Si el destino nos encuentra

5. NO ME RECUERDA

Lucas

No me reconoce.

Lancé el balón contra el techo de mi habitación y lo atrapé antes de que volviera a caer.

No me reconoce.

Volví a lanzarlo.

¿Qué demonios había pasado?

¿Había cambiado tanto?

Llevé una mano a mi rostro, intentando encontrar en él al niño que ella conoció.

Tal vez era el cabello más largo.

La voz más grave.

La altura.

O quizá el tiempo había hecho su trabajo y yo había dejado de existir en sus recuerdos.

El balón volvió a mis manos.

Quizá era mejor así.

Quizá lo correcto era mantenerme lejos.

No meterla otra vez en problemas.

No volver a arrastrarla conmigo.

Apreté la mandíbula.

Y aun así...

La había buscado apenas regresé al pueblo.

Porque había pasado demasiado tiempo extrañándola.

DÍAS ATRÁS...

—¡Lucas, vamos a jugar pelota! —gritó Alex desde afuera.

Recién había llegado de la ciudad y, aunque fingía que todo estaba bien, llevaba días inquieto.

Necesitaba distraerme.

Y, si tenía suerte...

Quizá la vería.

Me calcé los zapatos deportivos, agarré mi viejo balón y salí de la habitación.

—Regreso más tarde. Iré a jugar fútbol —le avisé a mi abuelo.

—¡Está bien! Pero vienes a almorzar —respondió sin despegar la vista del periódico.

Fuimos a jugar a la vuelta de la esquina, donde mandan las divinas. Es broma, ¡rió tras mi mal chiste al recordarla a ella decir eso!

Entonces, un auto estacionado llamó mi atención.

—¿Es Paul? —me pregunté ¿Y ella? ¿Dónde está ella?

Se bajó del auto. Qué hermosa estaba. ¿Era ella? Necesitaba verla.

Lanzando un balón sin pensar, lo golpeé contra su cabeza.

—¡Perdón! —exclamé, acercándome—. Fue sin querer... Bueno, mentira, siempre me ha gustado molestarla.

No me respondió. Me ignoraba. ¿Por qué?

—Discúlpame, de verdad —insistí, odiando tener que pedir perdón una vez más.

Me miró. Era ella, no cabía duda. Su voz sonaba un poco distinta, la nuestra había cambiado con los años.

Entró a la casa de su abuela. Me quedé con la incertidumbre de si me había reconocido.

MÁS TARDE

—Lucas, ahí viene —Alex me dio un empujón en el hombro.

Levanté la mirada.

Era ella.

Venía caminando con varias bolsas entre los brazos, distraída, con algunos mechones pegados al rostro por el calor del pueblo.

Me quedé observándola unos segundos de más.

—¿Ya habrá visto a Fabián? —pensé—. Él trabaja en el supermercado... ¿la habrá reconocido?

Ella siguió caminando sin mirar hacia nuestra dirección.

Necesitaba llamar su atención.

—Alex, escúchame... yo la distraigo y tú lanzas el balón hacia acá.

—¿Y eso para qué?

—Solo hazlo.

Nunca he sido bueno tomando decisiones cuando Andrea está cerca.

Alex obedeció.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Ella giró al escucharme llamarla, tropezó con la acera y terminó cayendo de bruces.

Las bolsas rodaron por el suelo.

—¡Mierda!

Corrí hacia ella.

—¿Estás bien?

Intenté ayudarla a levantarse, pero apartó mi mano.

Orgullosa.

Terquísima.

Tenía tierra en las mejillas, en la ropa y hasta en el cabello.

Y aun así seguía pareciéndome preciosa.

No aceptó mi ayuda. Definitivamente seguía siendo Andrea.

DESPUÉS

Me quedé rondando la casa de su abuela.

Me quedé rondando cerca de la casa de Nathaly.

No tenía una razón inteligente para hacerlo.

Podría decir que iba de regreso a casa.

Que solo estaba dando un paseo.

Que casualmente pasé por ahí.

Pero la verdad era mucho más simple y ridícula.

Quería verla otra vez.

Escuché el ruido de la bomba de agua funcionando y miré hacia la casa.

Seguramente seguía intentando quitarse toda la tierra que había acumulado gracias a mi brillante idea de llamar su atención.

Suspiré.




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