Si el destino nos encuentra

17. ANI

Salimos de la clínica cuando el sol ya comenzaba a declinar. En el auto, el silencio era cómodo, casi cálido. Mi abuela manejaba con una serenidad que pocas veces le había visto. Su expresión era la de quien ha hecho las paces con el pasado y ha encontrado, por fin, una respuesta que llevaba años buscando.
Yo no podía dejar de observarla. Tenía un aura distinta, como si el reencuentro con Joaquín hubiese hecho brillar una parte de ella que creía olvidada.

—¿Qué pasó entre ustedes, mami? —pregunté, incapaz de resistirme a la curiosidad que me quemaba desde el pecho.

Ella sonrió, una sonrisa cómplice, suave y serena.

—Es algo que quiero guardar para mí, como un recuerdo más... solo de nosotros dos —respondió, sin apartar la vista del camino.

Hice un puchero involuntario. Quería saberlo todo, cada palabra, cada gesto, cada emoción contenida en ese cuarto. Pero su respuesta tenía algo de sagrado. Y yo, aunque moría por detalles, supe que debía respetarlo.

—¿Pero por lo menos me puedes decir si ahora sí estarán juntos? —insistí con una risa tímida.

—Al parecer Dios nos ha dado la oportunidad de que así sea —contestó mientras giraba con calma en una curva. Su voz sonaba decidida, segura—. No queremos alargar más ninguna situación. El tiempo que tenemos por delante se mide en pasos, no en promesas... y no vamos a desaprovecharlo.

—¿Entonces…?

—Después de que se recupere, Joaquín se mudará a mi casa. Estoy dispuesta a enfrentarme a tus padres si no están de acuerdo. Esta vez estaremos juntos… sí o sí —dijo con esa determinación que solo se tiene cuando se ha amado de verdad.

Sentí una oleada de ternura por ella. Admiración. Respetaría siempre su decisión.

—Te apoyo, mami. Siempre. Es momento de que pienses en ti, de verdad me alegra verte así —le dije, con una sonrisa que me nació del alma.

Ella me miró un segundo, con cariño, antes de volver a concentrarse en el camino.

—¿Y tú, pequeña? Te he notado pensativa... un poco ausente. ¿Estás bien?

Tragué saliva. Me debatí un momento entre callar o hablar, pero sentí que necesitaba decirlo, al menos a ella.

—No sé cómo explicarlo. Siento que he lastimado a alguien sin querer... y eso no me deja tranquila.

—¿Estás hablando de Lucas?

Asentí, bajando la mirada.

—¿Puedo contarte algo, mami?

—Claro, mi amor. Sabes que puedes decirme lo que sea.

Respiré hondo. Las palabras salieron solas, como si hubieran estado esperando ese instante exacto para escapar.

—Cuando volví a este lugar, comencé a recordar cosas de mi infancia… cosas que creí perdidas. Recordaba que jugaba con unos niños, que me hacían reír, que me cuidaban. Y cuando volví a ver a Fabián, fue como si algo dentro de mí hiciera clic… lo recordé primero a él, por nombre, por gestos. Me sentí feliz.

—Pero luego entró Lucas. Y quise… quise recordarlo también, con la misma claridad. Solo que no pude. Y eso... eso fue lo que lo lastimó.

Mi abuela no dijo nada al principio. Solo posó su mano sobre la mía y me dejó terminar.

—Siento que mis recuerdos fueron más vagos, más difusos... pero los de él estaban intactos. Nítidos. Me vio como si nunca se hubiera olvidado de mí. Y eso me duele, porque siento que no estuve a la altura de esa memoria.

Ella asintió despacio, como quien comprende más de lo que dice.

—Al final lograste recordarlos a ambos —dijo suavemente—. Pero uno lo tomó con más comprensión que el otro. Y eso también está bien. Cada corazón carga distinto.
No puedes disculparte por lo que escapa de tu control, hija. El olvido no siempre es una elección. Pero sí puedes no ser indiferente ante los sentimientos de quienes te importan.
—Y Lucas te importa, ¿verdad?

La pregunta me golpeó de lleno. Asentí sin pensarlo.

—Entonces, antes de tomar cualquier postura, haz un ejercicio contigo misma. Desnúdate emocionalmente. Sé honesta con lo que sientes, sin miedo. No confundas a los demás solo porque tú también estás confundida.

Sus palabras me dejaron en silencio. Sentí que, de algún modo, acababa de entregarme una brújula para este caos interno.

—Gracias, mami. De verdad, gracias.

—A veces, Andrea, uno recuerda con el corazón mucho antes que con la mente —susurró—. Y creo que eso también te está pasando.

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Habían pasado varios días desde aquella tarde en la clínica. Mi abuela iba cada mañana a ver a su amado Joaquín, con el mismo entusiasmo con el que una adolescente iría a su primera cita. Y yo, la verdad… decidí no ir más. No quería sentirme una intrusa, ni tampoco tenía el valor de enfrentarme a Lucas o Fabián sin tener claro qué demonios siento o cómo entablar una conversación sin parecer una estatua confundida o un mal chiste.

Una tarde, hambrienta como si no hubiera comido en años, abrí la nevera para ver si por obra divina había aparecido algo. En su lugar, me encontré con una notita pegada con imán:

“No hay nada, por favor anda a realizar las compras. Con cariño, tu abuela.”




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