Si el destino nos encuentra

25. SIEMPRE FUE ÉL

Llegaron a la clínica en medio del caos y el desconcierto. Las luces frías del lugar, el olor a desinfectante y la angustia en el ambiente solo intensificaban el dolor que cada uno cargaba en silencio. Nadie tenía respuestas, solo preguntas que se repetían una y otra vez: ¿cómo pasó? ¿Por qué ellos? ¿Qué estaban haciendo juntos?

Pero la verdad completa solo la sabían dos personas… y una de ellas estaba peleando por su vida.

Las horas avanzaban lentas, insoportables. Cada minuto parecía pesar toneladas. La familia de Andrea se había aferrado a los pasillos de la sala de espera, con la mirada perdida y los corazones quebrados.

Don Joaquín, sin apartarse de Nathaly, sacó su celular con manos temblorosas y marcó el número de los padres de Lucas. Su voz fue firme, pero cargada de dolor. Les explicó, con la mayor serenidad que pudo reunir, que su hijo había sufrido un grave accidente… que estaba en quirófano… que había caído a un lago junto a una joven… y que los médicos estaban haciendo todo lo posible.

Del otro lado de la línea, los padres de Lucas no entendían cómo ni por qué había ocurrido algo así. Se sintieron atrapados entre la confusión y el miedo. Nadie sabía los detalles. Nadie más había visto la escena. Nadie sabía que habían sido perseguidos, ni del beso, ni del amor callado que los unía y que ahora se debatía entre la vida y la muerte.

Sin dudarlo, los padres de Lucas reservaron el primer vuelo posible. Llegarían al día siguiente en la mañana. Diez horas en avión les parecían una eternidad. Eran las 8:00 p.m., y el reloj parecía haberse detenido.

Dentro del quirófano, los médicos hacían lo imposible.

Andrea había llegado con los pulmones colapsados por el agua, pero aún consciente. Trabajaban rápido para estabilizarla, drenando los restos del líquido y cerrando las heridas que, por fortuna, eran superficiales. Tenía golpes, cortes y moretones, pero su vida no corría peligro.

Lucas, en cambio… era otra historia.

Había caído violentamente sobre unas rocas, lo que le provocó una lesión seria en la columna, una fractura expuesta en la pierna derecha, el brazo izquierdo completamente comprometido y, lo más preocupante, un fuerte golpe en la cabeza que había causado un coágulo cerebral. Su cuerpo estaba peleando. Su corazón resistía. Pero su pronóstico era reservado.

Mientras los cirujanos trabajaban sin descanso, afuera, el silencio dolía más que cualquier palabra.

Y todos, incluso sin quererlo, empezaban a temer lo peor.

Llegó la mañana, y con ella, los padres de Lucas. Cruzaron las puertas de la clínica con el rostro desencajado, preguntando por todos lados, desesperados por saber el estado de su hijo. Pero las respuestas no llegaban. Solo más espera, solo más incertidumbre.

Finalmente, un médico salió al pasillo. Todos se levantaron de golpe, expectantes, pero su mirada se dirigió hacia la familia de Andrea.

—Hemos podido estabilizarla —anunció—. Está fuera de peligro. Solo necesita descansar. Probablemente despierte por la tarde, pero deberá ser revisada. Luego informaremos cuándo podrán verla.

Un suspiro colectivo llenó el aire. El alivio se sintió como una ola que arrasaba con la tensión acumulada. Las lágrimas comenzaron a brotar. Sintieron que sus oraciones habían sido escuchadas. Lloraban juntos, en familia, con esa mezcla de gratitud y agotamiento que deja una noticia esperanzadora después de la angustia.

Don Joaquín acarició con ternura la mano de Nathaly, sus dedos temblorosos buscaban sostenerla, pero en realidad, ambos se sostenían mutuamente. Nathaly, ahora que su corazón se calmaba un poco, supo que debía hacerse cargo también de las emociones de él. Joaquín intentaba mantenerse fuerte, pero ella lo conocía demasiado bien: estaba tan asustado como todos los demás.

Las horas pasaban con una lentitud desesperante. La espera era un castigo compartido por todos. Los padres de Andrea ya estaban un poco más calmados, pero la empatía hacia sus viejos amigos —Rodrigo y Mariana, los padres de Lucas— les hacía vivir el mismo dolor. Hacía años que no se veían, y reencontrarse así, con sus hijos en una sala de emergencia, era casi cruel.

Paul, el padre de Andrea, y Rodrigo se sentaron en el suelo frío del pasillo, hombro a hombro, sin necesidad de palabras. Los unía una pena demasiado grande como para intentar consolarla con frases vacías. Mientras tanto, las madres se abrazaban con fuerza, con una ternura silenciosa que solo puede existir entre mujeres que comparten el miedo de perder a un hijo.

Fabian, por su parte, parecía atrapado entre dos mundos. Ya más aliviado por el estado de Andrea, ahora todo su pensamiento estaba enfocado en Lucas. Caminaba de un lado a otro, se frotaba la frente, cruzaba los brazos, volvía a soltarlos. Tenía los ojos rojos y el alma cansada.

Paul, aunque más tranquilo, se mantenía alerta, vigilante. Con la mirada seguía cada movimiento en la clínica, como si esperara que alguien saliera en cualquier momento a pedir su ayuda.

Mientras tanto, en la habitación 06, Andrea respiraba con normalidad. Estaba conectada a unos monitores que marcaban su estabilidad. Su rostro pálido tenía ahora algo de color. Abrió los ojos lentamente, pestañeando con esfuerzo. El cuerpo le dolía, la cabeza le pesaba…

Estaba confundida. Por un momento no entendía dónde estaba ni qué había pasado. Hasta que un recuerdo la golpeó de frente.




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