LUCAS
A las seis de la tarde, mis padres me informaron que el alta médica se había adelantado.
Mañana nos iríamos.
Asentí en silencio, como si esa noticia no me tocara, como si no fuera real.
Estaba… disperso.
Demasiado.
Tenía mil pensamientos y ninguno.
Como si mi cuerpo estuviese presente, pero mi alma flotara por encima, ajena a todo.
Observaba a mis padres recoger nuestras cosas, doblar ropa, cerrar maletas.
Yo, simplemente, esperaba.
Esperaba ir a casa.
O lo que sea que eso signifique ahora.
¿Estaba haciendo lo correcto?
¿Tenía que ceder?
¿Tenía que ser yo el que soltara primero?
No sé lo que estoy haciendo.
No sé quién soy sin ella.
Llegamos a casa en completo silencio.
Mis padres no me preguntaron nada sobre mi repentino cambio.
Solo lo aceptaron.
Quizás sabían más de lo que decían. Quizás preferían callar, aun sabiendo que esto me estaba desmoronando.
El abuelo no estaba.
Y este lugar… ya no se sentía igual.
No desde hace tiempo.
Extrañaba su presencia, su voz, su fuerza serena.
Extrañaba cuando todo era más simple.
Cuando solo existía ella, la risa en su voz, el calor de su mano sobre la mía.
Al entrar, encontramos a Fabián en el mueble. Al verme, se incorporó de golpe, sorprendido.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Ya le dieron de alta —respondió mi padre, tomando la palabra—. Mañana nos vamos. Desayunaremos con tu abuelo y después partimos al aeropuerto. Tú también deberías avisar cuándo piensas volver. Por ahora lo aceptamos, porque él necesita compañía, pero no creas que esto será permanente. Tarde o temprano, él también tendrá que venir con nosotros.
—Sabes bien que el abuelo no se irá —dijo Fabián, con firmeza.
Me alejé hacia mi habitación sin decir nada. Pero él me siguió.
Sabía que lo haría.
—¿Qué se supone que estás haciendo? —me dijo al entrar, cerrando la puerta detrás de él—. ¿Vas a irte así, sin decirle nada a Andrea?
—Cállate… Hazme el favor —le solté entre dientes, cargando rabia, conteniéndome por dentro.
Porque lo sabía.
Lo sabía todo.
—No me voy a callar —me replicó, sin retroceder ni un paso—. ¿Sabes todo lo que ha tenido que soportar Andrea? ¿Todos los desplantes? ¿Todo lo que se ha atrevido a sentir por ti, aun cuando la estás empujando lejos?
Quise gritarle que se callara, que no tenía idea de lo que estaba pasando.
Pero lo que hice fue mucho peor.
—Y tú te has encargado muy bien de consolarla… ¿no?
Supe que no debía decirlo en cuanto las palabras salieron.
No era justo.
Ni para él, ni para ella.
Pero estaba herido.
Y herir parecía más fácil que aceptar que había arruinado todo.
Fabián no respondió. No me devolvió la herida.
Solo respiró hondo, conteniendo su decepción.
—Por lo menos habla con ella esta noche —dijo finalmente, con la voz baja—. Yo iré por ella.
Lo escuché salir a prisa. Mis padres seguían viendo televisión, ajenos a la tormenta que se avecinaba en esta casa. Unos minutos después, percibí unos susurros fuera y el crujir familiar de las piedras al pisarlas. Me asomé apenas, y ahí estaba ella. Andrea.
No supe qué hacer. Quería correr hacia ella, tomarle la mano y pedirle que se quedara conmigo para siempre… pero no lo hice. En vez de eso, opté por lo peor. Por la cobardía. Mentí.
Simulé una llamada. Fingí que hablaba con una supuesta novia. ¿Qué novia? ¡Por Dios! Si mis pensamientos, mis desvelos, mis miedos, todo… siempre han sido por ella.
De reojo, la observaba. Estaba ahí, escuchando. Esperaba que al oír aquello simplemente se diera la vuelta y se fuera. Que pensara que yo ya había seguido con mi vida. Pero no. No lo hizo. Terca, terca, testaruda como ella sola. Andrea, por favor…
Minutos después, la vi trepando torpemente la pequeña base bajo la ventana. Alzó su carita y nuestros ojos se encontraron. Tuve que obligarme a no correr hacia ella y abrazarla. Levantó uno de sus piecitos, y por un segundo todo en mí se enterneció. Se veía tan pequeña, tan ridículamente valiente intentando colarse por esa ventana. Pero un paso en falso la hizo tambalear y, sin pensarlo, la tomé entre mis brazos.
Y en ese gesto, comprendí con dolor que ella siempre se lastimaría si se queda a mi lado. Que yo soy ese peligro del que nadie la ha podido proteger.
Una vez dentro, el silencio cayó como una losa sobre nosotros. Estábamos cara a cara. Su cercanía me quemaba. La observé bien. No lo había hecho en mucho tiempo, no desde el accidente. Me dio miedo. Miedo de encontrarla rota, con secuelas, con algo distinto. Pero no… estaba bien. Hermosa. Perfecta. Mi respiración se entrecortó. Quise suspirar, gritar, besarla. Pero no lo hice.
—Tu hermano me dijo… que te vas mañana —rompió el silencio con la voz temblorosa.
A partir de ese instante, supe que tenía que vestirme con la peor armadura que jamás me haya puesto. La del hombre frío, insensible. Esa que rechaza lo que más ama, solo para protegerlo. ¿O era para protegerme a mí?
—Sí. Temprano —respondí sin mirarla.