—¡Andrea, Andrea, ahí te va uno! —me gritaba un niño desde lo alto de un árbol.
—¡Ya lo tengo! —respondí justo después de que me lanzara un mango recién arrancado.
Un llanto ahogado se escuchaba detrás de un arbusto. Me asomé con curiosidad... y ahí estaba: otro niño, un poco parecido al que estaba trepado.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Andrea... abrázame, no te vayas. Quiero decirte que yo...
¡Auch!
La gata de mi abuela, Yury, acababa de aterrizar sobre mi pecho, ronroneando como si no me hubiera interrumpido un sueño importante.
—¿Tan temprano me levantas, eh? —le dije mientras la acariciaba. Miré mi celular. 7:00 AM.
Me levanté para desayunar. La casa estaba vacía. Mis padres se habían ido de regreso a San Lázaro junto con Paúl, y mi abuela había ido al mercado. Lo sabía porque me dejó una nota como siempre: "Te preparé el desayuno, te amo, y espero que tengas un día hermoso." Amo a esa mujer.
Mientras comía mis tostadas, miré a mi alrededor. Qué nostálgico se sentía todo... Esta casa siempre fue un nido de amor entre mis abuelos. Él falleció hace siete años, y aunque mi madre ya no lo menciona mucho, hasta el año pasado la escuchaba hablarle en las noches...
Y ese sueño... juraría que esos dos niños los he visto antes.
—¡Andreaaaaa! —escuché al unísono. Eran Martha y Jessica, mis vecinas. No las veía desde el verano pasado. Apenas giré la perilla de la puerta, Martha ya estaba encima de mí, abrazándome con toda su efusividad. Nunca he sido tan expresiva como ella, pero adoro su forma de ser.
—¿Salimos, Andrea? —preguntó Jess.
—Sí, déjenme cambiarme —respondí.
No me compliqué mucho: sandalias, un jean, camiseta, coleta alta, un poco de base y un labial rosado. Lista.
Fuimos por un helado, hablando de todo y como siempre, terminé embarrándome. Fui al baño a limpiarme, pero me equivoqué.
Entré al baño de hombres.
—Vaya, vaya... —dijo una voz burlona. Era Lucas.
—Como yo entré a tu baño... ¿quieres hacer lo mismo conmigo? —bromeó divertido.
No podía creer que volviera a encontrármelo. Me ruboricé y di la vuelta para irme.
—¡Espera! No salgas... ¿no escuchas que viene alguien?
Se oían pasos y voces aproximándose.
¿Y ahora? ¿Me escondía en un cubículo? ¿Salía y me arriesgaba a que me vieran? No tuve tiempo de pensar. Lucas me tomó del brazo y me metió en uno de los cubículos.
—Cuando lo encontremos, le partimos la madre —dijo una voz desde afuera.
—Busquen en todos los baños —ordenó otra.
Las puertas comenzaron a patearse una por una, hasta que a este idiota se le ocurre abrir la boca:
—Ahg... ahg... —gemía como si estuviera en plena escena de película prohibida.
—¿¡Qué haces!? —le susurré, apretando los puños.
—Shhh, solo sígueme el juego. ¿No escuchaste que, si me encuentran, me matan?
No lo podía creer... pero lo hice. Golpeamos las paredes, rechinamos el inodoro, fingimos... lo que no estábamos haciendo. Funcionó. Los pasos se alejaron.
—¿¡Me explicas qué fue todo eso!? —le solté entre dientes.
—Verás... estaban molestando a un niño. Me metí a defenderlo, y pues, terminé lanzándoles piedras y soltando a mi perro. No soy tan fuerte —dijo levantando su brazo, mostrando su escaso músculo—, así que tuve que improvisar.
—Puedes salir, ya no hay nadie —añadió mientras miraba hacia afuera. Estaba de espaldas y, no lo voy a negar, no se veía nada mal.
—Adiós. Espero no volver a verte —dije, apartándolo de la puerta.
—Yo no espero lo mismo —respondió con una sonrisa traviesa—. A mí sí me encanta cruzarme contigo.
Me guiñó un ojo.
—¿Dónde estabas? —preguntó Martha, alterada—. ¡Estuvimos a punto de llamar a los guardias para buscarte!
—Perdón, chicas... tuve un pequeño "asunto mensual".
Mientras nos reíamos y caminábamos a casa para ver nuestra serie favorita "the walking dead". Escuché:
—¡Agárralo! ¡Corre! ¡Síguelo!
No. Otra vez él.
Miré a todos lados. Izquierda. Derecha. Atrás. Sin escapatoria.
—¡Hola, bonita! ¿Qué tal? —gritó Lucas mientras corría hacia mí, seguido por unos grandulones. Me tomó del brazo, otra vez, y me metió a un callejón.
No sé en qué momento pasó... pero lo hizo. Me besó.
Sus labios eran cálidos, dulces, reconfortantes. El beso duró más de lo esperado. Cuando se separó, yo no quería que lo hiciera. Apoyó su frente contra la mía.
—Gracias por ayudarme de nuevo... con eso los despistamos.
Se alejó, notó a mis amigas con la boca abierta, y con su sonrisa de siempre, las saludó:
—Hola. Me llamo Lucas.