Sus pulmones los obligaron a separarse. Andrea, aún con el sabor de los besos en los labios, sintió cómo el rubor subía por su rostro, encendiéndolo por completo. La vergüenza, esa vieja amiga inoportuna, le invadió de golpe, y por puro instinto se cubrió la cara con ambas manos.
Lucas, por el contrario, estaba inquieto. Su cuerpo parecía pedir más, su corazón latía a un ritmo desbocado, y su mente apenas podía concentrarse. La deseaba cerca, más cerca todavía. Tomó su rostro con delicadeza, obligándola a dejar de ocultarse.
—¿Qué me estás haciendo, mujer? —preguntó, con la voz ronca, confundido por la intensidad del momento.
—Lo siento —susurró Andrea, sin despegar sus ojos de los suyos.
—¿Qué sientes, Andrea? ¿Arrepentimiento? —insistió, escudriñando su expresión con una mezcla de temor y esperanza.
—¡No! —exclamó, casi ofendida—. No malinterpretes… no es eso.
Lucas sonrió apenas al ver su rostro tan encendido, tan vivo. Era justo lo que necesitaba ver. Entonces la volvió a besar. Una vez. Dos. Tres. Perdió la cuenta. Sentía que si dejaba de besarla en ese instante, no lo volvería a hacer nunca más.
Andrea se dejó llevar. Sus manos exploraban lo que podían alcanzar: su espalda, su cuello, su cabello. Necesitaban respirar, pero ninguno quería romper el hechizo.
—Por favor —murmuró ella, con la voz entrecortada por la falta de aire.
Lucas se apartó, respirando hondo.
—Necesitamos hablar —dijo Andrea, aún jadeando.
—Lo sé —respondió él, con una media sonrisa, sin poder dejar de mirarle los labios.
—Pero ahora —insistió, buscando orden en medio del caos emocional.
—Lo sé —repitió, bajando por fin la mirada. Tomó aire—. Está bien. ¿Te parece si nos sentamos ahí?
Señaló un pequeño muelle frente a un lago tranquilo. El paisaje parecía sacado de una postal: el cielo teñido de naranja y violeta, el agua reflejando cada emoción contenida. Todo parecía dispuesto para ese momento.
Andrea asintió. Caminaron hasta el borde de madera y se sentaron en silencio. Un silencio cómodo, casi íntimo, que ella se atrevió a romper.
—Lucas… no me arrepiento de nada de lo que pasó —dijo sin titubear—. Pero necesito que sepas lo que siento. Lo que estás empezando a significar para mí…
—No, espera —la interrumpió con ternura—. Deja que lo diga yo primero.
Ella se volvió hacia él, con los ojos abiertos de par en par.
—Andrea… no. Mia. Me gustas. Me gustas mucho. No de ahora. De siempre. No tienes que declararte porque ya me siento correspondido, porque lo he sentido desde hace tiempo. Pero no voy a dejar que el amor se quede en una confesión. Quiero hacerlo bien.
Lucas tragó saliva. Respiró hondo antes de continuar.
—Desde que era un niño te observaba, probablemente rayando el acoso —dijo, intentando aligerar la tensión—. Te imaginé en cada día de mi vida desde que te dejé en aquella puerta llorando, he querido compartir mi existencia a tu lado desde que sé que existes y ahora no quiero soltarte. Y ahora que estás aquí, no quiero soltarte. He visto al abuelo amar a la mujer de su vida después de tanto tiempo… y por lo visto es de familia, porque hemos crecido, el tiempo ha pasado y sigo teniendo la certeza de que eres la mujer de mi vida.
Andrea lo miraba sin parpadear. Él continuó:
—No importa si tus recuerdos no son tan nítidos como los míos. Quiero que los próximos los construyamos juntos. Y esta vez… que no se borren. Mia… démonos una oportunidad. Lidiemos con todo esto juntos, con la abuela, con nuestras familias, con este torbellino. Quiero estar contigo. ¿Deseas ser mi novia?
Andrea enternecida, se limpia una pequeña lagrima, todas las palabras que tenía que decir se quedaron atrapadas en la garganta sabiendo que todo lo que diría no sobrepasaría a lo que había mencionado Lucas
Si, asintió. Se besaron de nuevo, esta vez despacio, dulcemente. El tipo de beso que sella algo importante. Que dice “estoy contigo”, sin necesidad de pronunciarlo.
El tierno momento duró muy poco, no tuvieron tiempo a reaccionar ni a visualizar que había sucedido.
Pero ese momento perfecto duró muy poco.
Ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar.
De pronto, un chirrido seco, metálico, ensordecedor. Un carro sin control emergió entre los árboles. Cuatro hombres dentro, los mismos que los habían perseguido minutos antes. Todo ocurrió en segundos. Un fallo en los frenos. El peso de la desesperación.
El impacto fue directo.
Andrea salió disparada hacia el lago profundo. Lucas golpeó primero unas piedras antes de caer también al lago. El vehículo, con los hombres dentro, también cayó al agua y comenzó a hundirse.
Todo era ruido, caos, gritos apagados por el agua.
Tarde. Todo estaba sucediendo demasiado tarde.