Andrea ha llorado toda la noche.
No sabe cómo explicarlo, ni siquiera a sí misma. Las lágrimas no tienen una razón concreta, solo una acumulación de emociones que se le desbordan cuando la casa queda en silencio y la soledad se vuelve más fuerte que cualquier pensamiento. No entiende por qué lo extraña, ni por qué su corazón se acelera al recordar su voz, su mirada, incluso cuando sabe que todo en él grita problema.
Mientras tanto, Lucas camina como una sombra por las calles de San Lázaro. Ha pasado una semana desde la última vez que cruzaron palabra, aunque se han encontrado de vez en cuando, en la esquina de alguna calle, en la distancia del mercado, o cruzando la plaza central. Y, aun así, él siempre agacha la cabeza, finge no verla o cambia de dirección. Tiene miedo. Sabe que con solo mirarla a los ojos —esos ojos que lo han hechizado desde la infancia— sería capaz de romper todo el orgullo, toda la lógica, y correr a abrazarla como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos.
Ella, por su parte, intenta convencerse de que hizo lo correcto. Que alejarse de él era lo que debía hacer. Pero cada vez que lo ve y él no hace ningún intento por llamarla, por molestarla siquiera con una de sus típicas ocurrencias, algo en su pecho se aprieta. Es como si esperara, sin quererlo, que él volviera a irrumpir en su vida con su torpeza, su sonrisa ladeada, su manera absurda de provocar un desastre solo para verla de cerca.
Ambos cargan con un silencio que pesa más que cualquier palabra. Ninguno sabe qué siente exactamente, pero sí saben que duele.
¿Podrán vivir así el resto de las vacaciones?
Quizá sí.
O quizá no.
Porque el corazón, cuando late tan fuerte, no entiende de decisiones racionales ni de distancias impuestas.
Y hay cosas que ni el tiempo, ni el orgullo, ni el miedo pueden enterrar para siempre.