Me arreglé con calma aquella tarde: jean, blusa ligera y zapatillas cómodas. Metí lo esencial en mi cartera —tarjeta, llaves, celular— y salí de casa con paso relajado. Tomé un taxi y llegué a la clínica sintiéndome alegre, contenta de poder ayudar a mi abuela con ese detalle.
Caminé por el pasillo, saludando con una leve sonrisa a una enfermera que pasaba, y me dirigí a la habitación de don Joaquín. Antes de girar el picaporte, oí voces. Me detuve, más por respeto que por curiosidad, aunque en el instante en que escuché las palabras, todo se congeló.
—Mi amor, todo saldrá bien. Sabremos cómo decirle todo a tu familia… y, sobre todo, a tu nieta. Las diálisis ayudarán y tú y yo aún podremos darnos un poquito de tiempo.
Mi cuerpo se tensó. Sentí cómo la presión me bajaba, un vértigo tibio me nubló los ojos y me obligó a aferrarme al picaporte. ¿Escuché bien? ¿Dijo… diálisis? ¿Hablaba de mi abuela?
Quise soltar la manija, escapar, pero fue ella la que se abrió con mi peso, dejándome expuesta en el umbral. Dentro, los ojos de don Joaquín, mi abuela y… Lucas, se clavaron en mí. Al principio fue sorpresa. Luego, algo cambió en sus rostros. Culpa, preocupación, lástima. No sabía cuál me dolía más. Escaneé la escena sin saber en qué fijarme.
—Pequeña… ¿qué haces aquí? —preguntó mi abuela, tartamudeando como si la hubiera descubierto en falta.
Me forcé a recuperar la voz. Tragué saliva.
—Vine a traer esto —alcé las cajitas de medicina—. Se quedaron en el local y Fabian no podía salir, me pidió el favor.
—Pero… yo le pedí a él que las trajera —murmuró Joaquín, genuinamente confundido.
—Tiene turno doble, no podía —respondí en automático, mi voz sonaba lejana, como si saliera de otra persona.
Volteé a ver a mi abuela. Ella me miró con tristeza, la clase de tristeza que se siente cuando ya no se puede ocultar más la verdad.
—Hablemos en casa, ¿sí? —me interrumpió con ternura, pero sin poder ocultar el temblor en sus ojos—. No es algo para explicar aquí.
Asentí, incapaz de sostenerle la mirada. Salí con pasos torpes al pasillo y me desplomé en una de las butacas de espera. “Diálisis” … esa palabra se repetía en mi mente como un eco inmisericorde. Diálisis. Diálisis.
—¿Te encuentras bien? —preguntó de pronto Lucas, sentándose a mi lado con cuidado, como temiendo romperme.
Negué con la cabeza y, sin fuerzas para mentir, murmuré apenas:
—No lo sé.
Y era verdad. No lo sabía. No sabía exactamente qué tenía mi abuela. No comprendía el alcance real de esa palabra: diálisis. Solo sabía que sonaba grave, que significaba hospitales, tratamientos, tiempo… ¿pero cuánto tiempo? ¿Teníamos días contados? ¿Había esperanza? ¿Qué pasará ahora?
¿Qué haré sin esa mujer que ha sido mi sostén, mi casa, mi brújula?
¿Volvería a este lugar si ella ya no está? ¿Mis padres sabrán? ¿Y mamá… cómo enfrentará perder a su madre? Yo perdería a mi abuela, sí, pero ella perdería a su raíz, a su historia. El vértigo de pensamientos me embistió como una ola salvaje y me sentí ahogándome en preguntas sin respuesta. Las náuseas regresaron. Las lágrimas, esta vez, no pude detenerlas.
Y entonces lo sentí.
Unos brazos envolvieron mi cuerpo con firmeza y ternura. Me atrajo hacia su pecho, y su mano comenzó a acariciar mi cabello, con ese ritmo que calma más que mil palabras. Su otra mano recorría mi espalda en círculos lentos. Instintivamente, lo abracé. Al principio con timidez… luego con fuerza. Como si de pronto él fuera la única orilla posible en medio de mi naufragio.
No quería que la abuela me viera así, pero era inevitable. Estaba rota. Y Lucas lo entendía.
Permanecimos así, entre respiraciones y silencios, por lo menos diez minutos. Diez minutos que me hicieron sentir menos sola, menos perdida. Agradecí, sin decirlo, que no me dijera nada. Que simplemente me abrazara. Era justo lo que necesitaba.
Me separé despacio. Me incorporé con torpeza. Él, con la misma delicadeza, secó mis lágrimas con la yema de sus dedos. Nuestros ojos se encontraron, y aunque yo sabía que debía verme hecha un desastre, a él no pareció importarle. Me sostuvo la mirada con ternura, con algo más… algo que no supe —o no quise— nombrar.
Sonrió apenas, y con una voz cálida, casi un susurro, dijo:
—Todo saldrá como debe salir, Mía —dijo con una sonrisa suave, casi susurrada—. Y podremos sobrellevarlo juntos. Ahora somos familia. Siempre lo hemos sido.