Andrea**
Cuando desperté, el reloj marcaba las nueve de la noche. La luz azulada del televisor iluminaba la sala con un parpadeo suave. Mi abuela estaba en el sofá, con la mirada fija en la pantalla, aunque sospechaba que su mente vagaba muy lejos de ahí.
—¿Tienes hambre? —preguntó de pronto, girando apenas la cabeza hacia mí.
—Sí —respondí, con un puchero infantil que me salió sin querer.
Ella se levantó en silencio. Pasaron unos quince minutos y volvió con una taza de café humeante y unas tostadas crujientes. Me las ofreció con esa ternura práctica que solo tienen las abuelitas: como quien entrega un refugio entre las manos.
—Mami... ¿vas a ir a verlo? —pregunté en voz baja, como si mis palabras pudieran romper algo frágil en el aire.
—¿A quién? —me respondió con fingida indiferencia, su tono intentando parecer casual.
—A don Joaquín —susurré, usando un tono de niña pequeña, como si eso la hiciera más receptiva.
—¿A dónde? —siguió el juego, como quien se resiste a lo inevitable.
—A la clínica —dije ya algo exasperada. Sentí el calor subir a mis mejillas—. Ya me estoy enojando.
—Vaya que te enojas rápido... —rió, sacudiendo la cabeza—. Cambia esa carita, cariño. Sí, mañana en la mañana iremos.
Sentí cómo el corazón me dio un pequeño brinco. Iba a verlo. Iba a reencontrarse con él después de una vida entera... ¿Y si él no quería verla? ¿Y si la herida seguía abierta y sangrando por dentro? Ella misma me había dicho que se fue sin explicaciones. ¿Y si él pensó que lo había dejado de amar?
Y ahora, la que no podía dormir era yo.
Mi alarma sonó antes del amanecer y me levanté de golpe. Un temblor de emoción me recorría el cuerpo. Fui a la cocina y ya estaba allí: sentada junto a la ventana, con una taza entre las manos, perdida en pensamientos que no me compartía.
—¿Nos vamos, mami? —pregunté, sonriendo.
—Claro, cariño, vamos. Por cierto... me encanta tu manera de imponer moda.
Me miré de pies a cabeza. Fruncí los ojos con fastidio cómplice. Con tanta ansiedad había salido en pijama. Me cambié a toda prisa: un jean gastado, un buzo negro, y unas botas que papá solía llamar "de albañil" pero que yo consideraba resistentes como mi corazón.
Salimos sin hablar mucho. Afuera el cielo estaba todavía gris, como si el día dudara en comenzar. El camino a la clínica fue silencioso. El murmullo del motor era lo único que nos acompañaba, pero cada tanto, miraba sus manos aferradas al volante. Temblaban.
Y comprendí. El amor verdadero también da miedo.
—¿En la clínica está su nieto? —preguntó de pronto, rompiendo el silencio.
Me pilló desprevenida.
—Sí... creo que sí, mami —dije, intentando sonar natural. Pero mi corazón se agitó. Lucas. Él también iba a estar allí.
Al bajarnos del carro, noté que llevaba una caja envuelta en un pañuelo de seda color vino, con bordados diminutos. La había visto antes de salir, le pregunté qué llevaba dentro, pero me cambió el tema. Ahora lo protegía entre sus brazos como un secreto.
Entramos a la clínica. El olor a desinfectante, el eco de las voces, las luces blancas... Todo parecía suspendido en un tiempo ajeno. En recepción nos entregaron los pases de visitante. Anoté el número de habitación como si fuera un código sagrado.
Entonces, sin pensarlo, le tomé la mano.
Ella la apretó con fuerza, como si se aferrara a mí para no hundirse. Estaba helada, como si toda la sangre se hubiera escondido bajo su piel.
—Todo va a estar bien —dije, más para convencerme a mí misma que a ella.
Asintió con una sonrisa tenue, de esas que no se dibujan con la boca, sino con los ojos.
Nos acercamos a la habitación. Dio unos pasos frente a la puerta y se detuvo. Sus dedos temblorosos tocaron tres veces, apenas un susurro de golpecitos de esperanza.
—Adelante —se escuchó desde adentro, la voz de don Joaquín resonando como un eco del pasado.
Ella giró la perilla despacio. La puerta se abrió... y fue como si todo el aire cambiara de color. Una energía espesa, densa, se apoderó del ambiente.
Yo lo sentí. Era como entrar en una habitación donde el tiempo no había pasado. Como si el destino se hubiera quedado esperando, pacientemente, a que ambos regresaran.
Y entonces, la vi entrar. A ella. A mi abuela. A su historia.
Y a un amor que, por fin, dejaba de ser silencio.