LUCAS
Muy temprano llegó la enfermera a corroborar que todo estuviera en orden y a entregarme los medicamentos de la mañana. Mamá esperaba afuera. No quería ni verla. A estas alturas, sus visitas se sentían como rondas de vigilancia.
Converso más con papá. Él, al menos, intenta entenderme. Aunque ya me ha repetido varias veces que no va a interferir en lo que decida mamá, sé que en el fondo no está de acuerdo. Su silencio es otra forma de estar de mi lado.
Estoy volviéndome loco en este encierro. La espera es insoportable. Y lo peor de todo: no saber de Andrea.
Mamá entra.
—¿Cómo te sientes hoy, hijo?
No respondí.
—¿Vas a seguir ignorándome? —continuó, con ese tono tan suyo que ya me provoca una mezcla de rabia y agotamiento.
—No quiero hablar contigo… no hasta que me dejes ver a Andrea.
Solo mencionar su nombre bastó para encenderla como una chispa en gasolina. Su rostro cambió, como si cada palabra que saliera de mi boca le doliera físicamente.
—¡Escúchame bien, Lucas! No la vas a ver. Ni hoy, ni mañana. En unos días más salimos de aquí y nos vamos. Estoy cansada de este asunto, ¡cansada! No voy a permitir que tires tu futuro por la borda.
No la había visto así de furiosa en todos estos días. Pero esta vez, su enojo no me intimidó.
—Pues lo veremos —le respondí, sin miedo—. Me voy a quedar. Cuanto más me lo prohíbas, más necio me volveré. No vas a separarme de ella, ni de nadie. Podemos resolver esto de otra manera, pero tú insistes en dañarlo todo.
—¡Quienes están dañando y estropeando todo son ustedes dos! ¡Tú y esa muchacha!
—No le digas "esa muchacha". Se llama Andrea.
—¡Esa MU-CHA-CHA! —exclamó, marcando cada sílaba con desprecio—. No la verás. Y si lo haces, será sobre mi cadáver. ¡No te das cuenta de que lo de ustedes no puede ser! Desde que llegaste eres otro. Nunca me habías contestado, nunca me llevaste la contraria. ¡No te reconozco!
—Justamente creo que ya era hora de cambiar eso. De no seguir haciendo lo que tú digas.
Su mirada ardía. Y sin decir más, salió de la habitación dando un portazo.
Una enfermera apareció segundos después, cortando el aire denso de la discusión.
—Tengo que llevármelo unos minutos a rayos X para revisar la columna —le dijo a mi papá. Me ayudaron a bajar con cuidado de la camilla y me colocaron en una silla de ruedas. Cada movimiento dolía. Pero no físicamente. Lo que me dolía era el alma.
Detestaba discutir con mamá. Pero más detestaba traicionarme. No pensaba ceder.
Mientras la enfermera me empujaba por los pasillos, mis ojos se desviaron hacia el patio de la clínica. Entonces la vi. Andrea.
Estaba ahí. Por fin. Pero no estaba sola.
Fabián estaba con ella. Le acariciaba las mejillas con una ternura que jamás había visto en él. Le acomodaba el cabello, estaban demasiado cerca… demasiado cerca.
Mi cuerpo entero se tensó. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era eso?
Estaba a punto de gritar su nombre cuando el ascensor se abrió. Me llevaron dentro. Y la perdí de vista.
Durante los exámenes, no pude pensar en otra cosa.
¿Por qué estaban juntos?
¿Por qué no estaba ella conmigo?
¿Acaso… estaba pasando algo?
Al regresar, busqué con la mirada en los pasillos, pero ya no estaba.
Volví a la habitación. La enfermera, por una emergencia, olvidó reconectarme los sensores que monitoreaban mi presión y ritmo cardíaco. Mis padres tampoco estaban. Fue la primera vez en semanas que estuve solo.
Aproveché. Me levanté. Me costó, pero lo hice.
Tenía que verla.
Tenía que encontrarla. Saber si todo eso en mi pecho era una locura… o una verdad que ya no quería ver.
Pero lo que pasó después, hubiese preferido no saberlo nunca.
Pasaba por el pasillo cuando escuché voces. Me detuve, curioso. Una parte de mí ya temía lo peor. Y, aun así, me quedé. Me acerqué. Y escuché.
—Abuelo… me enamoré.
La voz era de Fabián.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
¿De quién?
—Lo lamento, muchacho —respondió el abuelo con voz rota—. Amar debería ser algo hermoso. Debería felicitarte… pero elegiste enamorarte de quien más te dolería.
—¿Tú lo sabías?
¿Saber qué?
Me quedé quieto, helado.
—Me rendí desde antes de empezar, abuelo. No puedo perderlos a los dos. Deseo verla feliz… deseo verlo feliz… pero me quema que esa felicidad sea junta. Y no conmigo.
Sentí que me desplomaba por dentro.
¿Él…? ¿Andrea?
—No comprendo cuándo ni cómo empezó —continuó—. Solo sé que he sentido lo mismo que Lucas, todo este tiempo.
¿Lo mismo que qué, y por quién?
Mi pecho comenzó a latir a un ritmo que me mareaba.
—Andrea me desarma, abuelo. Me rompe en mil partes solo con una sonrisa…
Escuchar su nombre en él, escuchar que estaba enamorado de ella, me produjo nauseas