Si el destino nos encuentra

3. ME LLAMO LUCAS

—¡Andrea, Andrea, ahí te va uno! —me gritaba un niño desde lo alto de un árbol.

—¡Ya lo tengo! —respondí, levantando los brazos justo cuando un mango recién arrancado cayó en mis manos.

El sol de verano atravesaba las hojas y el aire olía a tierra húmeda y fruta madura. Reíamos. El niño seguía trepado entre las ramas, ágil como un mono, mientras otro, más pequeño, permanecía sentado detrás de un arbusto.

Entonces escuché un sollozo.

Me acerqué con curiosidad.

Era otro niño. Tenía algunos rasgos parecidos al que estaba sobre el árbol, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Qué pasa? —pregunté, agachándome frente a él.

El pequeño levantó la mirada.

—Andrea... abrázame. No te vayas. Quiero decirte que yo...

—¡Auch!

Algo pesado aterrizó sobre mi pecho.

Abrí los ojos sobresaltada.

—¿Yury?

La gata de mi abuela me observó con absoluta indiferencia antes de acomodarse sobre mí y comenzar a ronronear como si no acabara de interrumpir el sueño más extraño del mundo.

—¿Tan temprano me levantas, eh? —murmuré mientras acariciaba su pelaje.

Tomé el celular.

Siete de la mañana.

Me incorporé despacio.

La casa estaba en silencio.

Mis padres habían regresado a San Lázaro junto con Paul, y mi abuela ya había salido al mercado. Lo confirmé al encontrar la nota de siempre sobre la mesa.

"Te preparé el desayuno. Te amo y espero que tengas un día hermoso."

Sonreí.

Amaba a esa mujer con todo mi corazón.

Mientras comía tostadas, contemplé la cocina.

Qué nostálgico era aquel lugar.

La casa de mis abuelos siempre había sido un refugio de amor.

Mi abuelo había fallecido hacía siete años y, aunque mamá ya no hablaba tanto de él, hasta el año pasado la había escuchado susurrarle buenas noches cuando creía que nadie la oía.

Y ese sueño...

Juraría haber visto antes a esos dos niños.

—¡Andreaaaaa!

La voz llegó acompañada de golpes en la puerta.

—¡Andrea, abre!

Martha y Jessica.

Apenas giré la perilla, Martha se abalanzó sobre mí.

—¡Te extrañé muchísimo!

Nunca había sido tan expresiva como ella, pero adoraba esa capacidad suya de demostrar cariño sin reservas.

—¿Salimos? —preguntó Jessica.

—Claro. Denme cinco minutos.

No me compliqué mucho: sandalias, un jean, camiseta, coleta alta, un poco de base y un labial rosado. Lista.

Fuimos por helados y terminamos hablando de todo y de nada, poniéndonos al día sobre nuestras vidas.

Y, como siempre, terminé embarrándome.

—Voy al baño —anuncié.

Entré apresurada.

Solo cuando levanté la mirada entendí mi error.

Baño de hombres.

—Vaya, vaya...

Reconocería esa voz en cualquier parte.

Lucas.

Estaba apoyado contra el lavamanos, observándome con una sonrisa burlona.

—Como yo entré a tu baño... ¿quieres hacer lo mismo conmigo? —bromeó divertido.

No podía creer que volviera a encontrármelo. Sentí el calor subir hasta mis mejillas.

—¡Espera! No salgas... ¿no escuchas que viene alguien?

Se oían pasos apresurados y voces cada vez más cercanas.

¿Y ahora qué hacía? ¿Me escondía en un cubículo? ¿Salía corriendo y me arriesgaba a que me vieran salir del baño de hombres?

No tuve tiempo de decidir.

Lucas me tomó de la muñeca y me arrastró hasta el último cubículo.

—Cuando lo encontremos, le partimos la cara —gruñó una voz al otro lado de la puerta.

—Revisen todos los baños —ordenó otra.

Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que estaba segura de que podía escucharse desde afuera.

Las puertas empezaron a abrirse y cerrarse con violencia.

¡Bang!

Una.

¡Bang!

Otra.

Hasta que, de pronto, este idiota abrió la boca.

—Ah... ah... sí...

Lo miré horrorizada.

—¿¡Qué demonios haces!? —susurré entre dientes, apretando los puños.

—Shhh... sígueme el juego —murmuró, acercándose apenas—. ¿No escuchaste? Si me encuentran, me matan.

Lo observé como si hubiera perdido completamente la razón.




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