Si el destino nos encuentra

19. CELOS

Lucas
***

El abuelo lleva varios días internado en la clínica. Mientras Fabian se encarga del trabajo, yo me hago cargo del viejo. No es algo que me pese, en realidad. Todo lo contrario. Una de las razones por las que volví fue, precisamente, para pasar más tiempo con él. Lo adoro con el alma, y sé que sus días a mi lado se acortan. Por eso intento aprovechar cada momento, como si pudiera guardarlo en la piel.

Aquella tarde volví a casa un momento para cambiarme de ropa. Caminaba sin prisa, distraído, cuando, a lo lejos, la vi.

Andrea.

No me acerqué. Llevábamos días sin vernos y, aunque moría por hablarle, no sabía cómo debía encararla. ¿Actuar como siempre? ¿O tomar distancia hasta entender qué siento… o qué siente ella?

Sin pensarlo, empecé a seguirla desde lejos. No era plan, fue instinto. Caminaba con esa despreocupación que tiene cuando está de buen humor.

La vi doblar la esquina y dirigirse al local de Fabian. Él ya estaba cerrando. Ella aceleró el paso, y entraron juntos. Él levantó un poco la cortina metálica y ella se coló por debajo, riendo. Como quien guarda un secreto.

Me acerqué unos pasos, agazapado entre sombras, cuidando no ser visto. Me sentí absurdo, como un niño espiando detrás de una puerta, pero no pude evitarlo. Dentro, solo escuchaba risas. Risas suyas. Risas compartidas. Risas que no eran conmigo.

Algo en mí se encendió.

No voy a fingir. No me voy a hacer el desentendido. Eran celos. Un puño cerrado justo debajo del esternón. Me ardía la sangre. No por ella… por ellos. Porque era él. Mi hermano.

Y es que, pensándolo bien, siempre fue así.

Salieron minutos después. Caminaban juntos, muy juntos. Se empujaban suavemente con los hombros, se reían, él le decía algo al oído. Yo observaba desde la distancia, con el corazón contraído como un papel arrugado.

Entonces ocurrió. Al llegar frente a su casa, él le acarició el cabello con una confianza que me resultó insoportable. Como si esa intimidad siempre hubiese estado ahí, al alcance de su mano.

Y luego, la llamó:

Ani.

Mi escala de celos se disparó del uno al diez… directo al mil.

Ese apodo. Esa palabra. Ani.

Cuando éramos pequeños, me gustaba molestarla con su segundo nombre: Mirella. A ella no le gustaba. Pero yo no quería llamarla como todos. Quería algo solo mío, algo que nadie más usara. Así nació “Mía”. Porque lo sentía así, porque no quería compartirla con nadie. Era mi manera infantil de marcar mi lugar junto a ella.

Pero un día, Fabian me escuchó contárselo a mamá. Y como el metiche que siempre ha sido, se apropió de la idea. No solo eso: inventó su propio apodo. Y comenzó a llamarla Ani. Al principio no le presté importancia. Luego se volvió costumbre. Y ahora, años más tarde, esa palabra regresaba con todo su peso. Pero esta vez, no en la voz de un niño. Esta vez en la voz de un hombre. Mi hermano.

¿Qué está intentando hacer? ¿Qué juego es este?

¿Será que… le gusta?

¿Y si le gusta de verdad? ¿Y si ella también empieza a mirarlo de otra forma?

No.

No puede ser.

Pero… ¿y si lo es? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Qué se supone que debería sentir?

Volví a mirarlos. Ella sonreía. Una sonrisa ancha, sincera, luminosa. De esas que no se pueden fingir. De esas que nacen desde adentro.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me gustó su sonrisa.

No si no era yo quien la provocaba.

Días después, mientras estaba con el abuelo en la clínica, llegó doña Nathaly. Como siempre, entró con esa mezcla de dulzura y elegancia que la caracteriza. Es una mujer hermosa, de esas que incluso el tiempo trata con delicadeza. Y no es por nada, pero se nota de dónde viene mi Andrea. Lo que se hereda no se hurta.

Entró con una sonrisa y un beso para el abuelo, cargando una pequeña canasta con el desayuno de ambos. Porque sí, ella no solo lo acompaña: le da de comer, lo cuida, lo mima… No lo voy a negar: por momentos me empalagan, y por otros… los envidio.

Yo miraba la escena desde mi silla en la esquina de la habitación, como si no quisiera interrumpir su pequeño ritual de amor.

Sacó un termo, una servilleta bordada, y comenzó a darle de desayunar como si estuvieran en casa. Y luego, casi con solemnidad, comenzó a buscar algo en su cartera.

—Ay no… —murmuró con una expresión entre frustración y tristeza—. Se me quedaron las pastillas. Estoy segura de que las metí, pero… deben haberse quedado en el local de Fabian.

—¿Tus pastillas? —preguntó el abuelo, ya sabiendo a lo que se refería.

—Sí, las que tomo contigo… —respondió ella, con una sonrisa pequeña pero significativa.

Lo decían así, como si tomar pastillas juntos fuera una tradición. Y lo era. Desde hacía semanas lo hacían como si fuera un ritual de pareja: uno que celebraban con cariño, como quien brinda por estar vivos. Me pareció enternecedor, aunque me doliera pensar que esas pastillas eran parte de lo que los mantenía así, uno al lado del otro.




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