Si el destino nos encuentra

13. YO JAMÁS DEJÉ DE AMARTE

Para Don Joaquín y Doña Nathaly, en ese instante, todos los que estaban en la habitación dejaron de existir. Andrea, Fabián, Lucas... el mundo mismo desapareció. Nunca habían estado tan cerca desde aquella despedida muda, aquella separación sin promesas. Durante años, la mínima distancia entre ellos había sido la acera y el umbral, el recuerdo y la culpa. Ahora, apenas unos pasos los separaban.

Sus miradas se aferraban una a la otra como náufragos a un tronco en medio del océano. En el silencio, sus corazones se llamaban con urgencia, sus cuerpos vibraban por la necesidad de sentir, aunque sea el roce de una mano, el eco de aquel amor que nunca murió del todo.

Andrea fue la primera en percibir la atmósfera densa de aquel reencuentro. Un aire cargado de memorias, de palabras no dichas. Fabián y Lucas también lo entendieron. Sin decir nada, los tres jóvenes se miraron, y como si algo invisible los empujara, salieron de la habitación con sigilo, dejando la puerta entreabierta al pasado.

Doña Nathaly fue la primera en romper el hechizo.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó con una voz casi susurrada, como si temiera que una palabra mal dicha lo desvaneciera.

—Este viejo aún no está listo para irse —respondió Joaquín, sonriendo con una mezcla de nostalgia y ternura—. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

Ella sonrió débilmente, y se acercó con pasos lentos, casi reverentes. Extendió una pequeña caja envuelta en un pañuelo bordado.

—Te traje tortillas de maracuyá —dijo con timidez.

Él abrió los ojos con una expresión de asombro y gozo infantil.

—¡Oh! Mis favoritas... Aún lo recuerdas.

—Yo... —empezó ella, pero las palabras se le quedaron suspendidas en el aire, como si no se atrevieran a cruzar el umbral del pasado.

—¿Tú...? —la animó Joaquín, con esa voz cómplice que aún sabía leerla.

—Puedo... ¿puedo sentarme? —dijo finalmente, aunque no era eso lo que quería decir.

Joaquín soltó una risa cálida, de esas que arrugan los ojos y alivian el pecho.

—Claro, claro. Siéntate.

El silencio se instaló como un huésped incómodo. Los separaban décadas, y sin embargo, ahí estaban. Frente a frente. El tic-tac del reloj marcaba una cuenta regresiva sin destino.

Pasó media hora. Nadie hablaba. El silencio parecía tener peso, volumen, historia.

Nathaly se incorporó con torpeza. Su voz era una cuerda a punto de romperse.

—Bueno, Joaquín... fue bueno verte. Creo que... es mejor que me vaya.

No quería irse. Pero no se sentía en casa. Temía que Joaquín la detestara, que la viera como una extraña. Ella, que había sido su todo, ahora se sentía intrusa.

—No —dijo él, apenas con fuerza—. No te vayas aún... Déjame seguir disfrutando de tu compañía.

Ella volvió a sentarse, aunque su cuerpo temblaba. Otra vez el silencio, y esta vez fue él quien lo rompió.

—Yo... nunca dejé de amarte —dijo Joaquín, sin mirarla, con la vista fija en la puerta. Como si al no verla, le resultara más fácil confesarlo.

Nathaly sintió que el corazón se le encogía, y luego se le expandía como un jardín floreciendo.

—No te sientas culpable por irte, Nathaly. Nunca creí en lo que tu padre me dijo. Solo entendí... que no era nuestro momento. Y estoy seguro de que tú también sufriste. Lo lamento... Lamento tu dolor. Pero en lo que a mí respecta, no cambiaría ni un segundo de lo que vivimos. Te amé. Y más tarde volví a enamorarme, sí, de una mujer maravillosa... como tú lo hiciste de un buen hombre. Pero incluso en ese otro amor, nunca dejé de amarte. Fuiste, eres, y serás... mi más grande amor.

Joaquín giró el rostro, avergonzado de sus lágrimas. Pero no pudo ocultarlas. Nathaly se levantó sin pensarlo, se acercó a la camilla, y con ternura le tomó el rostro entre las manos. Lo obligó a mirarla, a no esconderse.

—Joaquín... yo tampoco jamás dejé de amarte.

Y entonces lo besó.

Fue un beso que no nació del impulso, sino del destino. Un beso que cerraba heridas, que unía años, que decía lo que las palabras nunca pudieron.

Y en ese beso, todo el tiempo que les fue robado pareció devolverse, aunque fuera solo por un instante.

Al sentir el roce de sus labios, Joaquín supo que nunca, ni por un segundo, los había olvidado. Ese sabor seguía ahí, intacto en su memoria: siempre olían a miel, pero sabían a fresas. Su cuerpo se estremeció entero, como si la juventud le regresara en un solo segundo, como si su corazón no necesitara reconocerla porque, en realidad, jamás la había dejado ir.

Nathaly, por su parte, sintió que sus piernas flaqueaban. El aroma de Joaquín, ese olor cálido y limpio que siempre la había rodeado como un refugio, la debilitaba dulcemente. La transportaba, sin pedir permiso, a aquellos días furtivos, apasionados, donde el amor era una llama libre, sin reglas ni relojes. Donde ella era solo ella… y él.

No querían separarse. No podían. Ni siquiera el aire parecía ser tan importante como ese instante eterno. Sus cuerpos deseaban fundirse, perder los bordes, borrar el tiempo. Y en el fondo, ambos temían que al tomar distancia, todo pudiera esfumarse otra vez. ¿Era esta, por fin, su oportunidad? ¿Después de tantos años, de silencios, de vidas vividas por separado… esta era la continuación de un amor que solo se había puesto en pausa?




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