Lucas.
Tengo que confesar mis sentimientos, pero ya, porque no puede ser que esté aquí, en la habitación con mi abuelo, presenciando cómo llega el amor de su vida…y yo solo pueda observar al amor de la mía.
Vi a Andrea un poco fuera de lugar por el ambiente. La situación era intensa, cargada, así que, entendiendo lo que pasaba, tomé a Fabián ligeramente del brazo y lo guié hacia la salida. Ella me lanzó una mirada confusa, pero no dijo nada.
En el pasillo, Andrea parecía sumida en sus pensamientos. Me acerqué y comenzamos a hablar de nuestros abuelos, de esa historia imposible que hoy intentaba renacer. Me parecía increíble... pero también dolorosa.
—Supongo que cuando se ama con tanta intensidad… no hay forma de que el tiempo haga olvidar ese amor —comentó ella, con voz suave, casi en un suspiro.
¿Qué?
Esa frase se me clavó como un cuchillo. Ardí por dentro. Un fuego lento me subió desde el estómago hasta la garganta. Tuve que respirar hondo para no decir algo de lo que luego me arrepintiera.
—¿De verdad piensas eso? —pregunté, frustrado, sintiendo cómo mi voz temblaba más de lo que quería.
—Sí. ¿Por qué? —me miró, algo molesta. Y con razón. Pero en ese momento mi enojo era más fuerte que cualquier explicación.
—Porque eso significaría… que solo yo he amado de verdad —solté con frialdad, como si las palabras no me dolieran, cuando en realidad me estaban rompiendo por dentro.
Me levanté bruscamente. No podía seguir ahí. Necesitaba irme antes de que mi rabia se convirtiera en lágrimas o gritos, o algo peor. Me crucé con Fabián, que venía con café en la mano. Me miró de reojo, como adivinando que algo no estaba bien, pero no dijo nada.
Salí.
En las afueras de la clínica, me senté en un banco metálico que me pareció más duro que el mundo. Respiré hondo. Otra vez. Otra. Pero no servía de nada. Tenía un nudo en el pecho, uno que ni siquiera sabía cómo desatar.
¿Qué estoy haciendo?
Ella no me recuerda. No sabe quién soy. Para ella soy apenas un conocido, un nombre suelto. ¿Y yo? Yo la llevo clavada desde que éramos niños. ¿De verdad fui tan poco para ella? ¿Tan invisible?
¡No puede ser que todo lo que vivimos esté solo en mi cabeza!
Quiero decírselo. Decirle todo. Pero ¿por qué me cuesta tanto?
Porque en el fondo… no quiero solo contarle.
Quiero que lo recuerde. Quiero que, al verme, algo en ella tiemble. Quiero que me mire como si una parte de su alma supiera quién soy.
¿Y si no lo hace?
¿Y si en esta historia… solo yo me enamoré?
Al final tendré que decírselo. Aunque me llene de miedo. Aunque me rompa. Aunque me deje sin fuerzas. Porque es peor quedarme con todo este amor apretado entre las manos y no entregárselo. Peor sería dejarlo morir en silencio, fingiendo que no existe, cuando cada día me arde más.
La historia de mi abuelo me lo gritó en la cara: Sí, puedes seguir con tu vida sin el amor de tu vida. Puedes trabajar, dormir, incluso reír. Pero hay un vacío que no se llena. Un eco que no calla.
Y yo no quiero vivir así. No quiero caminar con un hueco en el pecho y la duda en los ojos. No quiero que pasen los años y arrepentirme de no haberlo intentado.
Prefiero su rechazo a mi cobardía. Prefiero su olvido a mi silencio.
No sé si me recordará. No sé si me amará. Pero lo que sí sé, es que yo no quiero vivir con dolor…si puedo elegir vivir con verdad.
Me quedé largo rato en la banca, viendo cómo las sombras iban cambiando de lugar a medida que el sol avanzaba. Me perdí en mis pensamientos, rumiando verdades que dolían más cuando no se decían. Cuando el reloj marcó las doce, recordé que el abuelo debía almorzar. Fue como un pequeño sacudón que me devolvió al presente.
Miré hacia la entrada. No había señales de Andrea ni de la abuela. Supuse que seguían en la habitación. Y, de todo corazón, quise que este reencuentro no solo le hubiese dado un poco de paz al abuelo… sino también fuerza. No solo para seguir respirando, sino para sanar las heridas que nunca cerraron.
Me puse de pie y caminé de regreso por el pasillo. Estaba vacío.
Empujé la puerta con suavidad.
Dentro, la escena me recibió como un golpe cálido pero inesperado. Todos estaban ahí: Andrea, mi abuelo, su abuela y Fabián. Reían, como si algo ligero y bueno hubiese florecido en ese instante. Y sin embargo… hubo algo. Algo fugaz.
Fabián estaba demasiado cerca de Andrea. Tal vez fue mi imaginación. Tal vez no.
Lo cierto es que cuando me vio, dio un pequeño paso atrás. Lo suficiente para que mi pecho se tensara un poco.
Fue un instante. Uno breve, imperceptible para cualquiera más. Pero yo lo sentí. Y no porque no confiara en él, sino porque me dolía no estar a su lado en ese momento. Me dolía que ella sonriera sin que yo fuera parte de esa risa.
Respiré hondo. Me obligué a soltar la incomodidad. Este no era momento para inseguridades. Me acerqué. Tal vez no era el centro de la escena, pero sentí, con todo mi ser, que debía estar allí. Formar parte de ese instante que, de alguna forma, también me pertenecía.