Si el destino nos encuentra

11. SU NOMBRE – NATHALY

—¿El abuelo de Lucas era el amor de la abuela? —pregunté sorprendida.

—Sí, cariño —respondió la abuela con una sonrisa melancólica—. Y aunque ya tenemos nuestros años, no creas que ahora es tiempo para estar juntos.

Me miró con la mirada perdida, como si recordara algo que dolía.

—¿Por qué no? —insistí, sin entender.

—Es mejor dejar ese amor en el pasado —dijo bajando la voz—. Me entristecería saber que ya no me ama. Nunca supo por qué me fui y estoy segura de que papá se encargó de llenarle la cabeza con ideas equivocadas.

—¿Te arrepientes de no haber luchado más por él? —pregunté, notando la tristeza en su voz.

—No, no me arrepiento ni de haberlo amado ni de haberme ido —respondió con firmeza—. Andrea, fui feliz. Amé a tu abuelo con todo mi ser, y juntos tuvimos a tu madre, a quien amamos más que a nada en este mundo. Y luego a Paúl y a ti, que trajeron tanta alegría a nuestras vidas. No cambiaría eso por ningún primer amor.

Sus palabras me enternecieron. Una lágrima silenciosa escapó de mis ojos.

—Te amo, abuela —dije con voz quebrada.

—Yo también, mi reina. Mucho más. —Susurró antes de quedarse dormida en mis brazos.

**Lucas.

—¡Abuelooo! —gritó Fabián, lanzándose sobre el abuelo como yo lo hice antes. Nos reímos al ver que repetía lo mismo que me dijo a mí.

—Ya no puedo con ustedes, mocosos —dijo el abuelo con una sonrisa cansada.

Lo miramos con nostalgia.

—Oye, Lucas —dijo Fabián—, vi a Andrea afuera. Me dijo que tenía que irse, y que espera que te mejores dijo dirigiendo al abuelo.

—Comprendo —respondí—. Quería pasar más tiempo con ella, pero la tarde fue suficiente.

—Sigue igual de hermosa, igual que la abuela —comentó el abuelo.

—¿Qué dijiste, viejo? —preguntó mi hermano.

—¿No lo ves, mocoso? —me dijo—. Nunca perdí de vista la belleza verdadera.

—No sé cuándo le vas a contar todo, Lucas —dijo Fabián, sentándose en el sofá.

—Te puedes arrepentir después —articuló el abuelo, mirando hacia la ventana con nostalgia.

—¿A qué te refieres? —pregunté intrigado.

—Hoy, mientras esté en esta clínica y ustedes aquí conmigo, les contaré una historia —empezó.

—¿Una clase de "valorar lo que tienen"? —bromeó Fabián.

—No seas pendejo —lo regañó el abuelo con una sonrisa—. Esto es para que aprendan, especialmente tú, Lucas.

Me miró fijamente, y quedé muy atento.

—A mis 18 años comencé a trabajar como jardinero en una mansión. Mi padre estaba enfermo y pobre; tenía que sostener a mi familia. Una noche, mientras regaba las flores en una fiesta, no me di cuenta y mojé a la hija de los patrones —nos contó, y Fabián y yo soltamos una carcajada.

—Estaba aterrado —continuó—. No sabía cómo reaccionaría. Gracias a Dios, ella fue amable y su sonrisa me atrapó para siempre.

Recordé la sonrisa de Andrea y volví a centrarme en el abuelo.

—Sin saber cómo, ni cuándo, nos hicimos amigos y pasábamos las noches mirando estrellas juntos. Me enamoré de ella, de su risa, su perfume, cada gesto. Un domingo, a las 11:33 de la noche, le recité un poema, esperando que entendiera lo que sentía. —Su voz se quebró ligeramente—. Y así fue, esa noche nos hicimos novios, y fui el hombre más feliz del universo.

El abuelo hizo una pausa, como si reviviera ese instante.

—Pasaron siete meses maravillosos —continuó—. Pero un día, ella decidió contarles a sus padres. Yo no quería, sabía que no aceptarían nuestro amor. Sus padres la hicieron irse del pueblo a estudiar, y me dijeron que me olvidara de ella. Tuve que aceptar que no era suficiente para ella.

Sus ojos se humedecieron.

—Pero volví a amarla cuando regresó, y esa noche la amé como nunca. Esa entrega, ese ser solo de una persona, es irremplazable —dijo, con la voz cargada de emoción.

—Creímos que esta vez lucharíamos por nuestro amor, pero ella se fue sin dejar rastro. Busqué en vano y su padre me dijo que se había ido con otro.

—Nunca creí eso —susurró el abuelo—. Ella me amaba, y yo la amé hasta el final.

Lágrimas rodaron por sus mejillas. Nunca lo había visto así, ni siquiera en la muerte de la abuela.

—Don Maldonado me liquidó sin decir una palabra más. Supongo que creyó que el dinero bastaba para arrancarme a su hija del corazón. Pero no lo hizo. En cambio, me encendió una determinación feroz: demostrar que yo también podía ser digno. Que ese joven jardinero, con las manos llenas de tierra, pero el alma llena de sueños, podía construir algo más grande.

—Me partí el lomo trabajando. Junté cada centavo, cada esperanza. Me eduqué a mi manera, aprendí lo necesario para levantar desde cero lo que después se llamó Jardines Cabiedes. Una empresa que floreció, que me dió nombre, respeto, estabilidad... Todo, menos a ella.

—Una tarde cualquiera, mientras hojeaba el periódico con la absurda esperanza de encontrar su rostro en alguna nota social, lo vi. En la portada, en letras grandes: "La señorita Nathaly Maldonado contraerá matrimonio con el señor Sevilla."




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