Pasaron varios días. Andrea mejoraba favorablemente, al menos físicamente. Pero su estado de ánimo comenzaba a decaer. Dormía más por efecto de la medicación que por voluntad propia. A veces, al despertar, simplemente giraba el rostro hacia la ventana sin decir palabra. Solo pensaba en Lucas. Lo necesitaba, lo extrañaba. Sentía una punzada constante en el pecho por no saber de él. Estaba segura de que, si la situación fuera al revés, él ya habría hecho hasta lo imposible por verla.
Y entonces… llegó el día.
Después de una semana que pareció eterna para todos, Lucas abrió los ojos.
Era una mañana tibia y luminosa. En la habitación apenas se oía el tic-tac de un reloj y la respiración pausada de Mariana, su madre, que dormía encorvada en un sillón incómodo junto a la cama. Había pasado allí todas las noches, sin querer irse, sin permitirse dormir del todo, como si temiera que su hijo despertara y ella no estuviera ahí.
Lucas parpadeó, desorientado. No sabía exactamente dónde se encontraba. Su cabeza pesaba y cada parte de su cuerpo dolía. Miró alrededor. Reconoció el entorno estéril y blanco de un hospital. Volvió la mirada a su madre y notó en su rostro un agotamiento profundo, pero también una ternura inquebrantable.
Y entonces el recuerdo le golpeó.
Andrea.
El lago.
El auto.
El sonido brutal del impacto.
El agua.
Sus besos.
La colina.
¿Dónde está Andrea?
Su respiración se aceleró. Sentía que el corazón le iba a estallar del pecho, y al intentar incorporarse, un dolor punzante recorrió su espalda. Aun así, con esfuerzo y en un susurro casi inaudible, logró pronunciar:
—Mamá...
Mariana se despertó al instante. En realidad, nunca había dormido profundamente, mantenía el alma en vilo. Al oírlo, se levantó de golpe, se acercó a la cama y al ver los ojos abiertos de su hijo, el alivio la desbordó. Le acarició la frente con una dulzura contenida, como si aún no creyera que era real.
—¿Cómo te sientes, cielo? —preguntó, ahogando las lágrimas que asomaban en sus ojos.
—Adolorido, mamá… ¿Qué pasó? ¿Por qué estoy aquí? —y luego, con un hilo de voz, como si le costara incluso respirar—: ¿Dónde está Andrea?
Esa última pregunta fue un puñal. Lo dijo con desesperación, los ojos ya encendidos de angustia.
—Tranquilo, mi amor —respondió Mariana con voz serena, aunque se le quebraba por dentro—. Déjame llamar a la enfermera primero, ¿sí? Después te lo explicamos todo, pero por favor no te alteres. Andrea está bien.
Solo esas palabras bastaron para calmarlo. Cerró los ojos y soltó un suspiro profundo, como si el mundo volviera lentamente a ponerse en su lugar.
Tras unas evaluaciones rápidas, los médicos confirmaron que la recuperación estaba siendo favorable. Lucas necesitaría terapia constante y mucho reposo. Las fracturas de pierna y brazo tardarían en sanar, y la lesión en la columna requeriría tiempo y esfuerzo, pero no parecía irreversible.
Sus padres, aunque aún conmovidos, comenzaron a recuperar la calma. Sin embargo, compartían miradas inquietas cada vez que Lucas preguntaba por Andrea. Lo hacía con insistencia, y aunque trataban de contenerlo, él notaba que algo les ocultaban. No era nada grave, claro, pero... ¿por qué no estaba ella ahí?
Lucas no podía levantarse aún. Apenas podía mover el torso sin sentir dolor. Andrea, por su parte, también se encontraba en reposo absoluto, recuperándose de pequeñas fracturas que requerían cuidados. Ambos estaban estables, pero médicamente aún no era prudente permitirles reunirse.
Aunque, si algo era seguro, es que, en sus pensamientos, ya estaban uno junto al otro.
Y sus corazones… jamás se habían separado.