Si el destino nos encuentra

28. NO TODO ESTÁ PERDIDO

Andrea

Cuando mamá volvió a casa, supe de inmediato que algo no estaba bien. No dijo una palabra al entrar, pero su forma de cerrar la puerta, de dejar las llaves en la mesa con más fuerza de la necesaria y de quedarse unos segundos de espaldas, respirando profundo, lo decía todo. Me senté en el borde del sofá con el corazón encogido, esperando. Y cuando por fin habló, su voz tenía esa mezcla de enojo e impotencia que sólo una madre siente cuando alguien lastima a su hija sin razón.

—Hablé con la mamá de Lucas —dijo finalmente, sin mirarme aún—. No fue una conversación agradable.

Conforme me fue contando lo sucedido, sentí cómo la rabia me subía al pecho. Cada palabra que esa mujer le había dicho, cada insinuación, cada rechazo, me calaban como agujas. Pero cuando me quedé sola en mi habitación, abrazada a mis rodillas, la furia se fue transformando en algo más pesado: tristeza.

Pensé mucho. En ella. En él. En lo que habíamos vivido. Y terminé comprendiendo algo importante: ella no era una villana. Era una madre que casi pierde a su hijo. Estaba asustada, desbordada, controlando lo único que podía: su entorno. Pero aún así, no podía permitir que nos arrebatara esto que apenas comenzaba. No sin luchar.

Lo que más me atormentaba era saber que se lo llevarían de la ciudad. ¿Cuándo? ¿Por cuánto tiempo? ¿Y si lo alejaban para siempre? ¿Y si nunca llegaba a leer todo lo que yo necesitaba decirle?

Tenía que verlo. Escucharlo. Acariciarlo, aunque sea una vez más. Si se iba, lo aceptaría. Pero quería que supiera que yo estaba dispuesta a luchar, incluso a irme con él si fuera necesario. Que, si su futuro estaba lejos, yo buscaría construir el mío cerca del suyo. Que no se trataba de dejarlo ser, sino de crecer juntos.

Dos días después de que nuestras madres se enfrentaron, decidí que iría yo misma a hablar con ella. No podía quedarme esperando a que las cosas se acomodaran por arte de magia.

Fui temprano a la clínica, deseando que no estuviera en la habitación. Imaginé llegar de puntillas, entrar, sentarme a su lado, tocar su mano y decirle: "Estoy aquí, amor. Recordé todo. Y no me iré." Pero no fue así. Allí estaba ella, sentada junto a la puerta, vigilante como un centinela, con el rostro severo e inflexible. Tragué saliva, me enderecé y caminé hacia ella sin dudar.

—Buenos días —saludé con la voz tensa, pero firme.

—Buenos días, Andrea —respondió sin levantar la mirada del celular—. Me alegra verte recuperada… pero iré directo al punto: no puedes pasar a verlo.

Respiré hondo. No podía rendirme.

—Lo sé —dije, intentando no sonar desafiante—. Mi madre me lo dijo. Y no estoy aquí para imponérmeles, ni para poner a Lucas entre la espada y la pared. Aunque usted no lo crea, lo único que quiero es lo mejor para él.

Ella alzó una ceja, por primera vez mirándome directamente.

—Y lo mejor para él es que ustedes no estén juntos —afirmó, sin titubear.

No me moví.

—No creo que sea así. Las circunstancias nos superaron a todos, sí, pero yo no soy culpable de lo que pasó. Nadie lo es, excepto esos hombres. No sé por qué nos seguían, pero le aseguro que jamás estuve involucrada en nada oscuro o peligroso. Amo a su hijo, y lo único que deseo es poder decírselo, sé que me está esperando. No quiero alejarlo de sus sueños ni de su futuro… solo quiero ser parte de ellos. Le ruego, por favor, déjeme hablar con él.

Mi voz se quebró en esa última frase. Era una súplica… mi orgullo se disolvía frente a su dureza.

Pero ella no se inmutó.

—Andrea, no me interesa si tus intenciones son buenas o no. Lo que no voy a permitir es que mi hijo tire por la borda su beca ni su carrera por un noviazgo adolescente. Ya bastante daño ha hecho tu cercanía. Desde que regresó al pueblo no me contesta las llamadas, estaba pensando incluso en tomarse un año sabático… igual que su hermano. Y eso no lo voy a permitir. Lucas necesita más cuidados y los tendrá, pero lejos de aquí. Así que, por favor, retírate, mi decisión no está a considerarse, se hará.

No supe qué decir. Las palabras se quedaron secas en mi garganta, convertidas en un nudo. Salí tambaleándome por los pasillos hasta llegar a una banqueta en el área de descanso. Me senté, con los ojos llenos de lágrimas, hasta que por fin se desbordaron. Lloré en silencio, sola, deseando su presencia y su consuelo. Qué tonta había sido por dejar pasar tanto tiempo lejos de él. Qué injusta la vida por devolvérmelo solo para quitármelo de nuevo.

—¿Estás bien?

Esa voz…

Alcé la mirada y, al verlo, el llanto se intensificó.

Fabian se sentó a mi lado y me abrazó sin decir una sola palabra. Yo solo podía hipear, rota, desbordada. Me sostuvo como si fuera mi hermano mayor, como si supiera exactamente qué tipo de abrazo necesitaba. Me sentí a salvo por un segundo. Pero también me sentí más sola, porque el abrazo que realmente deseaba era el de Lucas.

—No sé qué hacer, Fabian… —dije finalmente—. No sé cómo llegar a él, cómo decirle que recordé todo. Que ahora sí veo claro, que quiero que luchemos juntos por esto. Que estoy dispuesta a seguirlo, donde sea que vaya, que si se va a la universidad lo acompaño… solo quiero estar con él.




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