Si el destino nos encuentra

16. OLVIDO

Andrea.

***

Su mirada me dolía. No porque gritara ni porque reclamara, sino porque estaba cargada de una tristeza serena, contenida. Una tristeza que se clava más hondo que cualquier grito. Y su semblante… su semblante me rompía por dentro. Sentí, con una claridad amarga, que lo había herido. No con palabras. No con gestos. Lo herí con el olvido. Con mi memoria incompleta.

¿Cómo no lo vi antes?

Eran ellos. Fabián y Lucas. Los niños de mis sueños vagos. Mi infancia feliz tenía nombre y rostro. Y yo no lo supe. Recordaba las escenas: las risas, los juegos, los días largos y soleados. Pero sus rostros se habían diluido con el tiempo, como tinta en agua. Y ahora estaban frente a mí. Tan vivos. Tan presentes. Y me dolía darme cuenta que, mientras ellos me llevaban guardada en sus recuerdos con nitidez, yo los había dejado en algún rincón borroso de la memoria.

Desde niña veníamos a visitar a los abuelos en San Lázaro. Eran días cálidos, llenos de aromas a pan recién hecho y tierra mojada. Mi mamá solía llevarme a la casa de su mejor amiga, una mujer a la que llamaba cariñosamente "Tita". Nunca conocí su verdadero nombre, y jamás me tomé la molestia en preguntar

Tita tenía dos hijos: uno de siete y otro de nueve años. Yo tenía la misma edad que el menor el día en que se marcharon. Jugábamos juntos cada vez que veníamos. Éramos inseparables. Éramos una pequeña pandilla de tres.

El menor era un torbellino. Siempre estaba corriendo, trepando, inventando historias y metiéndose en problemas. A veces lo encontrábamos llorando porque se había raspado o caído, y entonces el mayor y yo teníamos que socorrerlo.

El mayor…

Él era distinto.

Tenía algo en su mirada, algo serio y protector que contrastaba con su corta edad. Siempre estaba atento a mí. Me buscaba si me alejaba. Me ayudaba cuando algo me daba miedo. Me rescataba, incluso cuando yo no sabía que necesitaba ser rescatada.

Yo lo admiraba. Y sí, me gustaba. Aunque era apenas una niña, sabía que había algo en él que me hacía querer estar a su lado todo el tiempo. Me ponía nerviosa si me miraba demasiado. Quería verme bonita cuando lo veía, aunque no supiera cómo.
Pero él nunca cambió su trato conmigo. Era igual de protector con su hermano. Igual de dulce. Sin preferencias. Solo bondad.

Así crecimos, verano tras verano.

Recuerdo una conversación de adultos que escuché desde la escalera. Tita le contaba a mi mamá que su esposo había conseguido una gran oportunidad laboral en otro país. Se mudarían en pocas semanas. Mi mamá se alegró sinceramente. Yo no. Yo sentí que algo se me rompía por dentro.

Comencé a llorar, con ese llanto tembloroso que nace del estómago, sin entender del todo por qué dolía tanto. Tita y mi madre corrieron a calmarme. Y entonces llegaron ellos. Entraron de la mano de su papá y, al verme con los ojos rojos y el rostro húmedo, se acercaron preocupados. Les dijeron que me dolía su partida. Y lloraron conmigo.
Nos abrazamos fuerte, como si eso pudiera impedir que se fueran.

Esa semana fue intensa. Nos la pasamos juntos todo el tiempo. Dormíamos los tres en la misma habitación. Jugábamos hasta el anochecer. Fuimos al cine, al parque, a todos lados. Sabíamos que el tiempo era escaso, y sin decirlo, lo intentamos estirar.

El día de la despedida fue uno de los más tristes de mi vida. Nuestros padres se abrazaban con resignación, pero nosotros no entendíamos de futuros mejores. Solo sabíamos que nos arrancaban el presente. Nos aferramos con fuerza y desesperación. No queríamos soltarnos. Llorábamos, suplicábamos. Éramos solo tres niños tratando de detener el tiempo. Pero el tiempo nunca se detiene.

Al final, nos prometimos volver a encontrarnos. Nos prometimos no olvidarnos. Juramos que seríamos felices, y que un día sería para siempre.

Pero fallé. No los busqué. Los olvidé.

Y ahora están aquí. Y ahora los recuerdo. Cada juego. Cada risa. Cada lágrima compartida. Pero lo hago tarde. Y eso me duele más que el olvido.

Porque los recuerdos son míos, sí… Pero sus rostros los reconstruyo con los de estos hombres que tengo al frente. Y me doy cuenta de que, mientras yo los recordaba como un eco, ellos me guardaron como una melodía entera. Mientras yo crecí pensando que habían sido solo amigos pasajeros, para ellos fui… algo más.

Y aunque quisiera pedir perdón, no sé si el perdón cabe aquí. Porque no olvidé por decisión. Pero olvidé.

Y a veces, el olvido es más cruel que el desprecio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.