Un mes había pasado desde el accidente. Andrea ya se encontraba recuperada físicamente y había recibido el alta médica. Sin embargo, su estado emocional era cada vez más frágil. El insomnio disfrazado de sueño forzado la mantenía en una especie de letargo constante. Su mente, en cambio, no descansaba. Solo pensaba en Lucas. En sus heridas, en su voz, en su promesa. Necesitaba verlo, estar con él, acompañarlo en su recuperación como él lo habría hecho por ella.
Pero cada día, al pedir ir a visitarlo, encontraba una nueva excusa.
—Todavía no está en condiciones de recibir visitas —le decía su madre, ocultando con dificultad el fastidio que comenzaba a crecer por la falta de respuestas.
—No ha tenido buen día, Andrea. Ya podrás verlo —insistía la abuela, aunque en su voz había una nota de duda que no solía tener.
Andrea sospechaba que algo no estaba bien. ¿Por qué tanta evasiva? Sabía que Lucas también desearía verla. Él no se alejaría sin razón. Algo estaba pasando… algo que no le estaban contando.
—No lo entiendo, mami… ¿por qué me están alejando de él? ¿Acaso no tengo derecho a verlo? —preguntó una tarde, quebrada, mientras se refugiaba en el regazo de su abuela—. Solo quiero cuidarlo, estar en sus terapias… como tú cuidas al abuelo. ¿Por qué no me dejan?
En el hospital, Lucas también comenzaba a sospechar. Aquel silencio, las miradas incómodas de sus padres, las evasivas constantes. No cuadraba. Estaba seguro: si Andrea hubiese podido, habría estado ahí desde el primer día. Ella no lo abandonaría. No ahora.
—¿Me pueden dejar ver a Andrea? —preguntó a su madre una tarde, con voz serena.
—Lucas, ya te he dicho que aún no puedes verla…
—Eso es mentira.
Marcela levantó la vista de su libro, sorprendida.
—¿Qué dijiste?
—Que es mentira, mamá. Algo están ocultando y no entiendo por qué. Exijo verla. Y si no…
—¿Si no qué, Lucas? —dijo ella con un tono más duro—. Está bien, vamos a ser claros. En cuanto termines tus terapias, regresaremos a Pritson. La universidad ya confirmó que la beca sigue vigente. No vamos a permitir que la pierdas por una… aventura adolescente que casi te cuesta la vida.
Lucas palideció. ¿Aventura?
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, incrédulo.
—Lo que oyes. Fue un error dejar que las cosas se salieran de control. Fue lindo verte pasar tiempo con el abuelo, sí… pero tu futuro no está aquí, Lucas. Y mucho menos con ella. Terminaremos tu tratamiento en casa y luego retomarás tus clases.
—¡No! ¡No pueden decidir esto por mí! —gritó, sintiendo que algo dentro de él se rompía—. Yo puedo continuar la universidad desde aquí. La modalidad puede cambiar. ¡Me quedaré!
—No es negociable —zanjó Marcela, impasible.
—Entonces si no me dejan ver a Andrea, tampoco quiero verlos a ustedes —sentenció, con los ojos encendidos por la rabia y la angustia.
Presionó el botón de asistencia. Un enfermero entró de inmediato, y Lucas, aún con voz temblorosa, le pidió que los hiciera salir.
Marcela y Rodrigo se miraron, incrédulos, pero salieron sin decir más. Lucas cerró los ojos, frustrado, impotente. ¿Hasta cuándo seguirían robándoles el tiempo?
Esa misma tarde, Alejandra —la madre de Andrea— decidió visitar a Lucas. Llevaba días sintiendo la misma sospecha que su hija. Preparó un pequeño ramo de flores y se presentó en la clínica con la esperanza de conversar directamente con él, o al menos saber algo concreto.
Pero al llegar, fue recibida por Marcela en la puerta de la habitación.
—Alejandra, ¿tú aquí? ¿Todo bien con Andrea?
—Sí… está bien, dentro de lo que cabe. Pero insiste en ver a Lucas y… pensé que tal vez podía saludarlo. No sé si está despierto…
—Será mejor que no lo hagas —la interrumpió Marcela, sin matices.
—¿Perdón?
—Ni tú ni ella. Lucas se irá de la ciudad. No vale la pena alimentar una relación que no tiene futuro. Es un caso perdido, Alejandra.
Alejandra abrió los ojos, impactada.
—¿Una relación que no tiene futuro? ¿Te estás oyendo? ¡Pero si recién empezaban! ¡Se nota que se quieren!
—Pues nosotros no lo notamos. Y francamente, toda esta situación… esta tragedia, ha sido provocada en gran parte por tu hija.
—¿Disculpa? —dijo Alejandra, sintiendo que le hervía la sangre—. ¿Estás culpando a Andrea?
Marcela sostuvo su mirada sin titubear.
—Cada madre protege lo que es suyo. Y yo protegeré a mi hijo de todo lo que pueda hacerle daño. Y tu hija, con todo respeto, ya le ha causado suficiente.
—No puedo creer que estés diciendo eso. Sé que estás dolida, igual que todos. Pero Andrea no tuvo la culpa de nada. ¡Ambos fueron víctimas! ¡Y tú… tú estás usando el miedo como excusa para destruir algo que apenas empezaba!
—Es mi decisión, Alejandra. Y no voy a discutirla más.
Alejandra, aún incrédula, retrocedió un paso. No dijo nada más. Bajó la mirada, contuvo las lágrimas y se marchó.