Si el destino nos encuentra

10. SU NOMBRE - JOAQUIN

Andrea

Estoy debajo de ese muchacho, con su cuerpo sucio aplastando el mío, su respiración en mi cuello, su fuerza contra mi debilidad. Estoy gritando por dentro, pero afuera no sale nada. Rogando que alguien, que algo, me saque de esta pesadilla.

Y entonces, la puerta estalla. No fue que se abrió... fue como si el mundo gritara por mí.

Era él. Siempre es él.

Lucas. Con los ojos encendidos de furia. El corazón latiéndole en los puños.
No le tembló el alma para lanzarse encima de ese malnacido. Un solo golpe bastó para arrancármelo de encima. Su cuerpo, su presencia, me devolvieron el aire.

Vi a Martha detrás de él, descolocada, sin saber qué hacer. Lucas le gritó que me sacara de ahí. Y ella obedeció.

Yo no quería irme. Yo quería quedarme con él. Ver si estaba bien, si estaba vivo.
Pero estaba tan rota, tan vacía, que ni siquiera pude resistirme.

Llegué a casa y la abuela me abrió la puerta con esa mezcla suya de amor incondicional y preocupación. Martha, hipócrita, dijo que estaba borracha. Y yo, por primera vez, agradecí una mentira.

Era más fácil eso que explicarle que estuve a punto de ser violada. Que no pude defenderme. Que me sentí sola, abandonada... hasta que llegó él.

Le pedí que me dejara sola. Y lo hizo.

Me encerré en el cuarto. Quería saber de Lucas, pero no tenía cómo.
¿Estaría bien? ¿Herido? ¿Iría a buscarlo en la mañana? ¿Y si no lo volvía a ver?

Me senté en la cama abrazando mis rodillas, deseando desaparecer. No podía dormir.
Me sentía sucia, con la piel encendida de miedo y de rabia.

Entonces escuché un sonido en la ventana. Me sobresalté. Mi corazón se aceleró.
Pero cuando lo vi entrar... respiré.

Era él. Otra vez él. Mi ángel sin alas. No estaba lista para hablar. No sabía qué decir. Así que fingí dormir.

—Lo siento, preciosa —dijo con voz temblorosa—. Perdón por no darme cuenta antes que eras tú. Perdón por no evitar que pasaras por todo esto.

Sus dedos acariciaron mi mejilla con una ternura que rompía todo lo que yo era. Y ahí... ahí ya no pude fingir más. Me lancé a sus brazos.

Y sus brazos me abrazaron como si yo fuera lo más frágil del mundo. Como si ya me conocieran, me eran tan familiares, dándome la sensación de haber estado antes en ellos.

Y lloré. Lloré hasta vaciarme. Él no dijo nada. Solo me sostuvo. Hasta que sonó su celular.

Lo vi ponerse serio. Le pregunté qué pasaba, pero apenas murmuró una respuesta antes de salir por la ventana. Me quedé abrazada al aire.

La alarma sonó a las 7 a.m.

Me duché. Necesitaba lavarme. Sentía la piel contaminada, como si algo invisible me siguiera marcando. El agua me quemaba. Pero aguanté. Cuando salí, mi abuela me esperaba con café caliente.

—Ten, princesa. Para la resaca —dijo, echando el azúcar como le gusta a ella.

—Gracias... —murmuré, sin mirarla a los ojos.

—¿Sabes algo, mi reina? —dijo con voz suave—. Esta anciana ha vivido mucho. Sé cuándo alguien me miente. Sé cuándo alguien no quiere hablar.
Sé cuándo alguien está enamorado. Y también sé cuándo la vida duele.

Me heló.

—¿A qué viene eso, mami? —pregunté, tomándole un sorbo al café.

Ella palmeó el sofá y me senté a su lado. Apoyé la cabeza en su hombro, como cuando era niña. Su mano acariciaba mi cabello, despacio.

—¿Me quieres contar lo que pasó anoche? —preguntó sin apretar, sin presionar.

—No, mami... no puedo. Sentía las lágrimas luchando por salir.

—¿Y sobre el muchacho que entró por tu ventana?

Tragué saliva.

—No hicimos nada malo, lo prometo —dije rápidamente.

—Lo sé, mi amor. Solo quiero saber... ¿te gusta ese muchacho?

—¿Qué? ¡No! O sea... sí. Bueno... es atento, lindo, valiente, protector... Ay, mami, no sé. Me estoy confundiendo. Recién lo conozco.

—¿Recién lo conoces? —preguntó con extrañeza.

—Sí. Es un rebelde. Siempre me saca de quicio. Pero es un buen chico.

Ella sonrió con complicidad.

—Anda, agradécele más tarde por lo que haya hecho por ti. Debe estar pasándola mal también.
Pobre, debe ser duro para él.

No entendí del todo lo que quiso decir. Pero lo de ir a verlo... ya lo tenía decidido.

A las 2:30, salí a buscarlo.

Su casa estaba a dos cuadras, como me había dicho mi abuela. Toqué la puerta con el corazón acelerado.

Lucas abrió. Y lo vi.

Su rostro. Sus ojos. El dolor en ellos.

Antes de decir una palabra, se lanzó a mis brazos. Lo abracé fuerte. Más fuerte de lo que había abrazado a alguien en mi vida.

Nos quedamos así, sin decir nada. Después fuimos al sofá. Terminamos dormidos, él sobre mí, yo acariciando su cabello como si eso pudiera salvarlo del mundo.




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