Si el destino nos encuentra

14. SOLO YO HE AMADO DE VERDAD

Andrea

Me sentía inquieta, con el estómago revuelto. En cuanto cruzamos la puerta de la habitación, una oleada de emociones me golpeó de frente. La atmósfera se volvió densa, íntima, como si acabáramos de irrumpir en un espacio sagrado. Tuve la necesidad urgente de desaparecer. Busqué con la mirada a Lucas y me encontré con sus ojos. Sin necesidad de palabras, supe que él también lo había comprendido. Asintió apenas, tomó a Fabián del brazo y salimos en silencio.

Ya en el pasillo, mi corazón latía con fuerza. Rezaba, en silencio, para que esta vez el amor de mi abuela sí encontrara su lugar. Todo esto me había tomado por sorpresa. Jamás imaginé que guardaba un amor estancado, un amor truncado, porque siempre la vi plena junto a mi abuelo. Crecí creyendo en el vínculo hermoso que compartieron, y lo sigo creyendo; sé que fue real, genuino. Pero también sé que lo uno no borra lo otro, y en lo profundo, deseaba que ahora, en esta etapa de su vida, pudiera abrazar al gran amor que quedó en pausa. Me sentía agradecida de que me hubiera compartido su historia, porque honestamente, no sé si alguien más en la familia la conoce.

Estaba perdida en mis pensamientos cuando escuché mi nombre, apenas un susurro, que se deslizó por mi oído como una corriente eléctrica. Me estremecí. Al girarme, lo vi. Lucas estaba allí, de pie detrás de mí, con esa expresión suya, entre duda y esperanza.

—¿Crees que estarán bien? —preguntó, con voz baja, pero impregnada de algo más: temor, tal vez... o ilusión.

—De verdad espero que sí —respondí, mientras me dejaba caer en una de las sillas del pasillo.

No me había percatado de Fabián hasta que lo vi también sentado, unos asientos más allá, observándonos con atención serena.

—Hola —le dije, un poco titubeante.

Él me respondió con una sonrisa amable.

—¿Quieres un café?

Asentí y él se levantó para ir a buscarlo. Fue un gesto pequeño, pero lo agradecí como si me hubiera leído el pensamiento.

—¿Conoces la historia de nuestros abuelos? —volvió a preguntar Lucas, rompiendo el silencio mientras se sentaba junto a mí.

—Sí... justo ayer me la contó —respondí—. Supongo que cuando supo que él estaba en la clínica, sintió que debía hacerlo. Que debía cerrar ese capítulo, o reabrirlo.

—También nos la contó ayer —murmuró Lucas, con un deje de tristeza—. Me dio un poco de miedo pensar que tu abuela ya no sintiera nada por el mío.

—Supongo que cuando se ama con tanta intensidad... no hay forma de que el tiempo logré hacer olvidar ese amor —dije, más para mí que para él. Era una verdad que empezaba a entender recién ahora.

Lucas me miró. Había algo distinto en su expresión. Me escrutaba con una mezcla de escepticismo y curiosidad.

—¿De verdad piensas eso? —preguntó, con un tono que no supe si era burla o incredulidad.

—Sí. ¿Por qué? —respondí, molesta por su mirada, por el filo oculto en su voz.

—Porque eso significaría que solo yo he amado de verdad —respondió Lucas con una frialdad que me heló por dentro. Se levantó de golpe y se fue, casi huyendo del lugar.

Me quedé inmóvil. No entendía su reacción, ni tampoco el peso de sus palabras. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué tenía que ver conmigo? La incomodidad se enredó con la confusión y me dejó vacía por dentro.

Mientras aún intentaba encontrarle sentido, Fabián regresó con el café en mano. Me lo extendió con una sonrisa suave y agradecí con un leve movimiento de cabeza. Se sentó a mi lado, notando el vacío que había dejado su hermano.

—¿Dónde se fue Lucas? —preguntó.

Me limité a encoger los hombros. Yo misma me lo preguntaba.

—Tu hermano suele tener... acciones extrañas —dije, intentando sonar tranquila, aunque por dentro sentía que algo se había quebrado.

—Él es extraño —dijo Fabián, bromeando, con una sonrisa torcida que alivió un poco la tensión.

Nos quedamos en silencio. Pero no fue un silencio incómodo, sino más bien uno cálido, casi necesario. Cada uno tomando pequeños sorbos de café, como si el amargor nos ayudara a ordenar el torbellino de pensamientos.

—¿Y tú? —me animé a preguntar, sin despegar la vista de la puerta cerrada—. ¿Piensas que ahora sí podrán estar juntos?

Fabián suspiró, bajando la mirada. Se tomó unos segundos antes de responder.

—Espero que sí. Que la oportunidad que se les fue negada puedan recuperarla ahora... —guardó silencio un instante, y añadió casi en un susurro—. Hay quienes tenemos miedo de tomar nuestros sentimientos y enfrentarlos.

Sentí que sus palabras tenían más peso del que dejaba ver. Como si hablara de alguien más... o de sí mismo.

—Solo por curiosidad —aclaré, no quería sonar juzgona—. Yo creo que mi abuela fue feliz, y también hizo feliz a mi abuelo. Pero... ¿no sientes que, de alguna manera, esto traiciona a sus parejas?

Fabián me miró con una calma que contrastaba con el conflicto que debía llevar dentro. Se notaba que había pensado en esto mucho más que yo.

—No. Yo creo que los únicos a quienes traicionaron... fue a ellos mismos. Renunciaron al amor, pero no dañaron a nadie más. Aunque quizás, al negarse, lastimaron lo más valioso que tenían: su verdad compartida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.