—Tranquila, cariño —respondió ella con una sonrisa—, solo son cosas que se echaron a perder. Lo importante es que estés bien.
No cambiaría el amor de mi abuela por nada.
—Vete a bañar —dijo papá, aguantándose la risa. Padre e hijo tenían que ser iguales.
El baño era uno de mis lugares favoritos de la casa de la abuela. Allí el tiempo parecía transcurrir más despacio.
La tina descansaba junto a una amplia ventana de cristal que permitía mirar hacia afuera, pero impedía que alguien pudiera ver desde el exterior. Desde allí se extendía el paisaje que tantas veces había guardado en mi memoria: el campo interminable, el verde profundo de los árboles, los caminos de tierra y el cielo inmenso del pequeño pueblo donde había pasado gran parte de mi infancia.
De niña, junto al vecino de al lado y a su hermano menor, solía trepar los árboles de mango hasta que la abuela nos regañaba por regresar llenos de tierra y raspaduras. Él siempre subía más alto que todos. Yo fingía molestia cuando me llamaba cobarde, aunque en realidad me gustaba seguirlo. Era un poco mayor que yo y, aunque jamás lo admití en voz alta, fue mi primer amor infantil.
¿Qué habría sido de él?
Me hundí un poco más en el agua caliente y apoyé la cabeza en el borde de la tina. En mi celular sonaba "Where Have You Been" de Rihanna. Cerré los ojos, dejando que la música llenara el silencio de la tarde.
Hasta que un estruendo hizo explotar mi tranquilidad.
—¡Crash!
El cristal de la ventana estalló en mil pedazos.
—¡¿Qué demonios...?!
El corazón me dio un vuelco.
Tomé una toalla a toda velocidad y me cubrí torpemente mientras buscaba con la mirada al responsable.
Una cabeza apareció entre los restos del vidrio.
—¡Aaaah! —grité con todas mis fuerzas.