Si el destino nos encuentra

21. TUYA

LUCAS
***
Todo me da vueltas cuando amanece. El techo parece girar con el sol, como si mi cabeza no encontrara reposo ni siquiera al abrir los ojos. Las migrañas se han vuelto frecuentes, difíciles de sobrellevar. Pero más difícil aún es esta sensación de soledad que se ha ido colando en cada rincón de la casa. La ausencia del abuelo se siente, aunque sé que está bien cuidado, acompañado por el amor de su vida… algo que debería darme paz. Y sin embargo, no la encuentro.

Estoy agotado. No solo físicamente. Es como si el peso de los días se hubiera instalado en mis hombros y ya no supiera cómo sacudírmelo. Mamá ha estado llamando insistentemente para hablar de la universidad, de los preparativos, de mi futuro. Y sí, quiero hacerlo. Quiero estudiar. Pero no ahora. No así. No mientras todo esto está pasando.

Fabian tiene suerte. Su carrera permite modalidad online, y sus años sabáticos fueron aceptados sin demasiadas preguntas. Yo no tengo esa opción. Gané una beca. Es presencial. En dos meses debería estar en otra ciudad, en otro mundo. Pero mi corazón está aquí.

Con ella.

Andrea.

Rechazo las llamadas mientras me dejo caer en la cama, con los ojos en el techo y mil pensamientos peleando entre sí. Quiero estar cerca de ella. Quiero cuidarla, abrazarla cuando llore, reír con ella cuando todo pase. Quiero que sea mi pareja, quiero construir un futuro con ella. Tengo eso muy claro. Lo que no sé es qué hacer con todo lo demás.

¿Y si me acerco, si por fin me atrevo a dar el paso y la conquisto… luego qué? ¿Me voy? ¿Le propongo una relación a distancia, justo cuando más necesita compañía? ¿La invito a dejarlo todo, a venirse conmigo? Pero... ¿realmente lo haría, en medio de la enfermedad de su abuela?

¿Y si no? ¿Y si me resigno a perderla? ¿Si dejo que la vida y la distancia me la arrebaten poco a poco sin hacer nada? O… ¿me enfrento a mis padres, abandono la beca que tanto me costó conseguir, y elijo quedarme?

¿Y si todo esto no es solo por ella? ¿Y si yo también necesito quedarme, simplemente porque aquí es donde todavía me siento alguien?

El reloj en la pared avanza. Cada segundo parece un juicio silencioso. No tengo respuestas, pero el tiempo no va a detenerse a esperarme.

He decidido mientras tanto distanciarme un poco, hasta tener claro que es lo que haré, aunque no está siendo nada fácil, cada vez que la veo la encuentro preciosa y quisiera acercarme, en otras la he visto entristecida y he querido ser su consuelo, pero también me he hallado con escenas que me roban la paz, como cuando los vi dormidos juntos a ella y Fabian en los escalones de su casa. ¿Desde cuándo han vuelto a ser tan cercanos?

Salgo de mi casa con el pulso tranquilo, como si el día no me debiera ninguna sorpresa. Me dirijo donde el abuelo, pero antes decido pasar por la tienda para unas compras rápidas. Tomo mi motocicleta, me pongo el casco y arranco. Todo parece normal hasta que el semáforo en rojo me obliga a frenar.

Y entonces, entre el vaivén de la ciudad, la veo.

Andrea.

Sus ojos me encuentran desde la acera opuesta. Me saluda con timidez, moviendo la mano con una pequeña sonrisa que intenta disfrazar la tensión. Instintivamente, sin quererlo del todo, me echo hacia atrás. Lo nota. Se queda quieta, congelada como si no esperara esa reacción de mí… y la culpa me atraviesa como un rayo.

El tiempo parecía trascurrir lento, el aire podría pesarse por la densidad. Y entonces, una voz rompe el silencio:

—¡Son ellos! —grita alguien a lo lejos.

Me doy la vuelta. Los reconozco de inmediato. Son los mismos tipos de la otra vez. Los que venían tras de mí por culpa de Fabian. Entre ellos, el hombre que intentó pasarse de listo con Andrea.

Ella también los ve. Y se paraliza.

No reacciona. Ni un pestañeo. Ni un paso.

Tomo la curva, acerco la moto y me coloco a su lado.

—Andrea —digo con urgencia.

Nada.

—¡Andrea, por favor, sube! —le sacudo el brazo.

Finalmente, como saliendo de una pesadilla, reacciona. Se sube apresuradamente. Aprieta su cuerpo contra el mío como si su vida dependiera de ello. Y, de hecho, quizás así sea.

Acelero.

La moto nos da ventaja por callejones estrechos donde el auto de ellos no puede seguirnos. No sé cuántas vueltas damos, pero no paro hasta que nos encontramos lejos, muy lejos, en una colina apartada con la vista más espectacular que haya visto.

El sol comenzaba a caer. El cielo estaba teñido de fuego y calma. La respiración aún agitada. Yo reviso el entorno. Ya nadie nos sigue.

—¿Estás bien? —pregunto por fin, dándome cuenta de que ella no ha dejado de abrazarme durante todo el trayecto.

—Ya estamos fuera de peligro —responde con un suspiro, aún aferrada a mí.

—Así parece, Andrea. Ya puedes bajarte si quieres.

—No me llames por mi nombre —dijo, apretando aún más fuerte mi cintura, sin despegar su rostro de mi espalda

—¿Cómo?

—Para ti soy Mía —susurró.

Esa palabra. Ese nombre. Me atraviesa como una ráfaga cálida que me derrite por dentro.




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