Martha y Jessica se miraron incrédulas. Luego, como si se hubieran puesto de acuerdo sin decir palabra, sonrieron de lado. Dios... no. Ahora deben pensar que tengo algo con este idiota.
—¡Estoy harta de ti! —grité, dándole un pequeño puñetazo en el hombro. No era fuerza lo que quería transmitir... era rabia. Dolor. Desconcierto. Me sentía usada. Burlada.
—¿Disculpa? ¿Acaso no viste que me venían persiguiendo? —soltó él con su tono burlón de siempre.
—No me interesa. No me interesa nada que tenga que ver contigo. ¡No te conozco y no quiero hacerlo! Deja de meterme en tus líos. Me vale un carajo si te persiguen o si el mundo se te cae encima, pero a mí... a mí déjame en paz.
Me giré y caminé directo a casa. Las chicas venían detrás de mí, sin decir palabra. Ellas no entendían nada. La verdad, yo tampoco.
¿¡Qué le pasa a este imbécil!? ¿Y si tuviera novio? ¡No piensa en eso! Bueno... no lo tengo. Pero eso no importa, ¡debería pensarlo! Menudo idiota.
—¡Andrea, espera! —me llamó Jessica—. No sabemos qué está pasando. ¿Nos puedes explicar?
No respondí.
—¡Andrea! —intervino Martha—. Si no nos quieres contar, está bien... pero no te pongas así.
Entré a casa sin mirarlas, subí directo a mi cuarto y me dejé caer en la cama. Ellas venían detrás. No podía contenerme.
Lloré. Lloré como una niña. Ni yo entendía por qué... pero me dolía.
Me dolía tanto.
—¡Lo odio! —grité con la cara enterrada en la almohada.
—Lo sabemos —dijo una de ellas. No supe cuál; mi llanto era más fuerte que sus voces.
—¿¡Quién se cree!? ¿¡Quién se toma la atribución de besarte en la calle como si te conociera de toda la vida!? ¡Es un patán!
—Sí, Andrea. Lo es —murmuró Jessica, acariciando mi espalda.
No vimos la serie, ni hablamos sobre eso. Solo lloré. Lloré tanto que mi abuela se preocupó, y le mentí diciéndole que era un dolor de cabeza. Martha y Jess se despidieron con abrazos largos. Me dejaron sola... con mis pensamientos. Y el vacío.
Tum, tum. Golpes suaves en la ventana.
Me giré. Ahí estaba él. Lucas. El maldito imbécil que me tuvo llorando toda la tarde. Esta vez... me iba a conocer.
Abrí la ventana con fuerza. Lo miré directo a los ojos, lista para escupirle todo.
Pero entonces lo vi.
Tenía el rostro más triste que jamás le había visto en alguien.
Y así, en un segundo, me rompió el corazón otra vez.
Maldito.
Idiota.
—¿Qué quieres? ¿Otro beso? —gruñí.
—No —respondió, con una sonrisa triste que le torcía apenas la boca—. Solo he venido a pedirte disculpas.
—Las disculpas no se piden con la cabeza agachada —le dije mientras tomaba su barbilla y la levantaba hasta que sus ojos se encontraron con los míos.
Mala idea. Qué ojos más hermosos. Maldita sea.
Se soltó rápido, dio un paso atrás.
—Solo era eso. De verdad lo siento. No volveré a meterte en mis problemas. Es más... ni me voy a acercar. Si nos cruzamos por la calle... ni siquiera me mires.
Se giró. Y se fue.
—No puede ser que me hagas esto... —susurré. ¡Lucas!
Debería estar enojada. Terriblemente enojada.
Pero lo que sentía era otra cosa... Era como si fuéramos pareja, y me estuviera dejando.
Volví a llorar. Y lloré toda la maldita noche.