Un estruendo seco y brutal rompió la calma de la colina. Dos pescadores de la zona, que lanzaban sus redes en la orilla del lago, se miraron entre sí, alarmados. El sonido no se parecía a nada natural. Dejaron sus aparejos y corrieron hacia el origen del estrépito.
Desde el borde del agua, solo alcanzaron a ver la cola de un auto hundiéndose con rapidez, tragado por la corriente espesa y silenciosa. La escena era irreal. El lago, que siempre había sido calmo, parecía ahora un monstruo que devoraba sin piedad.
Uno de ellos sacó su celular con manos temblorosas y marcó a emergencias.
—Un carro… hay un carro hundiéndose… ¡no sabemos cuántos hay adentro!
Mientras esperaban la ambulancia, revisaron la zona con desesperación. Fue entonces cuando, entre las ramas y las piedras húmedas, vieron a una joven tendida semiconsciente. La arrastraron con cuidado hasta la orilla. Su cuerpo estaba magullado, sangraba en algunas zonas, pero respiraba. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Era Andrea.
A pocos metros, encontraron otro cuerpo. Un muchacho. Su estado era mucho más alarmante: tenía la cabeza ensangrentada, la espalda arañada por el impacto, y sus brazos colgaban como si ya no tuvieran fuerza.
Los paramédicos llegaron en minutos. Iniciaron las maniobras de estabilización, aplicaron oxígeno y sujetaron a ambos jóvenes en camillas. La zona fue acordonada. No hubo suerte con los ocupantes del vehículo. El agua había llenado por completo el interior, y al momento del rescate, ya era demasiado tarde.
Andrea y Lucas fueron trasladados de inmediato a la clínica más cercana. Ingresaron en condición crítica. A la joven la derivaron a observación de trauma; al muchacho, directamente a cuidados intensivos.
Revisaron sus pertenencias y encontraron documentos. Los contactos de emergencia fueron localizados. Un teléfono fijo comenzó a sonar en la casa de la abuela.
—¿Quién llama a esta hora? —murmuró Paul, caminando hacia el aparato.
Al mismo tiempo, el celular de Fabián vibró sobre la mesa.
—¿Familiares de la señorita Andrea Cáceres? —preguntó la voz al otro lado de la línea de teléfono.
—¿Familiares del joven Lucas Alarcón? —dijo, casi en simultáneo, la voz en el celular de Fabián.
Ambos hombres intercambiaron miradas perplejas. Paul se volvió hacia sus padres. Fabián clavó los ojos en su abuelo.
—Le informamos que la señorita Andrea ha sufrido un accidente grave. Fue impactada por un vehículo y cayó a un lago. Se encuentra en estado delicado, en unidad de traumas. Por favor, acérquese al centro médico lo antes posible —dijo la voz con tono profesional, pero sin poder ocultar el peso de la noticia.
El mensaje se repetía en el otro teléfono, palabra por palabra, solo que cambiando el nombre.
Paul no pudo reaccionar. La bocina resbaló de sus dedos y colgó torcida, dejando al paramédico hablando solo desde el otro lado.
—Papá… mamá… —dijo con voz ahogada—. Andrea está…
No logró terminar la frase. Sus rodillas temblaron y se dejó caer en el sofá, sin poder sostenerse.
—¿Qué pasó? —gritó su madre, su rostro descompuesto.
—Tuvo un accidente. Está en la clínica… está grave…
En ese momento, Nathaly se llevó una mano al pecho. Don Joaquín tomó con fuerza las manos de Nathaly al notar cómo su cuerpo comenzaba a temblar. Sus ojos buscaban mantenerla en pie, evitar que se desplomara bajo el peso de la noticia. Apretó sus dedos como ancla, como refugio.
Fabian también vaciló, tragando saliva con dificultad, como si no supiera cómo decir lo que ya todos presentían.
—Abuelo… —murmuró, con voz quebrada.
Don Joaquín cerró los ojos un segundo. En su interior ya sabía lo peor. Su rostro reflejaba ese dolor sereno y profundo de quien ha aprendido a soportar la vida y sus golpes.
Inspiró hondo, con la compostura de un roble que no se deja vencer por la tormenta, y con voz firme, sin titubeo, dijo:
—Vamos. Vámonos todos.