Si el destino nos encuentra

5. NO ME RECUERDA

Lucas

No me reconoce. No entiendo por qué no me reconoce. ¿Habré cambiado tanto? —pensaba, lanzando el balón hacia el techo con frustración—. Quizá es mejor así... No la meteré en más problemas.

DÍAS ATRÁS...

—¡Lucas, vamos a jugar pelota! —gritó Alex desde afuera de la casa, un amigo de la infancia. Recién llegaba de la ciudad y necesitaba relajarme, vine a ver si la encontraba. Espero tener suerte.

—¡Voy! —le contesté también en grito, me puse mis zapatos deportivos, agarré mi preciado balón y salí de mi habitación.

—Llego más tarde, iré a jugar fútbol —le dije a mi abuelo sin mirarlo.

—¡Dale! Pero pasarás a almorzar —respondió sin apartar la vista de su periódico.

Fuimos a jugar a la vuelta de la esquina, donde mandan las divinas. Es broma, ¡rió tras mi mal chiste al recordarla a ella decir eso!

Entonces, un auto estacionado llamó mi atención.

—¿Es Paul? —me pregunté ¿Y ella? ¿Dónde está ella?

Se bajó del auto. Qué hermosa estaba. ¿Era ella? Necesitaba verla.

Lanzando un balón sin pensar, lo golpeé contra su cabeza.

—¡Perdón! —exclamé, acercándome—. Fue sin querer... Bueno, mentira, siempre me ha gustado molestarla.

No me respondió. Me ignoraba. ¿Por qué?

—Discúlpame, de verdad —insistí, odiando tener que pedir perdón una vez más.

Me miró. Era ella, no cabía duda. Su voz sonaba un poco distinta, la nuestra había cambiado con los años.

Entró a la casa de su abuela. Me quedé con la incertidumbre de si me había reconocido.

MÁS TARDE

—Lucas, ahí viene —me empujó Alex.

Era cierto. Ella venía con bolsas de compras. Seguramente ya había visto a Fabián, mi hermano mayor, que trabaja en el supermercado. ¿La habría reconocido?

Necesitaba llamar su atención.

—Alex, yo la llamo para atraerla y tú lanzas el balón —planeé.

Ella se cayó y me dio lástima. Fui a ayudarla, pero se negó con su clásica actitud orgullosa. Quedó toda embarrada.

DESPUÉS

Esperé afuera de la casa de su abuela. Por la suciedad que tenía, supuse que era ella quien se estaba bañando. Además, el ruido de la bomba de agua lo confirmaba.

Quería verla...

Pero siempre actúo antes de pensar. Maldita sea, rompí su ventana.

Ahora tendría que ir a buscar mi balón y enfrentar su enojo.

—Lo siento, rompí la ventana sin querer —le dije—. No sabía que era el baño.

Claro que lo sabía.

Ella, histérica, empezó a gritar y a lanzarme cosas.

Si mi abuelo se enteraba, la que se armaba era yo.

Me dijo que ese balón era suyo y que se lo quedaría. Me daba rabia que no recordara que me lo había regalado.

La arrinconé contra la pared, su respiración se volvió agitada. Quise besarla, moría por hacerlo. ¿Será virgen? —pensé, sonrojándome por mis propias ideas.

Me apartó y me sacó de mis pensamientos. Nervioso, decidí irme.

—Me voy. Adiós.

Al día siguiente

La seguí desde que salió con sus amigas. La vi entrar y me escondí para observarla.

No, no es obsesión.

Se manchó, como siempre.

Le cambié los muñequitos que identifican los baños, como una pequeña broma.

Entró al baño equivocado. Tras un comentario burlón, mordí mi labio para no reírme. Se veía tan apenada.

Intentó irse, pero la retuve.

En ese instante, unos delincuentes me seguían. Me habían perseguido hasta la heladería. Todo era culpa de Fabián.

La tomé del brazo y nos refugiamos en uno de los baños.

Escuchamos golpes y gritos afuera. Mierda.

—Agh, agh —propuse hacer gemidos para que creyeran que estaba con mi novia.

Buena idea, pensé mientras la tenía frente a mí.

—¿Qué haces? —me preguntó, molesta.

Solo quería salvarnos. Le pedí que me siguiera el juego, sin creer que lo haría.

Golpeó las paredes, hizo rechinar el inodoro, gritó con tal realismo que casi me río.

Después de un rato, los tipos se fueron.

Le dije que podía salir. Me miró fijamente.

¿Me recordaba? Eso esperaba.

Me preguntó por los matones. Mentí, y me creyó un delincuente.

Se fue con cara de odio. Mentira.

Nosotros... bueno, da igual.

Tenía que salir de ahí para no ponerla en peligro.

Caminé a casa, esperando verla pronto.




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