Si el destino nos encuentra

9. ABUELO

Llegué a casa y vi a Fabián saliendo con el abuelo cargado a la espalda.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, desconcertado, corriendo hacia ellos.

—No lo sé, Lucas. No lo sé... —respondió entre lágrimas, con el rostro descompuesto. Agarra las llaves, tú conduce.

Abrí la puerta trasera del auto, y Fabián acomodó al abuelo con extremo cuidado. Luego corrí al volante. En el camino, mi mente era un torbellino.

El abuelo ya tiene ochenta. Últimamente ha estado delicado... pero verlo así, sin fuerzas, inconsciente, con la cabeza colgando como si el alma se le escapara...

No. No puedo perderlo. Es lo único que nos queda. Es nuestro faro. Las lágrimas bajaban sin pedir permiso.

No puedo perderlo, no ahora, no así.

En diez minutos llegamos a la clínica más cercana. Apenas estacioné, salimos corriendo. Lo ingresaron de inmediato. Fabián y yo nos quedamos esperando. Sentados. En silencio. Mirando al vacío mientras la madrugada se escurría por las rendijas del tiempo.

A las 7:25, un médico apareció. Su cara era tan neutra que dolía. No nos dijo mucho. Que esperáramos. Que volviéramos más tarde. Nos mandó a casa a descansar. Fabián debía irse a trabajar, y yo... yo no era más que un trapo empapado de angustia.

En casa me duché, comí lo justo para engañar al estómago, y dormí. Mi cuerpo me lo exigía. Me vencí.

A las 14:32, el timbre sonó. Me levanté con un peso encima, como si el sueño no hubiera bastado para arrancarme la pena del pecho. Fui a la puerta... y ahí estaba ella.

Andrea.

Como si el universo supiera que solo ella podía calmar este dolor. Me lancé a sus brazos.
Y ella me sostuvo. Sus dedos se deslizaron por mi cabello, justo como solía hacerlo.
La suavidad de su gesto me quebró del todo.

Estuvimos así, abrazados, un largo rato. Hasta que me separé un poco, lo justo para mirarla.

—¿Estás bien? Ayer me dejaste preocupado —dijo en voz baja.

Ella preocupada por mí. Después de todo lo que vivió. Qué ironía.

—No, Andrea... no lo estoy —contesté, con la voz quebrada.

—Ven, entremos —me tomó la mano con firmeza y me condujo al sofá.

Me dejé caer. Me tumbé sobre ella como un niño perdido. Ella seguía acariciando mi cabello, y yo... simplemente me rendí. Dormí.

Cuando desperté, la vi dormida también. Su cabeza reposaba sobre una mano, con el cabello cayéndole sobre el rostro como un velo de tranquilidad. Dios... qué hermosa es.

Mi celular comenzó a sonar. We Don't Talk Anymore llenó la sala. Me incorporé despacio, intentando no despertarla.

—¿Hola? —dije en voz baja.

—¿Estás en la clínica? —la voz de Fabián sonaba apurada.

Mierda.
Se suponía que debía estar allá a las cuatro. Miré el reloj. 5:34.

—No... estoy en casa. Pero ya salgo.

—Avísame si hay novedades.

Colgué. Me vestí a toda prisa: chaqueta negra, llaves, dinero.
Pero lo más difícil venía ahora: decirle a Andrea que debía irme.

Me incliné sobre ella.

—Andrea... —la removí con suavidad.

—¿Hmm? —dijo, restregándose los ojos.

—Disculpa, pero tengo que irme... a la clínica.

—¿A la clínica? ¿Te pasa algo? —preguntó alarmada.

Claro. Nunca le conté lo del abuelo.

—Ayer... o más bien hoy de madrugada, tuve que irme porque mi abuelo está internado. Está delicado de salud.

—Oh, lo siento mucho. ¿Quieres que te acompañe?

Sus ojos decían todo: preocupación sincera.

—¿Y tú abuela?

—La llamo y le aviso. No creo que haya problema.

Se levantó, se arregló el cabello, y al verla tan decidida, no supe qué más decir.

—Está bien —respondí.

Ya en la clínica, entramos juntos a la habitación. El abuelo estaba conectado a tubos, monitores, cosas que no comprendía. Verlo así me desgarraba.

Sentí que las lágrimas me ganaban, pero Andrea colocó su mano sobre mi hombro. Ese gesto, simple pero tan humano, me sostuvo. Nos sentamos en los pequeños sillones al lado de la cama. Y entonces ella, sin avisar, comenzó a hablarle.

—Don... —me miró con duda en los ojos— ¿Cómo se llama?

—Joaquín —respondí sin dejar de mirarla.

—Don Joaquín —dijo, tomándole la mano arrugada con suavidad—, déjeme decirle que tiene un nieto extraordinario. ¿Sabe? Si no hubiera sido por él, tal vez yo no estaría aquí, relatándole esto.

Tragué saliva. Mi corazón se encogió.

—Además de salvarme, suele meterse en problemas donde siempre termino yo también —agregó, lanzándome una mirada fingidamente molesta—. Así que no puede dejarlo todavía. Usted, más que nadie, debe saber lo torpe que es y lo mucho que necesita consejos... sobre todo de amor.




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